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martes, 28 de abril de 2015

Te soñé... Por Elena Savalza

No era propiamente tu rostro frente a mí, con un dejo de arrepentimiento. Ese rostro que meses atrás me atormentaba por lo que aún me provocaba al verlo por accidente en alguna fotografía y por el cúmulo de sentimientos encontrados sobre ti. No era ese rostro que antes fue capaz de quitarme la sonrisa, tanto como un día me la provocó. No era ese rostro del que tanto me defendí, consciente e inconscientemente, para que no me hiciera sucumbir de nuevo ante él. No era ya ese rostro el que vi en mis sueños…


Y sin embargo, te soñé y eras tú…

Soñé que te disculpabas. No era tampoco que pidieras perdón desesperadamente, pero eras tú. Un mensaje de pocas palabras, que seguramente en tus términos significó el “lo siento” que nunca antes escuché de tus labios y sé que no lo haré jamás…

Pero amaneció y tú estabas allí…

A pesar de los días ignorándote, estabas allí cuando abrí los ojos, pero no eras tú. Era solamente esa sensación de tu efímera presencia, y allí estaba yo, entre incrédula y ofuscada, por no saber cómo te permití de nuevo participar en mis sueños; pero al mismo tiempo con la infinita paz de quien escuchó y dijo lo que tenía que escuchar y decir…

Lejos quedaron los días de nuestras mejores sonrisas; las palabras, los mensajes, las promesas no cumplidas, las verdades no dichas. Dejé, junto con un pedazo de mi vida, todos los sueños rotos, las preguntas sin respuesta, los insultos ahogados, los reproches sin sentido…

Recordé tantas noches en las que me quedé despierta, sin saber si reír, llorar o darte gracias. Sin entender entonces por qué, a pesar de todo, no pudiste complacer la única petición que te hice: tu honestidad.

Pero conforme pasaron los días, entendí que no era tu obligación aceptar todo lo bueno que te ofrecí y que tenías derecho de conformarte con amores de a ratos y con andar de cama en cama, sin atarte a ningún corazón. Comprendí que quizá no fue que no te importara, si no que no supiste cómo desenredar la maraña de mentiras que tejiste alrededor de ti.



Hoy te digo que tenías razón, porque efectivamente “la vida siguió”. Al no tenerte conmigo, me dediqué a llenar mi vida con lo único que me quedó: yo. Me dediqué a cuidarme como no me cuidaste, a amarme como no me amaste, a evitar lastimarme como tú me lastimaste. Entendí que no tenía que aceptar migajas de nadie, ni por sexo, ni por amor, ni por no sentirme sola y vacía.

Y te di las gracias….

Gracias, porque al no amarme y respetarme me enseñaste la mejor de todas las lecciones de amor: el amor hacia mí misma.  Gracias, porque al haberte mostrado así, como nunca imaginé que fueses, me obligaste a rectificar mis pasos, a enmendar mi camino y darle un nuevo sentido a todo lo que perdí en aquel lugar.

Entendí que lejos de enojarme, bien haría en compadecerte y hasta de pronto rezar por ti, porque yo me quedé conmigo, pero tú te quedaste sin mí… y quizá, también sin ti.

Hoy sólo puedo decirte que Dios es más sabio que tú y que yo, y que mi mundo es diferente. Que llené mi tiempo, ese que antes dedicaba a pensar en ti y a darte lo mejor de mí, de cosas buenas y productivas. Llené mi mente con ideas nuevas. Recuperé mi vida y la enriquecí con nueva gente, nuevos proyectos y nuevos caminos. Descubrí de nuevo que de amor nadie muere.  Y no, definitivamente, no me morí. De hecho, estoy más viva y más plena que nunca.


Quiero que me una contigo solamente alguna que otra sonrisa en honor a los buenos momentos y la gran experiencia y aprendizaje de lo vivido. Así que no recuerdes, por favor, mi última mirada con la que casi te fulmino esa noche, ni mis ojos llenos de lágrimas, porque sabes muy bien que esa jamás fui yo.

Recuerda a la que conociste, a la que sonreía siempre, a la que agradecía todos y cada uno de los gestos amables, los detalles, las palabras, las miradas, las sonrisas y las caricias que tuviste para mí. 

Recuerda a la que te escuchó a veces, a la que trató de entenderte, y después se rindió y sólo intentó aceptarte y amarte así, aunque a veces no tuviese sentido ni para ella. Recuerda a la mujer que tuviste y a la que te amó. Recuerda a esa mujer generosa y con una inmensa capacidad de entrega y sacrificio, porque esa mujer sigue aquí, pero mejorada con el tiempo, con las lágrimas y con las lecciones aprendidas. Volvió a ser esa mujer que (ahora lo sé) jamás mereciste, pero mucho más valiosa hoy…

Si aparecerte en mis sueños era la única forma de liberarme de la carga, de devolverme la paz y de que yo parara de ensayarme como víctima para seguir recreando el dolor vivido, te diré que ya lo conseguiste y que no vuelvas a hacerlo, porque no lo necesito más…


Que mi bendición te alcance y que Dios nos ayude a cada uno a estar donde debamos y a tener la vida que merezcamos…

martes, 30 de septiembre de 2014

Castillos de Naipes... Por Elena Savalza

Escrito el 29 de septiembre de 2014, en Manzanillo, Colima...

El 19 de septiembre estaba en la sala de abordaje del Aeropuerto Internacional de Reynosa. Me sentía libre por fin. Durante los días previos había creído que cuando llegara ese momento estaría llorando, o por lo menos muy triste, pero la verdad es que, entre la resignación del inevitable regreso, había encontrado por fin algo de paz. Subí al avión, no sin antes dar un vistazo a lo último que veía de la ciudad que apenas el 9 de junio me había recibido en condiciones muy distintas. Después de eso tomé mi asiento, recargué mi cabeza y me dormí sin darme cuenta siquiera de las instrucciones del despegue. Cuando desperté ya casi estaba llegando a mi Guadalajara hermosa, sabiendo que en cuanto el avión aterrizara todo sería distinto…

La vida, mis decisiones, mi fe y todo a lo que pueda culpar, hicieron que yo llegara a Reynosa. De pronto un día me vi con una oportunidad laboral muy buena, con muchas ganas de tomarla y con la ilusión de que llegando allá una persona especial me estaba esperando. La historia había comenzado el 19 de mayo de 2013, en aquella terminal de Monterrey y a más de un año él (a quien por última vez y sólo para esta historia llamaré “mi amorcito”) seguía allí. En ese momento todo se confabulaba para que yo estuviera allá, así que después de darle vueltas por lo menos un mes decidí irme. Vendí absolutamente todo lo que tenía, dejé mi casa, mi trabajo y me fui de Manzanillo con la intención de no regresar en muy buen tiempo.

