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martes, 30 de septiembre de 2014

Castillos de Naipes... Por Elena Savalza

Escrito el 29 de septiembre de 2014, en Manzanillo, Colima...

El 19 de septiembre estaba en la sala de abordaje del Aeropuerto Internacional de Reynosa. Me sentía libre por fin. Durante los días previos había creído que cuando llegara ese momento estaría llorando, o por lo menos muy triste, pero la verdad es que, entre la resignación del inevitable regreso, había encontrado por fin algo de paz. Subí al avión, no sin antes dar un vistazo a lo último que veía de la ciudad que apenas el 9 de junio me había recibido en condiciones muy distintas. Después de eso tomé mi asiento, recargué mi cabeza y me dormí sin darme cuenta siquiera de las instrucciones del despegue. Cuando desperté ya casi estaba llegando a mi Guadalajara hermosa, sabiendo que en cuanto el avión aterrizara todo sería distinto…

La vida, mis decisiones, mi fe y todo a lo que pueda culpar, hicieron que yo llegara a Reynosa. De pronto un día me vi con una oportunidad laboral muy buena, con muchas ganas de tomarla y con la ilusión de que llegando allá una persona especial me estaba esperando. La historia había comenzado el 19 de mayo de 2013, en aquella terminal de Monterrey y a más de un año él (a quien por última vez y sólo para esta historia llamaré “mi amorcito”) seguía allí. En ese momento todo se confabulaba para que yo estuviera allá, así que después de darle vueltas por lo menos un mes decidí irme. Vendí absolutamente todo lo que tenía, dejé mi casa, mi trabajo y me fui de Manzanillo con la intención de no regresar en muy buen tiempo.

El día que llegué todo fue color de rosa. En el aeropuerto me esperaba “mi amorcito”, junto con su primo, para llevarme al departamento que él mismo había ayudado a elegir, sin que yo tuviera que preocuparme por nada. Incluso mis sábanas, toallas y almohada estaban ya en su camioneta cuando me recibió.

Los primeros días fueron muy buenos, pues se podría decir que “mi amorcito” y yo seguíamos de “luna de miel”. De pronto, de estar tanto tiempo a distancia, ahora nos teníamos a siete minutos entre su casa y la mía, lo cual sonaba genial. En el trabajo las cosas no podían ir mejor, pues me sentía como pez en el agua, haciendo lo que me gustaba y lo que, sin ánimo de ser petulante, hacía bastante bien. Poco a poco fui invirtiendo tiempo y detalles para hacer de mi pequeño departamento un lugar bonito para vivir. Aunque extrañaba mis cosas, mi playa, mi gente y mi trabajo, estaba allá y tenía una buena y nueva oportunidad para hacer las cosas bien y para demostrar que, como dicen: “el que es perico donde quiera es verde”.


Los primeros estragos del cambio los sufrí apenas unos días después de llegar. El cambio de alimentación me provocó una gastroenteritis y las primeras lágrimas de Reynosa llegaron con ella. Ese evento, sin embargo, por encima de lo que se pudiera pensar, me trajo uno de los mejores regalos que recibí en Reynosa: conocí a su hermana (la doctora que me atendió), que a la postre se convertiría en mi ángel de la guarda y mi hermanita por siempre.

A la gastroenteritis le siguieron crisis nerviosas, un vecino acosador que me seguía hasta mi casa y que me sacó varios sustos. Hubo bloqueos, balaceras, persecuciones de gente armada a plena luz del día,  me tocó escuchar un “levantón” hacia mi vecino, que me impidió incluso salir de casa para trabajar y un primer choque en donde me lastimé la espalda. La serie de eventos desafortunados comenzaron a nublarme el juicio, pero no sólo eso me incomodaba: desde hacía días comenzaba a notar el distanciamiento con “mi amorcito”, sin que yo encontrara ninguna explicación lógica a su frialdad. Lo cierto era que cuando yo más necesitaba no sentirme sola, peor me sentía. Obviamente todo el entorno por demás hostil, aunado a los problemas con él, estaba demeritando mi productividad. Empecé a faltar al trabajo y a enfermarme de todo, y cuando estaba en la oficina no podía concentrarme. En resumen, el cuento de hadas estaba comenzando a derrumbarse ante mis ojos, sin que yo pudiera hacer nada, a menos de dos meses de haber llegado allá. El “Castillo de Naipes” comenzaba a tambalear ante los vientos poco favorables.


