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martes, 28 de abril de 2015

Te soñé... Por Elena Savalza

No era propiamente tu rostro frente a mí, con un dejo de arrepentimiento. Ese rostro que meses atrás me atormentaba por lo que aún me provocaba al verlo por accidente en alguna fotografía y por el cúmulo de sentimientos encontrados sobre ti. No era ese rostro que antes fue capaz de quitarme la sonrisa, tanto como un día me la provocó. No era ese rostro del que tanto me defendí, consciente e inconscientemente, para que no me hiciera sucumbir de nuevo ante él. No era ya ese rostro el que vi en mis sueños…


Y sin embargo, te soñé y eras tú…

Soñé que te disculpabas. No era tampoco que pidieras perdón desesperadamente, pero eras tú. Un mensaje de pocas palabras, que seguramente en tus términos significó el “lo siento” que nunca antes escuché de tus labios y sé que no lo haré jamás…

Pero amaneció y tú estabas allí…

A pesar de los días ignorándote, estabas allí cuando abrí los ojos, pero no eras tú. Era solamente esa sensación de tu efímera presencia, y allí estaba yo, entre incrédula y ofuscada, por no saber cómo te permití de nuevo participar en mis sueños; pero al mismo tiempo con la infinita paz de quien escuchó y dijo lo que tenía que escuchar y decir…

Lejos quedaron los días de nuestras mejores sonrisas; las palabras, los mensajes, las promesas no cumplidas, las verdades no dichas. Dejé, junto con un pedazo de mi vida, todos los sueños rotos, las preguntas sin respuesta, los insultos ahogados, los reproches sin sentido…

Recordé tantas noches en las que me quedé despierta, sin saber si reír, llorar o darte gracias. Sin entender entonces por qué, a pesar de todo, no pudiste complacer la única petición que te hice: tu honestidad.

Pero conforme pasaron los días, entendí que no era tu obligación aceptar todo lo bueno que te ofrecí y que tenías derecho de conformarte con amores de a ratos y con andar de cama en cama, sin atarte a ningún corazón. Comprendí que quizá no fue que no te importara, si no que no supiste cómo desenredar la maraña de mentiras que tejiste alrededor de ti.



Hoy te digo que tenías razón, porque efectivamente “la vida siguió”. Al no tenerte conmigo, me dediqué a llenar mi vida con lo único que me quedó: yo. Me dediqué a cuidarme como no me cuidaste, a amarme como no me amaste, a evitar lastimarme como tú me lastimaste. Entendí que no tenía que aceptar migajas de nadie, ni por sexo, ni por amor, ni por no sentirme sola y vacía.

Y te di las gracias….

Gracias, porque al no amarme y respetarme me enseñaste la mejor de todas las lecciones de amor: el amor hacia mí misma.  Gracias, porque al haberte mostrado así, como nunca imaginé que fueses, me obligaste a rectificar mis pasos, a enmendar mi camino y darle un nuevo sentido a todo lo que perdí en aquel lugar.

Entendí que lejos de enojarme, bien haría en compadecerte y hasta de pronto rezar por ti, porque yo me quedé conmigo, pero tú te quedaste sin mí… y quizá, también sin ti.

Hoy sólo puedo decirte que Dios es más sabio que tú y que yo, y que mi mundo es diferente. Que llené mi tiempo, ese que antes dedicaba a pensar en ti y a darte lo mejor de mí, de cosas buenas y productivas. Llené mi mente con ideas nuevas. Recuperé mi vida y la enriquecí con nueva gente, nuevos proyectos y nuevos caminos. Descubrí de nuevo que de amor nadie muere.  Y no, definitivamente, no me morí. De hecho, estoy más viva y más plena que nunca.


Quiero que me una contigo solamente alguna que otra sonrisa en honor a los buenos momentos y la gran experiencia y aprendizaje de lo vivido. Así que no recuerdes, por favor, mi última mirada con la que casi te fulmino esa noche, ni mis ojos llenos de lágrimas, porque sabes muy bien que esa jamás fui yo.

Recuerda a la que conociste, a la que sonreía siempre, a la que agradecía todos y cada uno de los gestos amables, los detalles, las palabras, las miradas, las sonrisas y las caricias que tuviste para mí. 

Recuerda a la que te escuchó a veces, a la que trató de entenderte, y después se rindió y sólo intentó aceptarte y amarte así, aunque a veces no tuviese sentido ni para ella. Recuerda a la mujer que tuviste y a la que te amó. Recuerda a esa mujer generosa y con una inmensa capacidad de entrega y sacrificio, porque esa mujer sigue aquí, pero mejorada con el tiempo, con las lágrimas y con las lecciones aprendidas. Volvió a ser esa mujer que (ahora lo sé) jamás mereciste, pero mucho más valiosa hoy…

Si aparecerte en mis sueños era la única forma de liberarme de la carga, de devolverme la paz y de que yo parara de ensayarme como víctima para seguir recreando el dolor vivido, te diré que ya lo conseguiste y que no vuelvas a hacerlo, porque no lo necesito más…


Que mi bendición te alcance y que Dios nos ayude a cada uno a estar donde debamos y a tener la vida que merezcamos…

martes, 30 de septiembre de 2014

Castillos de Naipes... Por Elena Savalza

Escrito el 29 de septiembre de 2014, en Manzanillo, Colima...