El día que llegué todo fue color de rosa. En el aeropuerto me esperaba “mi amorcito”, junto con su primo, para llevarme al departamento que él mismo había ayudado a elegir, sin que yo tuviera que preocuparme por nada. Incluso mis sábanas, toallas y almohada estaban ya en su camioneta cuando me recibió.

Los primeros días fueron muy buenos, pues se podría decir que “mi amorcito” y yo seguíamos de “luna de miel”. De pronto, de estar tanto tiempo a distancia, ahora nos teníamos a siete minutos entre su casa y la mía, lo cual sonaba genial. En el trabajo las cosas no podían ir mejor, pues me sentía como pez en el agua, haciendo lo que me gustaba y lo que, sin ánimo de ser petulante, hacía bastante bien. Poco a poco fui invirtiendo tiempo y detalles para hacer de mi pequeño departamento un lugar bonito para vivir. Aunque extrañaba mis cosas, mi playa, mi gente y mi trabajo, estaba allá y tenía una buena y nueva oportunidad para hacer las cosas bien y para demostrar que, como dicen: “el que es perico donde quiera es verde”.


Los primeros estragos del cambio los sufrí apenas unos días después de llegar. El cambio de alimentación me provocó una gastroenteritis y las primeras lágrimas de Reynosa llegaron con ella. Ese evento, sin embargo, por encima de lo que se pudiera pensar, me trajo uno de los mejores regalos que recibí en Reynosa: conocí a su hermana (la doctora que me atendió), que a la postre se convertiría en mi ángel de la guarda y mi hermanita por siempre.

A la gastroenteritis le siguieron crisis nerviosas, un vecino acosador que me seguía hasta mi casa y que me sacó varios sustos. Hubo bloqueos, balaceras, persecuciones de gente armada a plena luz del día,  me tocó escuchar un “levantón” hacia mi vecino, que me impidió incluso salir de casa para trabajar y un primer choque en donde me lastimé la espalda. La serie de eventos desafortunados comenzaron a nublarme el juicio, pero no sólo eso me incomodaba: desde hacía días comenzaba a notar el distanciamiento con “mi amorcito”, sin que yo encontrara ninguna explicación lógica a su frialdad. Lo cierto era que cuando yo más necesitaba no sentirme sola, peor me sentía. Obviamente todo el entorno por demás hostil, aunado a los problemas con él, estaba demeritando mi productividad. Empecé a faltar al trabajo y a enfermarme de todo, y cuando estaba en la oficina no podía concentrarme. En resumen, el cuento de hadas estaba comenzando a derrumbarse ante mis ojos, sin que yo pudiera hacer nada, a menos de dos meses de haber llegado allá. El “Castillo de Naipes” comenzaba a tambalear ante los vientos poco favorables.


A pesar de ello intentaba aferrarme a seguir allá. Lloraba un día sí y el otro también, y aunque me dé pena reconocerlo ahora, hubo momentos en que por mi cabeza cruzaron pensamientos suicidas. Mis amigas, las de Manzanillo y una que otra de otro lugar, estaban muy preocupadas por mi e insistían en que me regresara, pero yo me aferraba a seguir allá porque “tenía un compromiso profesional que no podía dejar tirado así como así”. Dejé de escribir, tanto en Letra Fría como en Estrategia Empresarial, porque sencillamente mi nivel de concentración era nulo. Mis días transcurrían entre la oficina, trabajando en modo automático cual robot, el spinning que era mi único escape ante la realidad que no me gustaba, e ir a encerrarme en mi departamento a esperar que “mi amorcito” reaccionara y se acostumbrara a que yo estaba ya en Reynosa y que eso difícilmente iba a cambiar.

¿Cómo era nuestra relación? Por WhatsApp o por Facebook, como cuando yo vivía en Manzanillo, pero más fría ahora. Carente de palabras cariñosas, pero abundante en peleas y discusiones. Descubrí lo celoso y controlador que podía ser él, al celarme incluso con gente de su familia (me hizo que eliminara de mis contactos de Facebook a su propio hermano, por ejemplo). Descubrí también lo histérica que podía ser yo y la poca paciencia que podía tener ante nuestras dificultades como pareja. La vida, mi vida, se empezó a convertir en un infierno.

A principios del mes de septiembre, antes de que yo cumpliera siquiera tres meses allá, comenzó a vislumbrarse el inevitable final. En una de tantas peleas, tomé la decisión de terminar con eso… y en esta ocasión él ya no puso argumento alguno para evitarlo. Probablemente estaba tan cansado como lo estaba yo, así que ni siquiera se molestó en convencerme de que hubiera otra oportunidad, y sin vernos a la cara, puesto que fue vía telefónica, le pusimos punto final.  Al día siguiente, aún enojada por la situación, al salir del trabajo vino el segundo puntapié de la semana: en una curva choqué contra un tráiler dejando el coche hecho un desastre. Aunque bendecida por Dios de que yo no tuviera ni un rasguño, los daños materiales si fueron importantes. Lo más triste de todo es que quedé justo enfrente del Parque Cultural de Reynosa, donde él entrenaba todos los días a esa hora, pero ni siquiera me atreví a llamarlo para pedirle ayuda. Cuando por la noche él se enteró del choque, sólo atinó a llamarme para regañarme y para preguntar “de quien fue la culpa”, como si eso hiciera diferencia.

Supongo que con todo lo que ya me había pasado, era de esperarse que a los dos días de haber chocado colapsara en el baño de la oficina, ante la mirada atónita de una de mis compañeras que hacía lo posible porque no perdiera el conocimiento. Me sacaron de la oficina para llevarme al hospital, donde llegué con una crisis de hipertensión. Al primero que llamaron fue a él, por ser mi contacto de emergencia, pero él estaba “muy ocupado”, así que quien estuvo conmigo en todo momento fue su hermana. Incluso su papá fue a recogerme cuando me dieron de alta, para llevarme a casa. Si se preguntan qué hizo él, les diré una sola cosa: se fue a McAllen por la noche porque ya tenía un “compromiso” y no preguntó siquiera cómo estaba yo y mucho menos se apareció por el hospital. Fue allí, acostada en la cama, canalizada y en bata de hospital, que caí en la cuenta de hasta dónde me había llevado mi infelicidad, al grado de haber expuesto mi salud física de esa manera. En ese momento decidí que lo más difícil que regresar y enfrentar mi fracaso, era permanecer allá y seguir con mi pesadilla.