A pesar de ello intentaba aferrarme a seguir allá. Lloraba un día sí y el otro también, y aunque me dé pena reconocerlo ahora, hubo momentos en que por mi cabeza cruzaron pensamientos suicidas. Mis amigas, las de Manzanillo y una que otra de otro lugar, estaban muy preocupadas por mi e insistían en que me regresara, pero yo me aferraba a seguir allá porque “tenía un compromiso profesional que no podía dejar tirado así como así”. Dejé de escribir, tanto en Letra Fría como en Estrategia Empresarial, porque sencillamente mi nivel de concentración era nulo. Mis días transcurrían entre la oficina, trabajando en modo automático cual robot, el spinning que era mi único escape ante la realidad que no me gustaba, e ir a encerrarme en mi departamento a esperar que “mi amorcito” reaccionara y se acostumbrara a que yo estaba ya en Reynosa y que eso difícilmente iba a cambiar.

¿Cómo era nuestra relación? Por WhatsApp o por Facebook, como cuando yo vivía en Manzanillo, pero más fría ahora. Carente de palabras cariñosas, pero abundante en peleas y discusiones. Descubrí lo celoso y controlador que podía ser él, al celarme incluso con gente de su familia (me hizo que eliminara de mis contactos de Facebook a su propio hermano, por ejemplo). Descubrí también lo histérica que podía ser yo y la poca paciencia que podía tener ante nuestras dificultades como pareja. La vida, mi vida, se empezó a convertir en un infierno.

A principios del mes de septiembre, antes de que yo cumpliera siquiera tres meses allá, comenzó a vislumbrarse el inevitable final. En una de tantas peleas, tomé la decisión de terminar con eso… y en esta ocasión él ya no puso argumento alguno para evitarlo. Probablemente estaba tan cansado como lo estaba yo, así que ni siquiera se molestó en convencerme de que hubiera otra oportunidad, y sin vernos a la cara, puesto que fue vía telefónica, le pusimos punto final.  Al día siguiente, aún enojada por la situación, al salir del trabajo vino el segundo puntapié de la semana: en una curva choqué contra un tráiler dejando el coche hecho un desastre. Aunque bendecida por Dios de que yo no tuviera ni un rasguño, los daños materiales si fueron importantes. Lo más triste de todo es que quedé justo enfrente del Parque Cultural de Reynosa, donde él entrenaba todos los días a esa hora, pero ni siquiera me atreví a llamarlo para pedirle ayuda. Cuando por la noche él se enteró del choque, sólo atinó a llamarme para regañarme y para preguntar “de quien fue la culpa”, como si eso hiciera diferencia.

Supongo que con todo lo que ya me había pasado, era de esperarse que a los dos días de haber chocado colapsara en el baño de la oficina, ante la mirada atónita de una de mis compañeras que hacía lo posible porque no perdiera el conocimiento. Me sacaron de la oficina para llevarme al hospital, donde llegué con una crisis de hipertensión. Al primero que llamaron fue a él, por ser mi contacto de emergencia, pero él estaba “muy ocupado”, así que quien estuvo conmigo en todo momento fue su hermana. Incluso su papá fue a recogerme cuando me dieron de alta, para llevarme a casa. Si se preguntan qué hizo él, les diré una sola cosa: se fue a McAllen por la noche porque ya tenía un “compromiso” y no preguntó siquiera cómo estaba yo y mucho menos se apareció por el hospital. Fue allí, acostada en la cama, canalizada y en bata de hospital, que caí en la cuenta de hasta dónde me había llevado mi infelicidad, al grado de haber expuesto mi salud física de esa manera. En ese momento decidí que lo más difícil que regresar y enfrentar mi fracaso, era permanecer allá y seguir con mi pesadilla.

Al día siguiente tomé al toro por los cuernos. Lo busqué, para finalizar las cosas de frente y decirle que me regresaría. Pero tal formalismo no era necesario ya. Al llegar a su casa, apenas me había sentado a la mesa cuando le entró una llamada que sospechosamente se fue a contestar a su habitación. Como cosa del demonio lo seguí y descubrí que era una mujer, de quien se despedía mandando “besitos”.  Obviamente hubo reclamos por mi parte, y una mirada fría por parte suya. Todo estaba dicho y no hacían falta más palabras. Eso estaba terminado mucho antes de que yo lo dijera.