El 19 de septiembre estaba en la sala de abordaje del Aeropuerto Internacional de Reynosa. Me sentía libre por fin. Durante los días previos había creído que cuando llegara ese momento estaría llorando, o por lo menos muy triste, pero la verdad es que, entre la resignación del inevitable regreso, había encontrado por fin algo de paz. Subí al avión, no sin antes dar un vistazo a lo último que veía de la ciudad que apenas el 9 de junio me había recibido en condiciones muy distintas. Después de eso tomé mi asiento, recargué mi cabeza y me dormí sin darme cuenta siquiera de las instrucciones del despegue. Cuando desperté ya casi estaba llegando a mi Guadalajara hermosa, sabiendo que en cuanto el avión aterrizara todo sería distinto…

La vida, mis decisiones, mi fe y todo a lo que pueda culpar, hicieron que yo llegara a Reynosa. De pronto un día me vi con una oportunidad laboral muy buena, con muchas ganas de tomarla y con la ilusión de que llegando allá una persona especial me estaba esperando. La historia había comenzado el 19 de mayo de 2013, en aquella terminal de Monterrey y a más de un año él (a quien por última vez y sólo para esta historia llamaré “mi amorcito”) seguía allí. En ese momento todo se confabulaba para que yo estuviera allá, así que después de darle vueltas por lo menos un mes decidí irme. Vendí absolutamente todo lo que tenía, dejé mi casa, mi trabajo y me fui de Manzanillo con la intención de no regresar en muy buen tiempo.

El día que llegué todo fue color de rosa. En el aeropuerto me esperaba “mi amorcito”, junto con su primo, para llevarme al departamento que él mismo había ayudado a elegir, sin que yo tuviera que preocuparme por nada. Incluso mis sábanas, toallas y almohada estaban ya en su camioneta cuando me recibió.

Los primeros días fueron muy buenos, pues se podría decir que “mi amorcito” y yo seguíamos de “luna de miel”. De pronto, de estar tanto tiempo a distancia, ahora nos teníamos a siete minutos entre su casa y la mía, lo cual sonaba genial. En el trabajo las cosas no podían ir mejor, pues me sentía como pez en el agua, haciendo lo que me gustaba y lo que, sin ánimo de ser petulante, hacía bastante bien. Poco a poco fui invirtiendo tiempo y detalles para hacer de mi pequeño departamento un lugar bonito para vivir. Aunque extrañaba mis cosas, mi playa, mi gente y mi trabajo, estaba allá y tenía una buena y nueva oportunidad para hacer las cosas bien y para demostrar que, como dicen: “el que es perico donde quiera es verde”.


Los primeros estragos del cambio los sufrí apenas unos días después de llegar. El cambio de alimentación me provocó una gastroenteritis y las primeras lágrimas de Reynosa llegaron con ella. Ese evento, sin embargo, por encima de lo que se pudiera pensar, me trajo uno de los mejores regalos que recibí en Reynosa: conocí a su hermana (la doctora que me atendió), que a la postre se convertiría en mi ángel de la guarda y mi hermanita por siempre.

A la gastroenteritis le siguieron crisis nerviosas, un vecino acosador que me seguía hasta mi casa y que me sacó varios sustos. Hubo bloqueos, balaceras, persecuciones de gente armada a plena luz del día,  me tocó escuchar un “levantón” hacia mi vecino, que me impidió incluso salir de casa para trabajar y un primer choque en donde me lastimé la espalda. La serie de eventos desafortunados comenzaron a nublarme el juicio, pero no sólo eso me incomodaba: desde hacía días comenzaba a notar el distanciamiento con “mi amorcito”, sin que yo encontrara ninguna explicación lógica a su frialdad. Lo cierto era que cuando yo más necesitaba no sentirme sola, peor me sentía. Obviamente todo el entorno por demás hostil, aunado a los problemas con él, estaba demeritando mi productividad. Empecé a faltar al trabajo y a enfermarme de todo, y cuando estaba en la oficina no podía concentrarme. En resumen, el cuento de hadas estaba comenzando a derrumbarse ante mis ojos, sin que yo pudiera hacer nada, a menos de dos meses de haber llegado allá. El “Castillo de Naipes” comenzaba a tambalear ante los vientos poco favorables.


A pesar de ello intentaba aferrarme a seguir allá. Lloraba un día sí y el otro también, y aunque me dé pena reconocerlo ahora, hubo momentos en que por mi cabeza cruzaron pensamientos suicidas. Mis amigas, las de Manzanillo y una que otra de otro lugar, estaban muy preocupadas por mi e insistían en que me regresara, pero yo me aferraba a seguir allá porque “tenía un compromiso profesional que no podía dejar tirado así como así”. Dejé de escribir, tanto en Letra Fría como en Estrategia Empresarial, porque sencillamente mi nivel de concentración era nulo. Mis días transcurrían entre la oficina, trabajando en modo automático cual robot, el spinning que era mi único escape ante la realidad que no me gustaba, e ir a encerrarme en mi departamento a esperar que “mi amorcito” reaccionara y se acostumbrara a que yo estaba ya en Reynosa y que eso difícilmente iba a cambiar.

¿Cómo era nuestra relación? Por WhatsApp o por Facebook, como cuando yo vivía en Manzanillo, pero más fría ahora. Carente de palabras cariñosas, pero abundante en peleas y discusiones. Descubrí lo celoso y controlador que podía ser él, al celarme incluso con gente de su familia (me hizo que eliminara de mis contactos de Facebook a su propio hermano, por ejemplo). Descubrí también lo histérica que podía ser yo y la poca paciencia que podía tener ante nuestras dificultades como pareja. La vida, mi vida, se empezó a convertir en un infierno.