Al día siguiente tomé al toro por los cuernos. Lo busqué, para finalizar las cosas de frente y decirle que me regresaría. Pero tal formalismo no era necesario ya. Al llegar a su casa, apenas me había sentado a la mesa cuando le entró una llamada que sospechosamente se fue a contestar a su habitación. Como cosa del demonio lo seguí y descubrí que era una mujer, de quien se despedía mandando “besitos”.  Obviamente hubo reclamos por mi parte, y una mirada fría por parte suya. Todo estaba dicho y no hacían falta más palabras. Eso estaba terminado mucho antes de que yo lo dijera.

Hice mis planes para regresar. En esos días se vencía mi primer contrato y decidí que no habría segundo. Eran pocas mis pertenencias, a excepción de mi ropa, que se había multiplicado "misteriosamente" gracias a los muchos episodios depresivos (no es lo mismo deprimirse en cualquier lugar del país, que en la frontera con Estados Unidos. Ustedes disculparán la presunción, pero ante tal situación, lo único que no me faltaba era dinero). Los días posteriores a la renuncia las cosas fueron tomando su curso. Hablé con mi anterior jefe (y hoy de nuevo actual jefe) quien me dijo que mi lugar estaba aquí, justo desde el día que decidí irme. Compré el vuelo para regresar y me dediqué a intentar no pasar mis últimos días enojada y a pensar únicamente en que pronto estaría de nuevo en casa. Aunque me sentía triste y enojada con él, lo único que podía era pedirle a Dios que me permitiera no subir al avión enojada con alguien a quien quería mucho.

Todo parecía estar bien ya. Poco contacto había tenido con él, e incluso habíamos hablado de vernos “por última vez”. Sin embargo, la última noche tenía todavía una sorpresa para mí. Les había prometido a su mamá y a su tía, quien vive frente a su casa, que iría a despedirme de ellas antes de regresar. Ese jueves llegué a su casa saliendo de trabajar, pero como ni la mamá ni la tía estaban, decidí esperar en la cochera de la casa de su tía, platicando con su primo, el mismo que había conocido durante mi primer día en Reynosa, cuando lo acompañó al aeropuerto por mí. La mala fortuna hizo que dos personas enojadas con él coincidieran en el mismo momento y espacio, así que su primo, que estaba al tanto de lo sucedido y entendía lo mal que podía sentirme yo en ese momento, terminó de dar la estocada final: me dijo, entre otras muchas linduras, que “mi amorcito” tenía un hijo de aproximadamente cuatro meses de nacido y que había además una chica de aproximadamente 18 años, con cuatro o cinco meses de embarazo de él…. ¡Había embarazado a dos mujeres durante el tiempo que estuvo conmigo!

Como podrán imaginar, mi coraje e impotencia eran tremendos. No sólo fue su falta de lealtad y de respeto hacia mí, sino que además había expuesto también mi salud, al meterse con cuanta tipa se le atravesó sin protegerse. Tuve que hacer esfuerzo sobrehumano para no explotar frente a su tía y preferí meterme al baño a llorar. No podía creer lo que había escuchado. Justo la última noche, cuando yo ya no tenía que saberlo, cuando de nada servía ya, su primo me estaba diciendo todo eso. Vi aproximarse la camioneta de su mamá, y entonces crucé la calle, lo más recompuesta que pude, para saludarla y despedirme rápido para volver a mi casa. Al entrar, la señora me abrazó y me pidió que la esperara en la sala. Mientras estaba allí, entro su tío, con quien hice muy buena amistad. Al verlo no pude evitar decirle lo que el primo me acababa de decir hacía 15 minutos apenas, pidiéndole que no le dijera nada a su mamá (hermana del tío, por cierto). Como si le hubiese pedido lo contrario, me dejó sola en la sala y subió a decirle. Entonces la puerta se abre y “mi amorcito” hizo su aparición, saludándome con un “hola gordita… ¿por qué te dejaron solita?” y dándome un beso en la mejilla. Me levanté de inmediato sintiendo que casi se venía la espuma por mi boca, así que me tuve que salir por no armar un escándalo en su casa, pues como comprenderán, tenía ganas de matarlo en ese rato. Al salir me encontré a su mamá, quien ya venía vociferando enojada: el tío ya le había dicho todo. Se armó una discusión fuerte. Su papá me reclamó por “no haberme quedado callada y haberme ido a la casa de enfrente, cuando allí estaba la suya”. Encima de todo…  ¡la culpa era mía!

Hubo gritos, reclamos y todo. Pero yo sólo atiné a voltear a ver al tío y suplicarle que me llevara a casa. Su mamá se levantó y me dijo que ella me llevaba y le pidió a su hermano (el tío) que me acompañara también. Al subir a la camioneta los flamantes primitos estaban peleando y el papá intentando separarlos. Me desentendí del asunto, para enterarme después que el primo había dicho que yo había investigado todo y que él jamás me dijo nada, como si yo conociera tanta gente cercana a él, fuera de su familia, para que me dijeran algo así. Lo cierto es que nadie negaba que lo me había dicho era verdad: dos bebés mientras estuvo conmigo, era el saldo conocido hasta el momento.

Me quedaban menos de 24 horas en Reynosa y yo estaba hecha un mar de lágrimas. No podía creer que eso estuviera pasando realmente. Mientras iba en la camioneta escuchaba a su mamá enojada intentando que le dijera que más me había dicho el primo, pero yo sólo le contestaba: “Señora, estoy segura de que no quiere saber”…  Lo único que yo decía entre llanto era: “¿Por qué me tuve que enterar, si ya me voy mañana?”. Su mamá me dejó en mi casa, dejando al tío conmigo. Entonces allí grité y lloré todo lo que no pude. Vi sus mensajes que me había enviado justo al salir de su casa, y le contesté enojada que si tenía un poco de delicadeza me dejara tranquila y jamás me volviera a buscar (por supuesto, mis palabras fueron mucho menos amables y corteses).  Al poco rato llegó su hermana, para recoger a su tío, y me confirmaba la versión oficial del primo: él no me dijo, yo investigué por mi cuenta.

Después de una terrible noche, a la mañana siguiente yo sólo tenía que terminar mis maletas y esperar que se llegara medio día para irme al aeropuerto. Durante la mañana su mamá fue a mi casa, platicamos y nos despedimos tranquilas. Cuando dejaba mi departamento, la señora me dijo tiernamente: “perdóname por todo lo mal que te trató Reynosa”. Ambas sabíamos que se refería a su propio hijo. La abracé y le dije que todo estaba bien, y que ella y su hija siempre tendrían las puertas abiertas conmigo, las de mi casa y las de mi corazón.

