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miércoles, 10 de julio de 2013

Luces al final del túnel... Por Elena Savalza

De pronto un nuevo día amanece y encuentras tu vida vuelta un desastre. Las cosas en las que creías resultaron no ser ciertas, todo a tu alrededor se percibe gris y no encuentras por dónde pueda reflejarse de nuevo un rayo de luz hacia tu interior.

Escribes por inercia o por compromiso, pero sin pasión y sin motivo, porque dejaste de creer en el amor, en Dios y en las cosas buenas de la vida. Intentas por todos los medios recuperar la fe y tu cabeza sabe que vas a salir adelante, pero tu corazón no está muy convencido de ello. Simplemente, tu corazón no lo siente: se encuentra roto, en mil pedacitos y pareciera que faltara una pieza fundamental para reconstruirlo y recobrar su forma. Incluso si ha habido desilusiones anteriores, siempre sientes que ésta, la que estás viviendo justo en este momento, será por siempre la peor de todas.

No sé si nos pasa a todos, pero a mí me pasó: el cierre de 2012 y el comienzo de 2013 fue un periodo sumamente difícil. Pero la buena noticia es que, aunque por momentos hubiese dejado de creer en Dios, en el amor y todas las cosas buenas que el universo tiene a mi disposición, ni Dios ni el amor dejaron jamás de creer en mí. La vida siempre encuentra la manera de mostrarme la luz al final del túnel, por más tinieblas que encuentre en mi camino. La tormenta  pasó y la calma llegó, y comencé a recobrar la normalidad de mi vida.




Como caídos del cielo llegaron entonces muchos viajes de trabajo y con ellos, el pretexto perfecto para alejarme emocional y físicamente de cualquier situación que me estuviese lastimando, aun cuando con esto no terminara de solucionar el problema de raíz, sí era un distractor que ayudaba bastante. Para darles un parámetro, aún no se cerraba el mes de abril y yo ya había tocado, para aterrizaje o abordaje, 7 aeropuertos distintos e incluso hubo ocasiones en las que dormí en 6 estados de la república diferentes, en el mismo mes (marzo: Colima, Nayarit, Veracruz, Tamaulipas, Nuevo León y Distrito Federal). ¿Se imaginan la locura y la confusión de despertar en la completa obscuridad de la madrugada y no saber a ciencia cierta en qué lugar te encuentras? Pues es posible, me ha pasado ya 2 veces, una en México y otra en Monterrey.

Y aunque los viajes de trabajo no son tan glamorosos como podrían parecer, pero sí mucho más cansados de lo que se puede apreciar desde la publicación de un estatus en Facebook o en Twitter, debo reconocer que tienen sus cosas buenas. En mi caso, esa “nueva luz” a la que me refería hace un momento, llegó de una manera muy divertida, y fue precisamente en un viaje de trabajo a Reynosa.

Fue un domingo del mes de mayo. Junto con mi compañera de trabajo y de viajes, salí de Manzanillo a las 5 am, hacia el Aeropuerto de Guadalajara, para tomar el vuelo que nos llevaría a mi precioso y adorado Monterrey. Una vez en “La Sultana”, debíamos tomar un autobús que en 3 horas y media nos pondría en Reynosa. Entre tiempo de viaje y esperas en aeropuertos, terminales y trasbordos, la travesía es un poquito mayor a 12 horas, así que ya se imaginarán que tan fastidioso puede llegar a ser eso, sobre todo si lo haces mes con mes (lo digo por los que dicen: “¡Qué padre! ¡Tú cómo te paseas!”, esta es la cruel realidad).