A principios del mes de septiembre, antes de que yo cumpliera siquiera tres meses allá, comenzó a vislumbrarse el inevitable final. En una de tantas peleas, tomé la decisión de terminar con eso… y en esta ocasión él ya no puso argumento alguno para evitarlo. Probablemente estaba tan cansado como lo estaba yo, así que ni siquiera se molestó en convencerme de que hubiera otra oportunidad, y sin vernos a la cara, puesto que fue vía telefónica, le pusimos punto final.  Al día siguiente, aún enojada por la situación, al salir del trabajo vino el segundo puntapié de la semana: en una curva choqué contra un tráiler dejando el coche hecho un desastre. Aunque bendecida por Dios de que yo no tuviera ni un rasguño, los daños materiales si fueron importantes. Lo más triste de todo es que quedé justo enfrente del Parque Cultural de Reynosa, donde él entrenaba todos los días a esa hora, pero ni siquiera me atreví a llamarlo para pedirle ayuda. Cuando por la noche él se enteró del choque, sólo atinó a llamarme para regañarme y para preguntar “de quien fue la culpa”, como si eso hiciera diferencia.

Supongo que con todo lo que ya me había pasado, era de esperarse que a los dos días de haber chocado colapsara en el baño de la oficina, ante la mirada atónita de una de mis compañeras que hacía lo posible porque no perdiera el conocimiento. Me sacaron de la oficina para llevarme al hospital, donde llegué con una crisis de hipertensión. Al primero que llamaron fue a él, por ser mi contacto de emergencia, pero él estaba “muy ocupado”, así que quien estuvo conmigo en todo momento fue su hermana. Incluso su papá fue a recogerme cuando me dieron de alta, para llevarme a casa. Si se preguntan qué hizo él, les diré una sola cosa: se fue a McAllen por la noche porque ya tenía un “compromiso” y no preguntó siquiera cómo estaba yo y mucho menos se apareció por el hospital. Fue allí, acostada en la cama, canalizada y en bata de hospital, que caí en la cuenta de hasta dónde me había llevado mi infelicidad, al grado de haber expuesto mi salud física de esa manera. En ese momento decidí que lo más difícil que regresar y enfrentar mi fracaso, era permanecer allá y seguir con mi pesadilla.

Al día siguiente tomé al toro por los cuernos. Lo busqué, para finalizar las cosas de frente y decirle que me regresaría. Pero tal formalismo no era necesario ya. Al llegar a su casa, apenas me había sentado a la mesa cuando le entró una llamada que sospechosamente se fue a contestar a su habitación. Como cosa del demonio lo seguí y descubrí que era una mujer, de quien se despedía mandando “besitos”.  Obviamente hubo reclamos por mi parte, y una mirada fría por parte suya. Todo estaba dicho y no hacían falta más palabras. Eso estaba terminado mucho antes de que yo lo dijera.

Hice mis planes para regresar. En esos días se vencía mi primer contrato y decidí que no habría segundo. Eran pocas mis pertenencias, a excepción de mi ropa, que se había multiplicado "misteriosamente" gracias a los muchos episodios depresivos (no es lo mismo deprimirse en cualquier lugar del país, que en la frontera con Estados Unidos. Ustedes disculparán la presunción, pero ante tal situación, lo único que no me faltaba era dinero). Los días posteriores a la renuncia las cosas fueron tomando su curso. Hablé con mi anterior jefe (y hoy de nuevo actual jefe) quien me dijo que mi lugar estaba aquí, justo desde el día que decidí irme. Compré el vuelo para regresar y me dediqué a intentar no pasar mis últimos días enojada y a pensar únicamente en que pronto estaría de nuevo en casa. Aunque me sentía triste y enojada con él, lo único que podía era pedirle a Dios que me permitiera no subir al avión enojada con alguien a quien quería mucho.

Todo parecía estar bien ya. Poco contacto había tenido con él, e incluso habíamos hablado de vernos “por última vez”. Sin embargo, la última noche tenía todavía una sorpresa para mí. Les había prometido a su mamá y a su tía, quien vive frente a su casa, que iría a despedirme de ellas antes de regresar. Ese jueves llegué a su casa saliendo de trabajar, pero como ni la mamá ni la tía estaban, decidí esperar en la cochera de la casa de su tía, platicando con su primo, el mismo que había conocido durante mi primer día en Reynosa, cuando lo acompañó al aeropuerto por mí. La mala fortuna hizo que dos personas enojadas con él coincidieran en el mismo momento y espacio, así que su primo, que estaba al tanto de lo sucedido y entendía lo mal que podía sentirme yo en ese momento, terminó de dar la estocada final: me dijo, entre otras muchas linduras, que “mi amorcito” tenía un hijo de aproximadamente cuatro meses de nacido y que había además una chica de aproximadamente 18 años, con cuatro o cinco meses de embarazo de él…. ¡Había embarazado a dos mujeres durante el tiempo que estuvo conmigo!