Así me fui al aeropuerto. La última persona a la que vi fue a su hermana, quien, como Dios no quiso que fuéramos cuñadas, adopté como hermanita menor, con la promesa de que no nos estábamos despidiendo, porque nos volveríamos a ver muy pronto. Cuando pasé la revisión de seguridad y entré a la sala de abordar, sabía que ya no había marcha atrás…

Hoy es 29 de septiembre y es mi primer día de trabajo. Inicio un ciclo nuevo en Manzanillo, al mismo tiempo que él, en Reynosa, está cumpliendo años. Supongo que no es casualidad, y que también en esto está obrando Dios. Fui a Reynosa a descubrir que no era él. Fui a Reynosa a conocerlo realmente, a abrir los ojos, a quitar máscaras y a enfermarme mucho. Fui hasta allá a entender que no hay dinero que compre la tranquilidad y estabilidad y que cuando te falta todo, jamás lo material será suficiente. Ya estoy aquí, retomando mí vida donde la dejé hace casi cuatro meses, pero ahora sin ningún obstáculo que nuble mi entendimiento. Ya ni siquiera me siento enojada o triste, aunque aún no olvido lo sucedido y sé que pasarán muchos días para que mi corazón y mi mente vuelvan a la normalidad. Lo único que sé es que al volver a ver la playa, platicar con mis amigas y retomar mi trabajo, alguna pieza suelta se unirá de nuevo a mí.

Fui a Reynosa a derribar mi “Castillo de Naipes”, para regresar a construir castillos de arena, aquí en mi playa querida. Como “El Alquimista”, perseguí un sueño y perdí todo por ello, sólo para regresar al lugar de donde partí. Sin embargo, tengo fe en que con el tiempo descubra el porqué de esta locura y hasta le agradezca la lección. Hoy ya no lloro. Duermo tranquila y confiada de que mañana estaré mejor. ¿Qué pasará con él? No lo sé. Supongo que vive feliz brincando de cama en cama y de mujer en mujer, sin tomar ninguna responsabilidad en su vida, ni con sus hijos, ni con nadie. Pero si eso quiere, eso está bien. Simplemente para mí su comportamiento era inaceptable y no había más remedio que dejarlo ir y continuar con mi vida. Aun así no le deseo mal, pues supongo que el tiempo nos dará a cada uno lo que merecemos. Por lo demás, quiero confiar en que estará bien y que algún día podré voltear hacia atrás y sonreír de corazón al recordarlo.


Leí una frase que dice: “abrir los ojos duele, pero es un dolor necesario”. Hoy ya no construyo castillos de naipes…


Salmos 57:1 “Porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.”

sábado, 3 de diciembre de 2011

Por el Camino de La Magia... Por Elena Savalza

 
“Cada persona que se cruza en tu camino, no lo hace por azar. Dios tiene mensajeros en la tierra que utiliza como medios para comunicarse con nosotros; sobre todo, en aquellas ocasiones en las que no somos lo suficientemente receptivos o no tenemos la tranquilidad para quedarnos quietos y escuchar su voz por sí sola.”
Hubo una vez, hace algún tiempo, una Princesa que se enamoró perdidamente de un Príncipe, muchos años mayor que ella. Al principio, las cosas iniciaron como una relación sin compromisos y con la consigna de no enamorarse. Con el paso de los meses, sin embargo, el corazón los traicionó a los dos y, de aquella relación casual, surgió un amor muy fuerte y una de las cosas más hermosas que ella hubiese vivido nunca.
Pero nada resultó tan bien como hubieran deseado. Después de dos años de permanecer juntos, el miedo a cambiar sus circunstancias de vida y su entorno, pudo más. El Cuento de Hadas terminó muy mal: un sueño frustrado de ser madre y un “adiós” con muchos huecos y muchas dudas.
Por dos años, esta Princesa guardó en su corazón la imagen idealizada de aquél Príncipe que tanto amó. En realidad, no se puso a pensar mucho en la forma que esa relación marcó su vida ni en el daño que él le pudo hacer en su momento, con toda su indecisión. Para ella solamente existía el recuerdo de los momentos bonitos de una historia que no debió haber terminado y la ilusión de que un día, la vida le daría la oportunidad de volver a verlo y de poner a prueba qué tan fuerte había sido lo que antes habían sentido.
Durante ese tiempo, esta Princesa se dedicó a trabajar arduamente, a irse de fiesta y a conocer Príncipes (realmente fueron Sapos, la mayoría) que entraron y salieron de su vida sin penas ni gloria. Pero un día, por azares del destino, Dios la vuelve a poner junto a aquél Príncipe, en la misma ciudad donde tantas veces estuvieron juntos,  reuniéndose de nuevo con él.
Al principio sintió que no sintió nada. Pero, como dice la canción, “No hay más miedo que el que se siente cuando ya no sientes nada”.
Le bastaron algunos encuentros más para darse cuenta de que él seguía tan presente en su vida como lo había estado años atrás. En ese preciso instante decidió retirarse, porque sabía que era más que inútil tratar de recuperar algo que, en su momento, él no quiso salvar.
Y entonces siguió siendo cínica y frívola (en ningún cuento de hadas que se precie de serlo, falta una Bruja), como lo había sido en los últimos años, desde que se separó de él. En el fondo, no la hacía feliz, pero se había negado por completo la posibilidad de que alguien más ocupara el altar que ella le había puesto a él.
Un mal día, él descubre muchas cosas de ella que jamás imaginó, incluidos algunos detalles de su historia juntos, que él nunca pensó que ella hubiera visto, sentido y vivido de esa forma.
Entonces enfureció, por el propio peso de su frustración y de su culpa, al ver tan claramente reflejados los errores que anteriormente cometió, arremetiendo duramente contra ella. En ese momento, la Princesa se convirtió en una Guerrera que se defendió con todo y terminaron enfrascados en una serie de reproches que se acumularon por tantos y tantos años de silencio.
Ese día, fue para ella como volverlo a perder. Se enojó, se entristeció, lloró y volvió a sentir las mismas ganas de morirse que había tenido tres años antes. Pero ese día, entendió también que apenas estaba iniciando para ella el proceso de duelo y que ése era el primer paso para recuperarse de aquella pérdida que por años le había impedido llevar una existencia plena y sin ataduras al pasado.
Lo que más le dolió fue aceptar que, a partir de ese momento, ya nada en absoluto la unía con él (ni siquiera el resentimiento). También le dolió mucho pensar en que, muy probablemente, él estaría enojado por siempre con ella y que nunca más volverían a saber uno del otro.