Hice mis planes para regresar. En esos días se vencía mi primer contrato y decidí que no habría segundo. Eran pocas mis pertenencias, a excepción de mi ropa, que se había multiplicado "misteriosamente" gracias a los muchos episodios depresivos (no es lo mismo deprimirse en cualquier lugar del país, que en la frontera con Estados Unidos. Ustedes disculparán la presunción, pero ante tal situación, lo único que no me faltaba era dinero). Los días posteriores a la renuncia las cosas fueron tomando su curso. Hablé con mi anterior jefe (y hoy de nuevo actual jefe) quien me dijo que mi lugar estaba aquí, justo desde el día que decidí irme. Compré el vuelo para regresar y me dediqué a intentar no pasar mis últimos días enojada y a pensar únicamente en que pronto estaría de nuevo en casa. Aunque me sentía triste y enojada con él, lo único que podía era pedirle a Dios que me permitiera no subir al avión enojada con alguien a quien quería mucho.

Todo parecía estar bien ya. Poco contacto había tenido con él, e incluso habíamos hablado de vernos “por última vez”. Sin embargo, la última noche tenía todavía una sorpresa para mí. Les había prometido a su mamá y a su tía, quien vive frente a su casa, que iría a despedirme de ellas antes de regresar. Ese jueves llegué a su casa saliendo de trabajar, pero como ni la mamá ni la tía estaban, decidí esperar en la cochera de la casa de su tía, platicando con su primo, el mismo que había conocido durante mi primer día en Reynosa, cuando lo acompañó al aeropuerto por mí. La mala fortuna hizo que dos personas enojadas con él coincidieran en el mismo momento y espacio, así que su primo, que estaba al tanto de lo sucedido y entendía lo mal que podía sentirme yo en ese momento, terminó de dar la estocada final: me dijo, entre otras muchas linduras, que “mi amorcito” tenía un hijo de aproximadamente cuatro meses de nacido y que había además una chica de aproximadamente 18 años, con cuatro o cinco meses de embarazo de él…. ¡Había embarazado a dos mujeres durante el tiempo que estuvo conmigo!

Como podrán imaginar, mi coraje e impotencia eran tremendos. No sólo fue su falta de lealtad y de respeto hacia mí, sino que además había expuesto también mi salud, al meterse con cuanta tipa se le atravesó sin protegerse. Tuve que hacer esfuerzo sobrehumano para no explotar frente a su tía y preferí meterme al baño a llorar. No podía creer lo que había escuchado. Justo la última noche, cuando yo ya no tenía que saberlo, cuando de nada servía ya, su primo me estaba diciendo todo eso. Vi aproximarse la camioneta de su mamá, y entonces crucé la calle, lo más recompuesta que pude, para saludarla y despedirme rápido para volver a mi casa. Al entrar, la señora me abrazó y me pidió que la esperara en la sala. Mientras estaba allí, entro su tío, con quien hice muy buena amistad. Al verlo no pude evitar decirle lo que el primo me acababa de decir hacía 15 minutos apenas, pidiéndole que no le dijera nada a su mamá (hermana del tío, por cierto). Como si le hubiese pedido lo contrario, me dejó sola en la sala y subió a decirle. Entonces la puerta se abre y “mi amorcito” hizo su aparición, saludándome con un “hola gordita… ¿por qué te dejaron solita?” y dándome un beso en la mejilla. Me levanté de inmediato sintiendo que casi se venía la espuma por mi boca, así que me tuve que salir por no armar un escándalo en su casa, pues como comprenderán, tenía ganas de matarlo en ese rato. Al salir me encontré a su mamá, quien ya venía vociferando enojada: el tío ya le había dicho todo. Se armó una discusión fuerte. Su papá me reclamó por “no haberme quedado callada y haberme ido a la casa de enfrente, cuando allí estaba la suya”. Encima de todo…  ¡la culpa era mía!