Como podrán imaginar, mi coraje e impotencia eran tremendos. No sólo fue su falta de lealtad y de respeto hacia mí, sino que además había expuesto también mi salud, al meterse con cuanta tipa se le atravesó sin protegerse. Tuve que hacer esfuerzo sobrehumano para no explotar frente a su tía y preferí meterme al baño a llorar. No podía creer lo que había escuchado. Justo la última noche, cuando yo ya no tenía que saberlo, cuando de nada servía ya, su primo me estaba diciendo todo eso. Vi aproximarse la camioneta de su mamá, y entonces crucé la calle, lo más recompuesta que pude, para saludarla y despedirme rápido para volver a mi casa. Al entrar, la señora me abrazó y me pidió que la esperara en la sala. Mientras estaba allí, entro su tío, con quien hice muy buena amistad. Al verlo no pude evitar decirle lo que el primo me acababa de decir hacía 15 minutos apenas, pidiéndole que no le dijera nada a su mamá (hermana del tío, por cierto). Como si le hubiese pedido lo contrario, me dejó sola en la sala y subió a decirle. Entonces la puerta se abre y “mi amorcito” hizo su aparición, saludándome con un “hola gordita… ¿por qué te dejaron solita?” y dándome un beso en la mejilla. Me levanté de inmediato sintiendo que casi se venía la espuma por mi boca, así que me tuve que salir por no armar un escándalo en su casa, pues como comprenderán, tenía ganas de matarlo en ese rato. Al salir me encontré a su mamá, quien ya venía vociferando enojada: el tío ya le había dicho todo. Se armó una discusión fuerte. Su papá me reclamó por “no haberme quedado callada y haberme ido a la casa de enfrente, cuando allí estaba la suya”. Encima de todo…  ¡la culpa era mía!

Hubo gritos, reclamos y todo. Pero yo sólo atiné a voltear a ver al tío y suplicarle que me llevara a casa. Su mamá se levantó y me dijo que ella me llevaba y le pidió a su hermano (el tío) que me acompañara también. Al subir a la camioneta los flamantes primitos estaban peleando y el papá intentando separarlos. Me desentendí del asunto, para enterarme después que el primo había dicho que yo había investigado todo y que él jamás me dijo nada, como si yo conociera tanta gente cercana a él, fuera de su familia, para que me dijeran algo así. Lo cierto es que nadie negaba que lo me había dicho era verdad: dos bebés mientras estuvo conmigo, era el saldo conocido hasta el momento.

Me quedaban menos de 24 horas en Reynosa y yo estaba hecha un mar de lágrimas. No podía creer que eso estuviera pasando realmente. Mientras iba en la camioneta escuchaba a su mamá enojada intentando que le dijera que más me había dicho el primo, pero yo sólo le contestaba: “Señora, estoy segura de que no quiere saber”…  Lo único que yo decía entre llanto era: “¿Por qué me tuve que enterar, si ya me voy mañana?”. Su mamá me dejó en mi casa, dejando al tío conmigo. Entonces allí grité y lloré todo lo que no pude. Vi sus mensajes que me había enviado justo al salir de su casa, y le contesté enojada que si tenía un poco de delicadeza me dejara tranquila y jamás me volviera a buscar (por supuesto, mis palabras fueron mucho menos amables y corteses).  Al poco rato llegó su hermana, para recoger a su tío, y me confirmaba la versión oficial del primo: él no me dijo, yo investigué por mi cuenta.

Después de una terrible noche, a la mañana siguiente yo sólo tenía que terminar mis maletas y esperar que se llegara medio día para irme al aeropuerto. Durante la mañana su mamá fue a mi casa, platicamos y nos despedimos tranquilas. Cuando dejaba mi departamento, la señora me dijo tiernamente: “perdóname por todo lo mal que te trató Reynosa”. Ambas sabíamos que se refería a su propio hijo. La abracé y le dije que todo estaba bien, y que ella y su hija siempre tendrían las puertas abiertas conmigo, las de mi casa y las de mi corazón.

Así me fui al aeropuerto. La última persona a la que vi fue a su hermana, quien, como Dios no quiso que fuéramos cuñadas, adopté como hermanita menor, con la promesa de que no nos estábamos despidiendo, porque nos volveríamos a ver muy pronto. Cuando pasé la revisión de seguridad y entré a la sala de abordar, sabía que ya no había marcha atrás…

Hoy es 29 de septiembre y es mi primer día de trabajo. Inicio un ciclo nuevo en Manzanillo, al mismo tiempo que él, en Reynosa, está cumpliendo años. Supongo que no es casualidad, y que también en esto está obrando Dios. Fui a Reynosa a descubrir que no era él. Fui a Reynosa a conocerlo realmente, a abrir los ojos, a quitar máscaras y a enfermarme mucho. Fui hasta allá a entender que no hay dinero que compre la tranquilidad y estabilidad y que cuando te falta todo, jamás lo material será suficiente. Ya estoy aquí, retomando mí vida donde la dejé hace casi cuatro meses, pero ahora sin ningún obstáculo que nuble mi entendimiento. Ya ni siquiera me siento enojada o triste, aunque aún no olvido lo sucedido y sé que pasarán muchos días para que mi corazón y mi mente vuelvan a la normalidad. Lo único que sé es que al volver a ver la playa, platicar con mis amigas y retomar mi trabajo, alguna pieza suelta se unirá de nuevo a mí.