Así siguieron los meses posteriores, en los que ella sentía que las historias bonitas de cuentos de hadas ya habían cumplido su ciclo en su vida. De pronto había, alguno que otro Sapo disfrazado de Príncipe, pero nada que tocara su corazón en serio.
Por fortuna, el día del cumpleaños de él, pudieron romper esa barrera de rencor que les había impedido comunicarse y aceptaron ambos su parte de culpa en la situación, reconociendo que el amor que se habían tenido había sido muy fuerte y que siempre se querrían (de distinta forma), pero que ahora estaban muchísimo más lejos de poder formar parte cada uno de la vida del otro, puesto que sus caminos ya se habían separado lo suficiente.
En ese momento ella se sintió libre, pero triste de nuevo: tenía que soltarlo y, a pesar de los años que ya habían pasado, no era algo que supiera cómo hacer.
Decidió que era tiempo de comenzar a reconstruir su corazón y de quitarle la eterna etiqueta de “cerrado por remodelación”. Inició también a remover los escombros del pasado y a desterrar cualquier residuo de rencor y de ataduras, de recuerdos y de sueños rotos. Empezó de nuevo, a intentar recuperar su brillo y sus alas que había perdido: la Princesa quería volver a volar.
Pero de pronto, mientras estaba en ese trance, un día aparece un nuevo Príncipe, que le envía una solicitud de amistad, que la invita a salir sin conocerla y que comienza a buscarla de una forma de lo más extraña y desenfadada…
Ella, aún encerrada en su caparazón, aún con miedo por lo que estaba viviendo, auto incapacitada para tener una relación de pareja, para enamorarse y para dejarse querer; con miles de temores y excusas para no abrirse, acepta conocerlo.
En esas circunstancias se encontraba cuando él llegó a su vida: completamente cerrada a una relación verdadera y medianamente normal, enfrascada en un disfraz de Bruja Cínica que por mucho tiempo había llevado y que le había costado un enorme trabajo quitarse, al grado de que, a veces, creía que ya era parte de ella y que si se despojaba de él, se sentiría completamente desnuda.
Y, como en los cuentos de hadas, hubo de nuevo un mejor primer beso que los que nunca había recibido: ese fue el beso que despertó a la Princesa de su larga pesadilla.
Volvió a sentir “mariposas en el estómago” al probar sus abrazos, sus caricias y sus besos: en otras palabras, volvió a vivir.
Tantas cosas volvía a descubrir dentro de ella, que anteriormente creía completamente inalcanzables de nuevo, que le pareció imposible que esto le ocurriera en tan poco tiempo. Hacía años que no vivía algo así, que no sentía esa energía y esa conexión al hacer el amor con alguien: con él volvió a volar y a tocar el cielo.
Conforme pasaron los días, cayó en la cuenta de que sus más grandes excusas (el no tener tiempo, el no poder enamorarse y el que una relación normal y bonita no fuera para ella) estaban dejando de ser importantes. Con él, dejó de actuar como muñequita hueca y empezó a sentir.
Por primera vez en muchos años, el fantasma de aquél otro Príncipe de su pasado, no se metió en su cama, porque en ese momento ella estaba completa: estaba con él…
Pero la Princesa cometió un error: aceptar, previamente y sin conocerlo, un acuerdo absurdo que incluía entre sus cláusulas el no mezclar sentimientos, como si éstos fueran objeto de negociación. Y entendió, después de unos días, que ese acuerdo ya no podía funcionar, por lo menos, no para ella. Sencillamente, quería darse a sí misma otra oportunidad y se dio cuenta de ello gracias a los días transcurridos junto a él.
Comenzó a sentir la necesidad, otra vez, de estar con alguien que quisiera estar con ella, que no le diera miedo abrazarla o besarla en público, que quisiera tomarla de la mano y que se dejara querer… porque recordó que todavía podía hacerlo.
Descubrió en él a un ser humano increíble y le pesó muchísimo, más de lo que hubiera querido, el no haberlo podido intentar con él. Era simple: él no estaba preparado para ese nuevo paso que ella le invitaba a dar.
Entonces ella, decidió romper ese acuerdo y retirarse de allí. Sabía que, si se quedaba, terminaría irremediablemente enamorada, por mucho que él le ofreciera las pociones mágicas para que eso no sucediera. No era que considerara que enamorarse fuera malo, pero sí sabía, que ya no podía imponerle a su corazón la pena de confiar sus ilusiones en algo declarado previamente imposible.
A ella le habría encantado que sus circunstancias fueran distintas, pero también sabía que había tiempo para todo y que ése no era su tiempo, no con él, por lo menos. Había un escalón que tenía que subir, pero él necesitaba quedarse donde estaba un tiempo más, porque estaba viviendo su propia batalla.
En el proceso de dar final a esta corta historia, hubo algunas situaciones adversas y malentendidos, ocasionados principalmente por la incapacidad de comunicarse con el corazón y por toda la confusión de sentimientos que, en especial, ella tenía: sabía que debía dejarlo ir pero no estaba completamente segura de querer hacerlo. De alguna forma, le habría gustado quedarse allí, esperando a que sucediera un milagro y teniendo un poquito más de “eso” que estaba volviendo a encontrar.
Y su migraña regresó, el estómago dolió y finalmente, una infección en las vías respiratorias, manifestó toda la frustración y emociones encontradas que la Princesa tenía y la confusión en su corazón que, por mucho tiempo, perteneció a un lugar lejano e inalcanzable y que ahora ya no sabía a dónde ir. Lo supo porque, al revisar su pasado, sus fotos, sus poemas, sus recuerdos y todas las cosas que la habían unido a aquél otro Príncipe hacía algunos años, sus sentimientos y la forma en que lo había tenido presente, habían cambiado: su corazón, definitivamente ya no estaba allá con él.
Así, la Princesa, enferma del cuerpo, trataba de preservar su corazón a salvo, de mantenerse tranquila, feliz y en paz, pero simplemente no lo conseguía. Sabía que había “algo” que tenía que sacar, pero no sabía cómo. Lo único que le quedaba claro es que había, en poco tiempo, avanzado muchísimo más por el Camino de la Magia, que en años anteriores. Había llegado demasiado lejos como para pretender dar marcha atrás.
Hubo un propósito por el cual Dios mandó a este nuevo Príncipe a su vida: fue para despertarla de aquella larga pesadilla que por años vivió. Ese propósito fue cumplido a cabalidad y, ahora que despierta, no quiere volver a dormir. Sabe que, aunque no le guste del todo la idea, es indispensable dejar ir también esta etapa, tomar de nuevo sus alas y volver a volar.
Si una cosa aprendió en todos esos años, es que es completamente inútil tratar de prolongar un ciclo, porque Dios no se equivoca: tiene sus tiempos y sus métodos y, aunque no los entendamos ni mucho menos los aprobemos, algunas veces simplemente hay que dejarse llevar, dejar de contrariarlo y aceptar que, aunque no sepamos hacia donde volar, Él no nos permitirá perdernos por completo.
Todo cambia, todo termina y todo pasa; pero Dios, como quiera que lo entendamos, siempre permanece en un mismo lugar, donde siempre podemos encontrarlo cuando nos sintamos perdidos.
Ahora, hay una Princesa que descubre, habiendo retirado los escombros, que su corazón no sufrió fisuras irreparables y que está listo para volver a ser habitado.
La Princesa regresa por el Camino de la Magia, aquella que se consigue solamente cuando el amor nace desde el fondo de tu corazón.
En el trayecto, seguramente enfrentará nuevas batallas y tendrá que convertirse, de vez en cuando, en la Guerrera que siempre ha sido. Incluso, quizá, de pronto tenga que sacar de nuevo su disfraz de Bruja del armario, pero no permanecerá enfundada mucho tiempo en él, porque nunca más querrá volver a ser la Bruja de su propio cuento.
Otros cuántos Sapos volverán a aparecer y, probablemente, vuelva a sentirse cansada de intentar romper hechizos para rescatar al Príncipe.
Pero la Princesa Guerrera ya recordó que la magia existe, puesto que la volvió a sentir dentro de ella, y que quiere mucho más, sin importar cuántos Sapos tenga que besar.
Por lo tanto, bendice enormemente al Príncipe que la despertó de nuevo y agradece a Dios por su corta, pero significativa, presencia en su vida. Le desea que, en alguna parte de su propio camino, también encuentre aquello que esté buscando, sea lo que sea. Y espera también, que en un futuro, se atreva a subir el escalón que le falta...
Y la Princesa sigue por el Camino de la Magia, intentando conseguir que lo imposible se vuelva posible…