Hubo gritos, reclamos y todo. Pero yo sólo atiné a voltear a ver al tío y suplicarle que me llevara a casa. Su mamá se levantó y me dijo que ella me llevaba y le pidió a su hermano (el tío) que me acompañara también. Al subir a la camioneta los flamantes primitos estaban peleando y el papá intentando separarlos. Me desentendí del asunto, para enterarme después que el primo había dicho que yo había investigado todo y que él jamás me dijo nada, como si yo conociera tanta gente cercana a él, fuera de su familia, para que me dijeran algo así. Lo cierto es que nadie negaba que lo me había dicho era verdad: dos bebés mientras estuvo conmigo, era el saldo conocido hasta el momento.

Me quedaban menos de 24 horas en Reynosa y yo estaba hecha un mar de lágrimas. No podía creer que eso estuviera pasando realmente. Mientras iba en la camioneta escuchaba a su mamá enojada intentando que le dijera que más me había dicho el primo, pero yo sólo le contestaba: “Señora, estoy segura de que no quiere saber”…  Lo único que yo decía entre llanto era: “¿Por qué me tuve que enterar, si ya me voy mañana?”. Su mamá me dejó en mi casa, dejando al tío conmigo. Entonces allí grité y lloré todo lo que no pude. Vi sus mensajes que me había enviado justo al salir de su casa, y le contesté enojada que si tenía un poco de delicadeza me dejara tranquila y jamás me volviera a buscar (por supuesto, mis palabras fueron mucho menos amables y corteses).  Al poco rato llegó su hermana, para recoger a su tío, y me confirmaba la versión oficial del primo: él no me dijo, yo investigué por mi cuenta.

Después de una terrible noche, a la mañana siguiente yo sólo tenía que terminar mis maletas y esperar que se llegara medio día para irme al aeropuerto. Durante la mañana su mamá fue a mi casa, platicamos y nos despedimos tranquilas. Cuando dejaba mi departamento, la señora me dijo tiernamente: “perdóname por todo lo mal que te trató Reynosa”. Ambas sabíamos que se refería a su propio hijo. La abracé y le dije que todo estaba bien, y que ella y su hija siempre tendrían las puertas abiertas conmigo, las de mi casa y las de mi corazón.

Así me fui al aeropuerto. La última persona a la que vi fue a su hermana, quien, como Dios no quiso que fuéramos cuñadas, adopté como hermanita menor, con la promesa de que no nos estábamos despidiendo, porque nos volveríamos a ver muy pronto. Cuando pasé la revisión de seguridad y entré a la sala de abordar, sabía que ya no había marcha atrás…

Hoy es 29 de septiembre y es mi primer día de trabajo. Inicio un ciclo nuevo en Manzanillo, al mismo tiempo que él, en Reynosa, está cumpliendo años. Supongo que no es casualidad, y que también en esto está obrando Dios. Fui a Reynosa a descubrir que no era él. Fui a Reynosa a conocerlo realmente, a abrir los ojos, a quitar máscaras y a enfermarme mucho. Fui hasta allá a entender que no hay dinero que compre la tranquilidad y estabilidad y que cuando te falta todo, jamás lo material será suficiente. Ya estoy aquí, retomando mí vida donde la dejé hace casi cuatro meses, pero ahora sin ningún obstáculo que nuble mi entendimiento. Ya ni siquiera me siento enojada o triste, aunque aún no olvido lo sucedido y sé que pasarán muchos días para que mi corazón y mi mente vuelvan a la normalidad. Lo único que sé es que al volver a ver la playa, platicar con mis amigas y retomar mi trabajo, alguna pieza suelta se unirá de nuevo a mí.

Fui a Reynosa a derribar mi “Castillo de Naipes”, para regresar a construir castillos de arena, aquí en mi playa querida. Como “El Alquimista”, perseguí un sueño y perdí todo por ello, sólo para regresar al lugar de donde partí. Sin embargo, tengo fe en que con el tiempo descubra el porqué de esta locura y hasta le agradezca la lección. Hoy ya no lloro. Duermo tranquila y confiada de que mañana estaré mejor. ¿Qué pasará con él? No lo sé. Supongo que vive feliz brincando de cama en cama y de mujer en mujer, sin tomar ninguna responsabilidad en su vida, ni con sus hijos, ni con nadie. Pero si eso quiere, eso está bien. Simplemente para mí su comportamiento era inaceptable y no había más remedio que dejarlo ir y continuar con mi vida. Aun así no le deseo mal, pues supongo que el tiempo nos dará a cada uno lo que merecemos. Por lo demás, quiero confiar en que estará bien y que algún día podré voltear hacia atrás y sonreír de corazón al recordarlo.