Fui a Reynosa a derribar mi “Castillo de Naipes”, para regresar a construir castillos de arena, aquí en mi playa querida. Como “El Alquimista”, perseguí un sueño y perdí todo por ello, sólo para regresar al lugar de donde partí. Sin embargo, tengo fe en que con el tiempo descubra el porqué de esta locura y hasta le agradezca la lección. Hoy ya no lloro. Duermo tranquila y confiada de que mañana estaré mejor. ¿Qué pasará con él? No lo sé. Supongo que vive feliz brincando de cama en cama y de mujer en mujer, sin tomar ninguna responsabilidad en su vida, ni con sus hijos, ni con nadie. Pero si eso quiere, eso está bien. Simplemente para mí su comportamiento era inaceptable y no había más remedio que dejarlo ir y continuar con mi vida. Aun así no le deseo mal, pues supongo que el tiempo nos dará a cada uno lo que merecemos. Por lo demás, quiero confiar en que estará bien y que algún día podré voltear hacia atrás y sonreír de corazón al recordarlo.


Leí una frase que dice: “abrir los ojos duele, pero es un dolor necesario”. Hoy ya no construyo castillos de naipes…


Salmos 57:1 “Porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.”

domingo, 25 de marzo de 2012

Mentiras... Por Elena Savalza

Hace mucho tiempo que perdí la cuenta de mis Monstruos…

Antes solía enumerarlos, pero ya no había tenido necesidad de hacerlo. Parecía que en mi vida todo era nuevo y demasiado bueno, a partir de que decidí dar la “bienvenida” a todo lo que 2012 tenía para mí, sobre todo en el terreno personal.

Pero todavía no iniciaba bien el año, cuando un nuevo monstruo se aparecía allí. ¿Pude haberlo esquivado? Definitivamente sí. ¿Quería esquivarlo? No, no quería. Como muchos de los monstruos con los que he convivido, parecía mucho mejor de lo que realmente era. Así que, sin más ni más, decidí vivirlo.

Estoy hablando del Monstruo de la Mentira, de esa Mentira que tienes que vivir para aprender, como nunca antes, el valor de la Verdad.

Sostener una mentira es mucho más difícil de lo que muchos creemos. Incluso, teniendo actitudes comunes como el sarcasmo o el cinismo, jamás es fácil salir bien librado una vez que decides, voluntaria o involuntariamente, involucrarte en un engaño.

A mí me pasó: Tuve que sostener recientemente una gran mentira.

A decir verdad, desde el primer minuto fue completamente desgastante. Creo que mis labios mienten mucho mejor que mi cuerpo, porque lo primero que sucedió fue que la tensión me enfermó físicamente y, por una semana entera, tuve que sufrir los estragos del resfriado (fiebre, dolor de cabeza, cuerpo cortado, etc.), que expresaban en mi salud física y en mi aspecto,  todo lo que mi boca no era capaz de decir.

Y de pronto, la mentira crece. Se vuelve más fuerte y más compleja. Comencé a mentirles a todos a mi alrededor, a inventar excusas, a evitar miradas, a gastar mi tiempo y mi energía en no ser descubierta, aunque, en mi interior, lo único que quisiera fuera gritarle al mundo lo que verdaderamente estaba pasándome, lo que estaba viviendo y  lo que estaba sintiendo.

A pesar de que mi cabeza y mi corazón no se ponían de acuerdo, de alguna forma ambos me mentían y vivía permanentemente confundida, con insomnio o con exceso de sueño, a veces triste, a veces enojada y sólo en muy pocas ocasiones, verdaderamente feliz. Porque la mentira también tiene eso: te da algunos momentos de felicidad efímera, lo cual hace mucho más difícil salir de ella.

La alegría, pero también, la tristeza, el rencor, la frustración y el coraje fueron compañeros permanentes. Pero no podía compartirlos con quien normalmente lo hubiera hecho, si se tratara de otra situación, porque decirlo lastimaría muchísimo más que callarlo.

La mentira afecta a quien la dice y a quien la vive, pero también tiene víctimas involuntarias. En mi caso, hubo gente que sufrió las consecuencias de lo que yo no fui capaz de decir en su momento. El mundo perfecto que teníamos todos los que vivieron alrededor de mi mentira (o nuestra mentira), se desmoronó por completo.

Tuve mi oportunidad de decir la verdad a la principal víctima, pero por miedo a sus consecuencias, no lo hice. Después resultó que la mentira trajo muchos más efectos secundarios, pero para ese momento sus raíces eran tan profundas, que fue imposible de arrancar.

Han pasado varios días desde que me aparté de la situación. Sin embargo, la mentira permanece en el mismo lugar, haciendo feliz (o por lo menos, eso quiero creer) a quien la ignora.

Quizá la verdad tenga su tiempo. Quizá el tiempo de decirla ya pasó o quizá no llegue aún…

Lo que es un hecho es que, dentro de todo lo malo que este episodio en mi vida me dejó, siempre agradeceré a la persona por la cual me involucré en esta mentira, porque nunca como antes había conocido la importancia de vivir en la verdad, por mi propia salud mental.

Además, cuando decidí ser honesta, descubrí también que, quien te quiere, te reprende; que un amigo no necesariamente está de acuerdo con todo lo que haces, pero te apoyará incondicionalmente y te ayudará a salir del bache, aun cuando para eso tenga que ponerte un par de bofetadas... por lo menos, emocionales. (¡Gracias!)

Sé que jamás dejaré de aprender. También sé que, muy probablemente, alguna vez vuelva a estar expuesta y con la guardia baja en una situación así. Pero, si eso pasa, YA NO SOY LA MISMA, porque me llevo lecciones valiosas que hoy quiero compartir con ustedes:


Asumir que el mandamiento “no mentirás” aplica principalmente hacia ti mismo: La angustia, la desesperación, el enojo, la tensión, el malestar e incluso la enfermedad física, que generan estas situaciones, solamente son señal de que estás yendo en contra de tu verdadera esencia. Siempre debes estar al tanto de lo que quieres para ti y de lo que sientes, porque las peores mentiras son las que te dices a ti mismo; y de esas, nadie más que tú te puede liberar.