Este es mi cuento de hadas, el tuyo, el de él, el de ella y el de todos los que, a pesar de los tropiezos, siguen firmes por el Camino de la Magia
Dedicado, hasta Argentina, a nuestra querida Sis Fernie; quien un día me dijo: “Y tendrás más magia que Harry Potter…”

Vos sabés…
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lunes, 15 de agosto de 2011

Cumpleaños... Por Elena Savalza

Alguna vez alguien me preguntó, cual era el cumpleaños que más recordaba: sin dudarlo, contesté que mi cumpleaños número 6, el cual, siempre consideraré como uno de los mejores…
Ese día, estaba en casa festejando con mi familia. Fue un jueves 18 de agosto de 1988. Mis hermanas mayores, Marina y Silvia, estaban haciendo y decorando un pastel para mi. Era de color rosa, tenía lunetas de colores por todos lados y con palillos, sujetaron un letrero que decía “Felicidades Gorda” (bueno, el letrero no me hizo de lo más feliz, lo confieso).
No hay nada que a una niña de 6 años, le cause mayor ilusión que tener a su familia y amiguitos juntos y completos. Sin embargo, esa tarde Dios tendría reservada para mí, una grandiosa sorpresa:
De pronto mi mamá desapareció de la escena y mi papá también. Desde que recuerdo, mi mamá fue rellenita, por lo cual, yo no me percaté meses anteriores, de nada extraño, y supongo que mi hermana Isabel, de entonces 4 años, tampoco.
Cuando Isa y yo notamos la desaparición de mis papás, comenzamos a preguntar por ellos a mis hermanas mayores. “Mi mamá se fue al Seguro”, contestó alguna de ellas.
Entre el alboroto por la fiesta y el pastel, ninguno notamos la ausencia de Isabel. Más tarde, nos dimos cuenta y comenzamos a buscarla. La encontramos afuera de la clínica del IMSS, buscando a mi mamá, pero ella ya no estaba.
Ni Isa ni yo, entendimos por qué mi mamá no estaba y supongo que mis hermanas mayores tuvieron que hacer grandes esfuerzos por controlar nuestra ansiedad esa noche.
Al día siguiente, regresó mi papá. Cuando le pregunté por mi mamá, me contestó:
-          Está en Guadalajara, pero te traerá un gran regalo…
Me emocioné. ¿A cuál niño no le gustan los regalos? Pensé que sería algún juguete novedoso y no dejé de hablar de ello todo el fin de semana, hasta que una de mis hermanas dijo: “el regalo es un bebé”.
Isa y yo, primero no lo creímos. Nunca intuimos que mi mamá estaba embarazada de nuevo, porque como les comento, ella siempre fue llenita, así que no lo notamos. Después, nos pusimos celosas y planeamos toda clase de “atrocidades” para ese bebé que no conocíamos y no queríamos que invadiera nuestro espacio. Imaginamos desde tirarlo a la basura hasta dejarlo en el patio trasero, por decir lo menos.
El domingo por la mañana, Isabel y yo nos fuimos a jugar a casa de una vecina, a la vuelta de la casa en la que entonces vivíamos en Tecolotlán, Jalisco.
Antes de medio día, uno de mis hermanos fue por nosotros, diciéndonos que mi mamá y mi papá habían llegado ya.
Corrimos a la casa para verlos. Entonces lo vi: era el bebé más hermoso que en mi corta vida yo había conocido y sigue siendo el bebé más hermoso que recuerdo a mis casi 29 años. Se llama David y es mi hermano.