Leí una frase que dice: “abrir los ojos duele, pero es un dolor necesario”. Hoy ya no construyo castillos de naipes…


Salmos 57:1 “Porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.”

miércoles, 10 de julio de 2013

Luces al final del túnel... Por Elena Savalza

De pronto un nuevo día amanece y encuentras tu vida vuelta un desastre. Las cosas en las que creías resultaron no ser ciertas, todo a tu alrededor se percibe gris y no encuentras por dónde pueda reflejarse de nuevo un rayo de luz hacia tu interior.

Escribes por inercia o por compromiso, pero sin pasión y sin motivo, porque dejaste de creer en el amor, en Dios y en las cosas buenas de la vida. Intentas por todos los medios recuperar la fe y tu cabeza sabe que vas a salir adelante, pero tu corazón no está muy convencido de ello. Simplemente, tu corazón no lo siente: se encuentra roto, en mil pedacitos y pareciera que faltara una pieza fundamental para reconstruirlo y recobrar su forma. Incluso si ha habido desilusiones anteriores, siempre sientes que ésta, la que estás viviendo justo en este momento, será por siempre la peor de todas.

No sé si nos pasa a todos, pero a mí me pasó: el cierre de 2012 y el comienzo de 2013 fue un periodo sumamente difícil. Pero la buena noticia es que, aunque por momentos hubiese dejado de creer en Dios, en el amor y todas las cosas buenas que el universo tiene a mi disposición, ni Dios ni el amor dejaron jamás de creer en mí. La vida siempre encuentra la manera de mostrarme la luz al final del túnel, por más tinieblas que encuentre en mi camino. La tormenta  pasó y la calma llegó, y comencé a recobrar la normalidad de mi vida.




Como caídos del cielo llegaron entonces muchos viajes de trabajo y con ellos, el pretexto perfecto para alejarme emocional y físicamente de cualquier situación que me estuviese lastimando, aun cuando con esto no terminara de solucionar el problema de raíz, sí era un distractor que ayudaba bastante. Para darles un parámetro, aún no se cerraba el mes de abril y yo ya había tocado, para aterrizaje o abordaje, 7 aeropuertos distintos e incluso hubo ocasiones en las que dormí en 6 estados de la república diferentes, en el mismo mes (marzo: Colima, Nayarit, Veracruz, Tamaulipas, Nuevo León y Distrito Federal). ¿Se imaginan la locura y la confusión de despertar en la completa obscuridad de la madrugada y no saber a ciencia cierta en qué lugar te encuentras? Pues es posible, me ha pasado ya 2 veces, una en México y otra en Monterrey.

Y aunque los viajes de trabajo no son tan glamorosos como podrían parecer, pero sí mucho más cansados de lo que se puede apreciar desde la publicación de un estatus en Facebook o en Twitter, debo reconocer que tienen sus cosas buenas. En mi caso, esa “nueva luz” a la que me refería hace un momento, llegó de una manera muy divertida, y fue precisamente en un viaje de trabajo a Reynosa.

Fue un domingo del mes de mayo. Junto con mi compañera de trabajo y de viajes, salí de Manzanillo a las 5 am, hacia el Aeropuerto de Guadalajara, para tomar el vuelo que nos llevaría a mi precioso y adorado Monterrey. Una vez en “La Sultana”, debíamos tomar un autobús que en 3 horas y media nos pondría en Reynosa. Entre tiempo de viaje y esperas en aeropuertos, terminales y trasbordos, la travesía es un poquito mayor a 12 horas, así que ya se imaginarán que tan fastidioso puede llegar a ser eso, sobre todo si lo haces mes con mes (lo digo por los que dicen: “¡Qué padre! ¡Tú cómo te paseas!”, esta es la cruel realidad).