Alejarte de la situación y de la persona: Puede parecer imposible, puesto que muchas veces nos hacemos tan dependientes de nuestra pequeña dosis de felicidad efímera, que arrancarla de raíz y alejarnos de ella, se percibe como una tortura mucho mayor que permanecer allí. Sin embargo, a la larga,  será mucho mejor conservar el respeto hacia uno mismo, por más pisoteado que esté nuestro amor propio. Siempre, si te empeñas lo suficiente, habrá una forma de levantarte y recuperar tu estabilidad y tu equilibrio.

Liberarte de la Culpa y Perdonarte: El mentir genera sentimientos de culpabilidad. En mi caso, jamás pude disfrazar del todo la mentira, puesto que me traicionaba aquella pequeña dosis de consciencia que me decía que no estaba caminando derecha. Quizá fue esa pequeña lucecita interior, lo que me hizo retirarme, pero no impidió que hubieran momentos terribles, en los que me reprochaba el haber sucumbido ante la tentación de mi, entonces, hermosa mentira.

Hoy sé que es completamente inútil castigarme por cosas que ya no puedo cambiar. Lo único que queda para mí de esto es aprender. En los peores errores y en los más grandes tropiezos, están encerradas las más valiosas lecciones de la vida. Además, el perdonarme es, principalmente, un acto de amor hacia mi misma y una reafirmación de mi condición como ser humano.

Reparar el daño: La reparación de daños es la parte más difícil. Esto implica afrontar la verdad, reconocer nuestro error ante los demás y arriesgarnos al rechazo, al cual todos tememos. Pero muchas veces, el reparar el daño, tal como todos los demás podrían entenderlo, implicaría para la parte afectada realizar un daño mayor.

Repara el daño hasta donde tus posibilidades lo permitan y hasta donde no lastimes a más personas de las que originalmente salieron dañadas por tu mentira. Lo demás, lo que no está en tus manos, déjalo a Dios: aunque lo dudes, siempre se encarga de poner las cosas en su lugar.

Deja ir con amor: Lo más rescatable de todo el final, fue que la última interacción que tuve con mi principal cómplice en esta mentira fue en términos cordiales, por lo que puedo decir que “lo dejé ir con amor”. Esto implica aceptar que todos cometemos errores y que no vale la pena cargar con equipaje emocional extra, como lo es el rencor. Este equipaje no me sirve para continuar mi viaje “por el camino de la magia”.

En muchas ocasiones, el resentimiento ata a las personas con mucha mayor fuerza que el mismo amor. Entiendo que perdonar es un regalo hacia mí misma, mucho más que hacia la otra persona. Así que, entonces:

“Te quiero, te perdono, te bendigo, te agradezco todo lo aprendido y lo vivido… y te dejo ir.”


Para finalizar, les comparto una reflexión de Mahatma Gandhi, que describe a la perfección lo que siento y pienso, ahora que esta experiencia parece haber terminado:

Señor:

Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.

Si me das fortuna, no me quites felicidad…

Si me das fuerza, no me quites la razón…

Si me das éxito, no me quites la humildad…

Si me das humildad, no me quites la dignidad…

Ayúdame siempre a ver el otro lado de la moneda.

No me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar como yo.

Enséñame a querer a la gente como a mi mismo y a juzgarme como a los demás.

No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso.

Más bien, recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.

Enséñame que PERDONAR es lo más grande del fuerte y que la VENGANZA es la señal primitiva del débil.

Si me quitas la fortuna, déjame la esperanza…

Si me quitas el éxito, déjame la fuerza para triunfar del fracaso…

Si yo fallara a la gente, dame el valor para disculparme…

Si la gente fallara conmigo, dame valor para perdonar…

Señor: si yo me olvido de ti, Tú no te olvides de mí…



Gracias por seguirme:

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lunes, 6 de febrero de 2012

Volver a Empezar... Por Elena Savalza

Un día te despiertas y te das cuenta de que tu mundo no es ni remotamente parecido al mundo que tenías hace unos días. Pasó en realidad muy poco tiempo, pero fue suficiente como para que todo se pusiera de cabeza en tu vida.

No eres la misma. Te sientes débil, te sientes triste y dormir es la única opción viable para ti, a menos que exista alguna forma de desaparecer o, por lo menos, de volverte invisible por un tiempo.

Dormir y esperar que, cuando vuelvas a abrir los ojos, quien sea que te haya robado todo lo que perdiste lo devuelva a su lugar.

Y escribes, porque es lo único que sabes hacer para sacar de tu corazón todo aquello que te estorba para continuar tu camino. Escribes todas esas cosas que jamás dirás y todo lo que por prudencia, por respeto y por amor, hoy debes callar.

Escribes… escribes mucho. Le escribes a él, le escribes a ella, le escribes a Dios.

Hasta que por fin, después de tanto dar vueltas sobre lo mismo, descubres que tus opciones son realmente muy pocas. Probablemente, se resuman en una sola:

Volver a empezar


¿Cómo? No tienes ni idea. Sólo sabes que en el libro de tu vida ha llegado el momento de cambiar la página. Quizá te gustó la historia que se comenzaba a escribir en los últimos párrafos, pero sabes ahora que nada era verdad y que tienes que continuar leyendo, porque si no, corres el riesgo de perderte de la mejor parte del libro.