Hoy, después de 23 años de ser “mi regalo de cumpleaños”, sé que no hay absolutamente nada en este mundo que yo no haría por él y por siempre, me he considerado la persona más afortunada del mundo, por haber sido parte de esa coincidencia. Desde entonces, sé que mis cumpleaños siempre tienen algo de magia…
Sin embargo, a 3 días de cumplir 29, considero que este, también será un cumpleaños trascendente.
Los últimos  362 días de mi vida, han sido particularmente raros, pero no me cambiaría por nadie ahora…
En este último año, gané un ángel en el cielo (ya tengo 2). Gané amigos, gané experiencia, gané y perdí un trabajo, descubrí una nueva pasión, conocí muchos lugares, muchas personas…
Nunca como en ningún otro año, había dormido bajo tantos cielos distintos. Sacando cuentas, este año he despertado en 9 ciudades diferentes, he recorrido muchas más distancias que en los últimos 10, tanto por tierra como por aire.
He besado algunos sapos y príncipes, he llorado varias veces y me he reído muchas más.
Me reencontré con el amor de mi vida, para perderlo de nuevo y darme cuenta de que algunas cosas nunca serán como las espero, pero que ningún camino andado puede ser en vano.
Hace meses, en su cumpleaños, Ámbar escribió sobre “La crisis de los 30”. http://mujeresymonstruos.blogspot.com/2011/06/la-crisis-de-los-30-por-ambar-s.html
Hoy, al cerrar el último año de mis 20’s, me considero verdaderamente afortunada y feliz, por llegar aquí y por las cosas que he hecho, pero sobre todo, porque sé que no soy todavía “producto terminado”.
Estoy orgullosa de romper prototipos, de hablar sin censura, de participar en proyectos importantes, de la buena y la mala fama, de los kilos ganados y perdidos, de la independencia ganada, de los sueños por cumplir y de las nuevas metas, porque aún hay muchas.
Soy más consciente de las sillas vacías a mí alrededor, de la gente que estuvo en mi vida y ya no está, de los que son insustituibles y siempre llevaré en mi corazón, así como de quienes solamente pasaron sin dejar huella profunda. Soy consciente de lo que he aportado, de lo que me falta aportar a este mundo, del que no me quiero marchar sin haberle regresado un poquito de lo mucho que me dio.
Hoy sé lo que verdaderamente importa y, aunque he convocado a medio mundo a festejar conmigo, la realidad es que mi corazón está de fiesta desde el primer día de este mes y desde siempre, porque simplemente sé que cada día que Dios me da la oportunidad de vivir, es un maravilloso regalo que el jueves, se coronará con 29 velitas, que espero que no incendien mi pastel de zanahoria (¡es mi favorito!).

También me enorgullecen las lágrimas derramadas, los sueños frustrados, las veces que se me rompió el corazón, los errores cometidos y las batallas perdidas, porque han sido esos, los momentos que mayor enseñanza han dejado en mi vida.
Sé que el nuevo año, viene con muchas sorpresas más para mí y entre las muchas de las bendiciones que tengo (salud, familia, amigos, trabajo), cuento también con la bendición de NO CONFORMARME.
No envejeces al cumplir años, envejeces cada que tu corazón y tu mente te dicen “no puedo”…
Les agradezco muchísimo el haber formado parte de mi vida en estos meses y les agradezco infinitamente, el seguirnos leyendo…
¡Que Dios los bendiga!

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miércoles, 4 de mayo de 2011

"Querido Monstruo"... Por Elena Savalza

Estoy luchando con un monstruo al cual no pensé enfrentar ... y que nada tiene que ver con Príncipes y Sapos…

Querido Monstruo:
Me costó trabajo comenzar a escribirte. No es fácil quitarme la máscara ante ti y ante todos, cuando para los ojos de la multitud nuestra relación es perfecta y sonrío feliz mientras vigilo que mi maquillaje no haya corrido por el calor infernal de los últimos días. Debo estar siempre perfecta y con el cabello en su lugar para la fotografía que en algún momento nos tomaremos y que quizá aparezca en algún medio… “porque así es el mundo de la farándula”.
Tengo muy pocos meses contigo, lo sé. Quizá tú pienses que estoy claudicando  sin intentarlo lo suficiente y te prometo que te comprendo perfectamente, pues la misma duda me asaltó a mí.
Seguramente me has notado distraída y ausente y te confieso que si por mi fuera, no volvería a ti mañana ni nunca más… Pero las cosas no se hacen así. Desde el comienzo hasta el final, debo portarme a la altura de las circunstancias.
Las comparaciones son odiosas y, realmente, detesto faltarte al respeto, pero extraño al otro… Sí, extraño muchísimo a tu antecesor. Lo extraño tanto que cuando lo veo, sigo sintiéndome inminentemente atraída por él, a pesar de todo lo que mi razón pueda decirme.
Siendo totalmente honesta (¿has notado que me encanta decir “totalmente honesta” últimamente?), creo que lo extrañé desde el día en que lo dejé. En su momento, mis razones pudieron parecer completamente válidas ante mis ojos y ante los ojos de la mayoría. Era cuestión de respeto y lo sucedido al final, no dejaba la menor duda de que debía dejarlo. Sin embargo, en el último momento, tuve la esperanza de que él hiciera algo por detenerme… No lo hizo y mi orgullo no me permitió mover un solo dedo para dar marcha atrás, así que contra la tristeza que me pudo haber causado, decidí alzar la cabeza y no voltear para ver lo que dejé; con la esperanza de que encontraría en el futuro algo mucho mejor…
Aún así, lo extraño… y lo extraño mucho…
Extraño la pasión que me generaba el estar allí, más allá del cansancio por el arduo esfuerzo que significaba mantenernos a flote juntos…
Extraño la sensación de sentirme necesaria, casi inmaculada e indispensable…
Extraño el dejar huella y el ver la transformación de todo cuanto tocaba…
Extraño la admiración a mí alrededor y lo que mi presencia generaba en quienes me conocían…
Extraño los viajes, las noches en hoteles de cualquier parte, las ciudades nuevas, la gente nueva. Extraño hasta las filas en el aeropuerto o las largas horas por carretera, el hacer maletas para muchas noches, el elegir la ropa cuidadosamente para parecer siempre su  “princesa perfecta”…
Extraño el sentirme en familia, el sentirme en casa…
Te encontré  y es injusto que hable mal de ti, porque realmente sé que has hecho por mi todo cuanto has podido y te lo agradezco enormemente. Me diste la mano cuando lo había perdido a él, cuando más devastada estaba y cuando la llama de la esperanza comenzaba a extinguirse.
Me cuesta mucho trabajo mantenerme a tu lado, sobre todo cuando sé que no estás tampoco en condiciones de dar más… pero yo quiero más.
Es muy complicado despertar todos los días sintiéndome vacía, sintiéndome inútil, sintiendo que en tu vida y en tu entorno no hago diferencia, que solamente soy un bonito adorno que puedes presumir ante tus amigos, que solamente añado algo de belleza y un aire de “sofisticación” a tu mundo hueco de compromisos sociales…
Tenía sueños e ilusiones; pero tu apatía, tu desinterés y tu despilfarro los han ido terminando. Es completamente imposible saber qué esperar de ti y mucho menos adivinar lo que esperas de mí…
Y sé que puedo, sé que puedo ser buena. Pero un don para ser apreciado y agradecido, tiene que ser solicitado; y realmente, no es tu caso y lo sé…
Yo sé que tú me necesitas y que puedo darte mucho más de lo que hasta el momento has requerido de mí… Pero tú no sabes cuánto me necesitas y lo que es peor, no estás interesado en averiguarlo.
Y no te puedo pedir más, porque en el fondo siento que no te he dado todo cuanto podría. Vuelve entonces, a formarse el mismo círculo vicioso que tanta energía me roba y que tantas veces me ha hecho terminar mis días con dolor de cabeza y sintiéndome cansada sin saber de qué, sin sentir que realmente me haya esforzado por mantener lo nuestro…
No es justo para ti tampoco. No es justo que me entregue a medias, porque si algo he tenido siempre con los que estuvieron antes que tú, es que me he entregado completa, sin límites, sin reservas… incluso más allá de lo que todos juzgan como “humanamente posible o aceptable”.
Debo buscar de nuevo la emoción y la pasión que eran el centro de mi vida y la razón de mi existir, porque verdaderamente me siento vacía y sin ganas de continuar. No sé donde, pero sé que debo encontrarlas de nuevo, porque a mi vida le hacen falta sentirlas.
No quiero estar contigo solamente por estar. No te lo mereces y no me lo merezco. Te respeto demasiado para condenarte a eso…
No quiero seguir buscando escapes y distracciones banales para llenar el hueco que tengo en mi interior por todo lo que no encuentro en ti. Sonrío, hago bromas, pero en el fondo, me siento como una muñeca a la que se le está rompiendo un brazo y atrofiándosele el cerebro… ¡Y siempre he estado abiertamente en contra de las muñecas huecas!... Irónico ¿o no?
Quiero recuperar mi alegría espontánea después de saber que he entregado todo. Quiero sentirme de nuevo útil, necesaria, deseada, requerida y extrañada…
Quiero encontrar de nuevo la satisfacción y el disfrute que tuve antes…
Quiero que esta relación (contigo o con otro, e incluso si volviera con el anterior) me siga dando toda la dicha a la que estoy acostumbrada…
Probablemente ahora, sea el tiempo de dejarte ir a ti también. Espero que no me lo tomes a mal, puesto que mi corazón me lo está gritando aunque mi cabeza se esfuerce por buscar alternativas menos drásticas.
Lo dejo en Dios, que seguramente sabrá mostrarme el camino que deba seguir a partir de ahora…