Pues bien, normalmente tomamos el autobús hacia Reynosa desde la terminal principal de Monterrey, pero ese día decidimos tomarlo en una terminal de paso, la terminal Fierro, también conocida como la “Y griega”. Nos detuvimos allí y compramos los boletos. Mientras esperábamos, ambas sacamos nuestras computadoras intentando trabajar un poco. Yo tenía hambre y sed, así que decidí ir a la tiendita a comprar algo que mitigara mi apetito. Al salir de allí, con un Gatorade y unas galletas, fue cuando lo vi: alto, playera blanca, pantalón color ladrillo, barba cerrada, cabello corto, sonrisa bella y ojos hermosos, sin embargo, esta descripción no estaría completa si no les describo gráficamente el mega cuerpazo que tiene… aunque se quedarán con las ganas porque, por pudor, no puedo. Estaba acompañado de otro chico, casi tan guapo como él, así que las dos mujeres, viajeras solitarias y aburridas, encontramos un incentivo visual al pesado día de trayecto. De inmediato le dije a mi compañera que volteara hacia el frente y, discretamente, comenzamos a admirar a ese par de jovencitos tan hermosamente bien formados. Después observamos que ellos se fueron hacia atrás de nuestros asientos en la sala de espera y nosotras seguimos esperando nuestro autobús.

Cuando por fin se anuncia la salida, guardamos las computadoras y arrastramos la maleta hasta el andén apuradamente. La casualidad, mala suerte o buenísima suerte, según como se vea, hizo que en el momento que yo acerqué mi equipaje a la cajuela, un tobillo se me doblara un poco, sin llegar a caer: él me dijo después que ese fue justo el momento en que me vio. Su amigo, que se encontraba cerca, me ayudó con el equipaje, me cedió el paso hacia el autobús, e incluso arriba, me ayudó a acomodar mi equipaje de mano. Detrás del amigo iba él, quien sólo se limitó a sonreírme y a mirarme coquetamente.

Tengo que decir que durante todo el trayecto a Reynosa no recordé su existencia en el mismo planeta, mucho menos en el mismo autobús. Estaba muy cansada, así que apenas recargué mi cabeza en el asiento me dormí profundamente. El conductor de la unidad anunció la llegada a Reynosa y el acercamiento a una parada intermedia, en la cual bajaron varios pasajeros. Desde mi asiento sólo lo vi pasar por el pasillo hacia la puerta. Volví a pensar, todavía medio dormida, “¡qué hombre tan guapo!”, pero al llegar a la terminal, 15 minutos después, ya había olvidado hasta su rostro.

Sin embargo, el destino me tenía algo más: al bajar del autobús, el conductor me entregó un pedazo de tela-papel, de los que cubren los respaldos de los asientos (como dato cultural, el material se llama Tyvek), con un número telefónico anotado en él. Primero me desconcerté y después sonreí, porque vi que la clave lada era de Monterrey, así que lo relacioné de inmediato con él. Recogí mi maleta, y por no quedarme con la curiosidad, le pregunté al operador quien lo había dejado: “un chico alto de playera blanca, que bajó en el Soriana Hidalgo, me dijo que se lo diera a la chica de negro, de cabello corto… ¿si es para usted o no?”

Agradecí al operador y dije: “por supuesto, es para mí”. Aún no podía salir de mi asombro, sobre cómo la casualidad había traído ese momento, pero estaba allí. Pude haber bajado en otra terminal y no lo veo, o bien pudo el operador equivocarse con la destinataria del número telefónico o simplemente no dármelo y no habría pasado nada, pero todo se alineó perfectamente. Elena, la que desde hacía meses no había tenido ni tiempo, ni disposición, ni ganas, ni ilusión, ni nada de todo lo bonito que se siente el conocer a una persona nueva; Elena, la que sólo había tenido, durante los últimos 6 meses y un poquito más, cabida en su día a día para el trabajo, viajes, escuela, más viajes, amigos, más trabajo y más viajes, sin voltear a ver absolutamente a nadie del sexo masculino, ni por equivocación, ahora estaba ante la tentadora oferta de marcar un número de un guapísimo desconocido que vio únicamente unos minutos.