Pero antes de volver a empezar, sabes también que hay varias cosas que tienes que plantearte para seguir tu camino:

Perdonarte…

… Porque no eres perfecta…

… Porque el castigarte no hará que cambies lo sucedido…

… Porque no eliges a quien amar…

… Porque la cabeza puede darte mil razones, pero el corazón no entiende de lógica…

… Porque no puedes pasar la vida juzgándote tan duramente…

… Porque enamorarse no es un error…

… Porque tu intención jamás fue lastimar, aunque lo hayas hecho…

… Porque confiar no es tan malo, si lo vemos desde la perspectiva de que “Debemos creer para ver”…

… Porque no puedes controlarlo todo…

… Porque, sin importar cuántas veces te hayas equivocado, te mereces una mejor historia…

… Porque sabes que perdiste algo muy valioso para ti, pero también sabes que nadie te quita lo que es tuyo. Así que si eso que perdiste verdaderamente te pertenecía, regresará a ti en alguna parte del camino y podrás dar continuidad a una historia que, quizá, quedó inconclusa. Pero si no era para ti, Dios se encargará de recompensarte y de llenar el espacio vacío que quedó….

Perdonar a terceros…

… Porque no puedes pedirle a otros que actúen como tú quisieras…

… Porque no todos comparten tu perspectiva de lo correcto…

… Porque cada quien actúa conforme a las herramientas espirituales con las que cuenta…

… Porque no puedes pedirle a un gato que ladre, ni a un perro que maúlle…

… Porque no eres responsable del actuar de los demás…

… Porque quizá la conclusión no fue del todo justa y te llevaste la peor parte, pero fue tu elección el dar final así, sabiendo que era la forma de dañar menos a la gente que quieres…

… Porque el resentimiento crea ataduras más fuertes que el mismo amor…

… Porque Dios se encarga…

Aceptar

… Porque nada de lo que sucedió lo puedes cambiar ahora…

… Porque sea que te parezca duro, cruel, injusto, inconveniente o mezquino, en cualquier hora, en cualquier momento, estás donde tienes que estar y el universo marcha como debe ser…

… Porque hasta cuando estás mal, estás bien…

… Porque te espera algo mejor, a partir de que aceptes tu presente y conozcas exactamente el lugar donde te encuentras parada…

… Porque no puedes recomenzar sin hacer un recuento de tus recursos, por lo cual es necesario que te centres en tu realidad actual…

… Porque en esto, como en todo, Dios tiene una lección para ti, que descubrirás muy pronto…

Despedirte

… Porque aquello que tuviste fue útil y valioso en su momento, pero ya cumplió su ciclo en tu historia…

… Porque debes alejarte de todo aquello que te causa dolor, sean personas o situaciones…

… Porque sólo dejando ir, podrás dar espacio para que cosas nuevas y mejores vengan a tu vida…

… Porque nada en esta vida dura para siempre: ni tu angustia, ni tu tristeza, ni tu culpabilidad, ni tu rabia, ni tu dolor…

… Porque todo pasa y todo cambia, así es la vida…

Ver hacia adelante

… Porque aún te queda mucho por hacer, mucho por vivir, mucho por aprender, mucho por lo cual sonreír…

… Porque tienes familia, amigos, trabajo, salud y proyectos…

… Porque aún queda amor en tu corazón…

… Porque dentro de ti tienes todo lo necesario para vivir una vida plena, sin ataduras al pasado…

… Porque aun puedes hacer muchas cosas buenas por ti y por los demás…

… Porque nuevas metas y nuevos proyectos están esperando que decidas levantarte de la cama e ir por ellos…

… Porque el café de la mañana, sabe mejor cuando sabes que tienes mucho por lo cual despertarte…

… Porque hacia atrás ni para tomar impulso…

… Porque Dios está contigo y no necesitas nada más que eso…

… Porque si Dios te dejó caer, también te dará la valentía para levantarte…

… Porque en tu mente y en tu corazón, siempre serás esa Guerrera Fénix que resurge de las cenizas, regresando más fuerte que nunca…

Y ahora que ya lloraste, ya gritaste, ya dormiste, ya viviste el dolor y la desesperación hasta cansarte, solamente debes perdonarte, perdonar, aceptar, dejar ir y gritarte en voz alta:

¡Volvamos a empezar!

“Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza y quien a Dios tiene, nada le falta…”

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lunes, 26 de diciembre de 2011

Para mi Amiga Querida... Por Elena Savalza

Me había dado un descanso para escribir, pero hoy quiero dedicarle unas líneas a una Gran Amiga que pasa por un momento difícil…


Querida Amiga:

Considero que soy una mujer muy afortunada porque Dios ha puesto en mi camino a personas grandes y valiosas, como tú. Gente que, a pesar de nuestras evidentes diferencias de carácter, me han ayudado a encontrar el equilibrio cuando de pronto, por alguna razón (o sin razón alguna), me he sentido extraviada.

Tú me has visto llorar, me has visto reír, me has regañado cuando lo he necesitado, me has visto ser dura, me has visto trabajar, compartir experiencias, te has dejado guiar y me has enseñado mucho a mí también. Me has visto bromear y hasta me has escuchado cantar (con micrófono y sin él, ¡jajajaja!). Has sido parte de esta familia adoptiva, la que elegí para entrar en mi vida: eres mi hermanita del corazón.