jueves, 14 de abril de 2011

"Cuando ya no piense en tí"... Por Elena Savalza

El día de hoy me atreví a mostrarles, algo que escribí hace algunos días en mi debut como poeta...

Cuando ya no piense en ti, dejaré de pedirle a Dios una sola oportunidad para volver a hablar contigo. Tampoco pediré resignación, aceptación, serenidad ni paciencia… porque nada turbará mi corazón…
Cuando ya no piense en ti, ya no recordaré tu sonrisa, ni tus labios gruesos al besar los míos…
No recordaré tus manos, ni tu piel bronceada, tampoco tus ojos mirándome fijamente, ni tu semblante serio…
Verte por casualidad no hará a mi corazón dar un vuelco, porque ya no latirá por ti…
Cuando ya no piense en ti, no sentiré un hueco en el estómago al verte entrar en las mañanas, tan cerca y al mismo tiempo, tan lejos de mí. No sentiré nunca más, la necesidad de hablarte ni de ver tus fotos una y mil veces, porque tu imagen quedará borrada de mis recuerdos para siempre…
Cuando ya no piense en ti, no repasaré más en mi mente nuestras palabras tratando de encontrar en ellas la razón por la cual ya no estás aquí…
Cuando ya no piense en ti, no buscaré desesperadamente un motivo para odiarte, porque simplemente, odiar no será necesario para olvidar… y porque sé, que el resentimiento puede atarnos más que el mismo amor…
No buscaré tampoco, la respuesta a las millones de preguntas que dejaste cuando te fuiste de mí. Me conformaré con saber que estuvimos juntos tanto tiempo como Dios nos lo permitió a los dos…
Cuando ya no piense en ti, dejaré de imaginar lo que deseé que fuera y lo que no pudo ser. Entonces, habré aceptado que el destino se mueve como Dios quiere y no como yo quiera. Habré asumido que quizá, tú no formabas parte de mi historia y te habré dejado ir…
Cuando ya no piense en ti, habré descubierto cuál fue tu misión en mi vida y habré aprendido la lección que Dios quiso transmitirme a través de ti…
No visitaré la playa donde me enamoré de ti, donde te escuché cantar… no, por lo menos, para tratar de encontrar tu recuerdo entre el ruido de las olas, bajo la luz de la luna y las estrellas brillar. Y no lo haré más, porque simplemente, tu recuerdo ya no me hará falta…
Cuando ya no piense en ti, no recordaré tus labios gruesos besando lenta y apasionadamente los míos. No cerraré los ojos y no te sentiré más…
No trataré de encontrar en mi ropa el perfume de tu cuerpo que dejaste impregnado en el mío al abrazarme, ni trataré de estar de nuevo en el lugar exacto donde nos besamos por primera vez…
Ya no te imaginaré en mi cuarto, en las noches de amor y de pasión que ya jamás tendremos…
Cuando ya no piense en ti, quizá no me busques más… pero no importará, porque yo ya no pensaré en ti…
No me dará miedo ir a algún lugar y encontrarte con otra. No intentaré salir a la calle y caminar sobre tus pasos, solamente para intentar volver a verte…
Simplemente, el mundo que pusiste de cabeza en tan poco tiempo, volverá a girar en el eje normal… y los planetas no tendrán de nuevo peligro de volver a chocar.
Cuando ya no piense en ti; mi cabeza, mi corazón, mis labios y todo mi cuerpo dejarán de extrañarte…
Cuando ya no piense en ti, quizá me busques de nuevo… pero ya no te esperaré. Porque al no pensar en ti, será como si nunca hubieras existido…
Si un día, cuando ya no piense en ti, llego a encontrarte por casualidad, no me desvaneceré ni enrojecerán mis mejillas. Te sonreiré, te saludaré como quien saluda a un amigo querido… y seguiré mi camino sin voltear hacia atrás y sin volver a pensar en ti…
Porque nos unió todo y no nos unió nada, así que al soltarte una vez ya no tendré que soltarte más…
Hoy, solamente me pregunto cuánto tiempo falta para que  ya no piense más en ti…