Llegué al hotel, aún sin decidirme a llamar. Mi compañera me alentaba y me apuraba, pero yo estaba muerta de miedo. Creo que ni siquiera recordaba una manera inteligente de volver a entablar conversación con fines de ligue, así que pensé: “le llamo mañana”. Por fortuna, ella insistió y prácticamente me obligó… y allí estaba yo, con el número entre mis manos, sin saber qué decirle para iniciar el contacto. En el lenguaje futbolero, era como si él me estuviera enviando un “centro” súper bien colocado y yo estuviera en la posición perfecta para tirar a gol, pero no supiera cómo bajar el balón; me daba miedo rematar con el pie equivocado y fallar. Finalmente, de la manera más educada y menos atrevida que encontré, le mandé un mensaje a su celular, que tuvo respuesta unas horas después.

Intercambiamos mensajes y nos aseguramos, primero, de que el número fuera para mí y de cuál de los 2 chicos era él, porque hasta ese momento, yo tenía dudas. Uno, se portó muy cortés y atento, al ayudarnos a instalar en el autobús, pero la sonrisa y la mirada del segundo, me decían que también podía haber sido él. No me equivoqué: el que vi primero, el de la sonrisa bonita y el cuerpo de tentación, era el portador del número telefónico escrito en el pedazo de Tyvek.

Los mensajes se convirtieron en una llamada, y la llamada en una sorpresiva visita al hotel, donde pudimos platicar mejor y, dicho sea de paso, pude corroborar que el rápido vistazo que había dado hacía unas horas no me había engañado: era tan guapo como lo percibí desde el principio. Allí mismo quedamos para vernos al día siguiente… y el resto de la historia no la puedo contar, por no apegarse a la temática de este espacio, pero les prometo que, si un día decido abrir un blog de relatos eróticos, seguro estará incluida…


Regresé a Manzanillo feliz, después de la gran aventura vivida, pero pronto, la rutina me volvió a sumergir en múltiples actividades. Otra vez viajes, otra vez trabajo, otra vez la escuela, pero de él, nada supe en varios días. Era como si hubiese existido un acuerdo tácito de no continuidad, y en mi interior, hasta agradecía que así fuera, puesto que eso suponía para mí menor exposición. Sin embargo, justo un mes después de aquella primera cita en Reynosa y, curiosamente, regresando yo de otro viaje, ahora desde Veracruz, el primer mensaje que recibo al encender mi teléfono después de bajar del avión, era suyo: “¡Te olvidaste!… ¿Dónde andas? ¿Cómo estás? ¿Cuándo vienes?”. Por supuesto contesté, y de inmediato agendé mi regreso a Reynosa, avisándole cuándo estaría de nuevo allá. Sobra decir que lo volví a ver…. y, no es por presumir, pero en esta segunda ocasión me la pasé muchísimo mejor...

Es muy trillado eso de que “las personas llegan a tu vida cuando tienen que llegar, ni antes ni después”, pero es cierto. La gente llega y se va todo el tiempo, te enseñan lo que te tienen que enseñar, cumplen su propósito en tu vida y después permanecen sólo si tienen que permanecer, convirtiendo en algo verdaderamente inútil prolongar su tiempo de estancia.

Hasta ahora, estando de regreso y habiendo dormido ya 3 noches seguidas en mi cama y en mi casa, sabiendo que no viajaré en por lo menos 3 semanas más, terminé de asimilar lo que significó haberlo conocido. El concepto es muy sencillo y se resume en algunos objetivos no planteados, pero sí cumplidos: quitar de mi cama el “fantasma” que se apoderó de ella por meses, después de una muy desagradable experiencia vivida; perder el miedo a permitir de nuevo la entrada de otras personas a mi vida; recordarme a mí misma que se puede disfrutar de los pequeños o grandes momentos de felicidad, así… conforme las cosas van llegando, sin pensar ociosamente en el pasado o en el futuro, sin esperar nada, pero recibiendo mucho y agradeciendo más. Hoy sé que, incluso si no lo vuelvo a ver, no pasa nada, porque lo que vino a hacer por mí ya lo hizo; lo demás, es valor agregado.

Para terminar, les dejo una frase que compartió conmigo alguien en mi muro:

“Cuando nada esperas, todo llega”

Así son las luces al final del túnel: cuando sientes que las penumbras te harán caer, aparecen allí, para iluminar de nuevo el camino y enseñarte cómo retomar el regreso a casa...


Gracias por seguirme leyendo… ¡hasta muy pronto!

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