En dos años que tengo de conocerte, realmente considero que, el tenerte cerca, ha hecho de mí una mejor persona en muchos aspectos.

Hoy estás pasando por un momento difícil. Hoy es uno de esos días en los que el peso de las decisiones tomadas y las no tomadas, cae sobre ti como una lápida y crees que el cielo está más oscuro que nunca y que el tiempo pasa lento: no ves el momento en el que pudiera amanecer.

Y llorar duele, pero reírse es imposible…

Sé cómo te sientes, porque me he sentido así. Sé que el sentimiento más horrible de todos se llama culpabilidad y que quizá, eso sea lo que en este momento no te deje estar en paz contigo.

Algunas veces creemos que pudimos haber hecho las cosas de mejor forma, pero la verdad es que, en algunos momentos, hacemos lo que mejor podemos con lo que tenemos a la mano. Y te conozco demasiado bien, como para asegurarte que, aunque ahorita pudieras pensar lo contrario, eres incapaz de actuar guiada por la maldad…

Hoy sólo puedo decirte que es de humanos errar, pero solamente de grandes personas aprender de esos errores para crecer y ser mejores cada día. No conozco ningún ser humano perfecto.

Nadie que llega a tu vida lo hace por casualidad. Tampoco Dios castiga. Simplemente, nos da lo que necesitamos para ser mejores cada día y jamás, por más que a veces nos pudiera parecer imposible, cierra una puerta sin abrir otra.

Cuando alguien te lastima no es tu culpa: no te lo tomes personal, porque tú no eres responsable de los actos de la gente que te rodea. Los actos y las palabras solamente hablan de lo que cada quien tenemos dentro de nosotros.

Enamorarse no es malo, aunque muchas veces nos duela; y confiar en la gente que queremos, tampoco lo es. Simplemente, la vida sería horrible si anduviéramos por ella defendiéndonos de todos a nuestro alrededor.

Sé que eres lo suficientemente madura y sensible para tomar de esta experiencia lo bueno y desechar lo que no te sirva, asumiendo las consecuencias de tus actos con la frente en alto y sin permitir que nada ni nadie te haga sentir inferior, porque tú eres una mujer extremadamente valiosa, sin importar lo que otros digan.

En los próximos días llorarás, te enojarás, gritarás y sentirás que el mundo se te viene abajo. Pensarás que lo que vives ahorita no tiene ni tuvo razón de ser y tendrás infinitas ganas de regresar el tiempo.

Pero es precisamente el tiempo, lo único que no perdona y debemos aceptarlo. De nada sirve resistirse ante lo que es una realidad.

La verdad, por dura que sea, duele solamente una vez. Las mentiras, por el contrario, duelen cada vez que las escuchas o las repites y siguen haciendo daño, en tanto no nos atrevamos a afrontarlas.

Dios jamás se equivoca y te aseguro que, aunque en este momento tú no encuentres las respuestas a las millones de preguntas que tienes en la cabeza, en Su tiempo (y no en el tuyo), Él se encargará de responder a todo lo que ahorita no le encuentras sentido.

Recuerda que todo pasa y todo cambia, pero Dios no se mueve; siempre estará en el mismo lugar para que recurras a Él cuando lo necesites.

Se vale llorar, se vale gritar, se vale renegar… Pero lo que no se vale es pasar por una experiencia fuerte sin que ésta te deje un gran aprendizaje. Yo sé que tú saldrás de esto fortalecida, más madura y más mujer.

Puedes estar segura de que yo estaré aquí, siempre para ti, para acompañarte y apoyarte en ese proceso.

Te agradezco mucho que hoy hayas recurrido a mí y que me permitas devolverte el favor de desvelarme contigo como alguna vez ya te ha tocado a ti hacerlo conmigo. Al fin que, han sido muchas las noches que nos hemos desvelado por estar de fiesta o simplemente por actualizar nuestras historias… ¿Qué importan unas horas menos de sueño, si las invierto contigo?

Hoy sólo quiero recordarte que hay un maravilloso regalo que se llama Perdón.  Aunque te parezca imposible, perdona…

Perdónate a ti misma, porque no eres perfecta y porque no será la primera vez que te equivoques…

Y perdona también a quien (queriendo o no) te hizo daño, porque recuerda que tú no eres responsable por los actos de los demás…

Aprende que quien de verdad te ama, jamás hará nada para dañarte y que las cosas no pueden ser forzadas ni podemos ir por la vida creyendo que el mundo debe ser como a nosotros nos place (y mira que te lo digo yo, que bastante me ha tocado sufrir por eso).

Aprende que es completamente inútil y hasta nocivo, prolongar la estancia de una persona en tu vida, mucho más allá del tiempo necesario, porque entonces los finales se vuelven amargos y podemos arruinar en un momento lo que nos llevó años construir.

Todo tiene su tiempo y su lugar en esta vida y lo bueno solamente se obtiene esperando, porque cuando presionas terminas por arruinarlo…

Quiérete, respétate, perdónate, perdónalo, repara el mal causado, si es que te es posible; pero si no, en cualquier circunstancia, sólo deja ir…

Únicamente de esta forma encontrarás la paz y la tranquilidad perdidas. Y así, volverás a brillar para encontrar de nuevo tu lugar en el Camino de la Magia…

Gracias por formar parte de mi vida, en esta vida…

Te Quiero Mucho, Flaquita…

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