Pues bien, normalmente tomamos el autobús hacia Reynosa desde la terminal principal de Monterrey, pero ese día decidimos tomarlo en una terminal de paso, la terminal Fierro, también conocida como la “Y griega”. Nos detuvimos allí y compramos los boletos. Mientras esperábamos, ambas sacamos nuestras computadoras intentando trabajar un poco. Yo tenía hambre y sed, así que decidí ir a la tiendita a comprar algo que mitigara mi apetito. Al salir de allí, con un Gatorade y unas galletas, fue cuando lo vi: alto, playera blanca, pantalón color ladrillo, barba cerrada, cabello corto, sonrisa bella y ojos hermosos, sin embargo, esta descripción no estaría completa si no les describo gráficamente el mega cuerpazo que tiene… aunque se quedarán con las ganas porque, por pudor, no puedo. Estaba acompañado de otro chico, casi tan guapo como él, así que las dos mujeres, viajeras solitarias y aburridas, encontramos un incentivo visual al pesado día de trayecto. De inmediato le dije a mi compañera que volteara hacia el frente y, discretamente, comenzamos a admirar a ese par de jovencitos tan hermosamente bien formados. Después observamos que ellos se fueron hacia atrás de nuestros asientos en la sala de espera y nosotras seguimos esperando nuestro autobús.

Cuando por fin se anuncia la salida, guardamos las computadoras y arrastramos la maleta hasta el andén apuradamente. La casualidad, mala suerte o buenísima suerte, según como se vea, hizo que en el momento que yo acerqué mi equipaje a la cajuela, un tobillo se me doblara un poco, sin llegar a caer: él me dijo después que ese fue justo el momento en que me vio. Su amigo, que se encontraba cerca, me ayudó con el equipaje, me cedió el paso hacia el autobús, e incluso arriba, me ayudó a acomodar mi equipaje de mano. Detrás del amigo iba él, quien sólo se limitó a sonreírme y a mirarme coquetamente.

Tengo que decir que durante todo el trayecto a Reynosa no recordé su existencia en el mismo planeta, mucho menos en el mismo autobús. Estaba muy cansada, así que apenas recargué mi cabeza en el asiento me dormí profundamente. El conductor de la unidad anunció la llegada a Reynosa y el acercamiento a una parada intermedia, en la cual bajaron varios pasajeros. Desde mi asiento sólo lo vi pasar por el pasillo hacia la puerta. Volví a pensar, todavía medio dormida, “¡qué hombre tan guapo!”, pero al llegar a la terminal, 15 minutos después, ya había olvidado hasta su rostro.

Sin embargo, el destino me tenía algo más: al bajar del autobús, el conductor me entregó un pedazo de tela-papel, de los que cubren los respaldos de los asientos (como dato cultural, el material se llama Tyvek), con un número telefónico anotado en él. Primero me desconcerté y después sonreí, porque vi que la clave lada era de Monterrey, así que lo relacioné de inmediato con él. Recogí mi maleta, y por no quedarme con la curiosidad, le pregunté al operador quien lo había dejado: “un chico alto de playera blanca, que bajó en el Soriana Hidalgo, me dijo que se lo diera a la chica de negro, de cabello corto… ¿si es para usted o no?”

Agradecí al operador y dije: “por supuesto, es para mí”. Aún no podía salir de mi asombro, sobre cómo la casualidad había traído ese momento, pero estaba allí. Pude haber bajado en otra terminal y no lo veo, o bien pudo el operador equivocarse con la destinataria del número telefónico o simplemente no dármelo y no habría pasado nada, pero todo se alineó perfectamente. Elena, la que desde hacía meses no había tenido ni tiempo, ni disposición, ni ganas, ni ilusión, ni nada de todo lo bonito que se siente el conocer a una persona nueva; Elena, la que sólo había tenido, durante los últimos 6 meses y un poquito más, cabida en su día a día para el trabajo, viajes, escuela, más viajes, amigos, más trabajo y más viajes, sin voltear a ver absolutamente a nadie del sexo masculino, ni por equivocación, ahora estaba ante la tentadora oferta de marcar un número de un guapísimo desconocido que vio únicamente unos minutos.

Llegué al hotel, aún sin decidirme a llamar. Mi compañera me alentaba y me apuraba, pero yo estaba muerta de miedo. Creo que ni siquiera recordaba una manera inteligente de volver a entablar conversación con fines de ligue, así que pensé: “le llamo mañana”. Por fortuna, ella insistió y prácticamente me obligó… y allí estaba yo, con el número entre mis manos, sin saber qué decirle para iniciar el contacto. En el lenguaje futbolero, era como si él me estuviera enviando un “centro” súper bien colocado y yo estuviera en la posición perfecta para tirar a gol, pero no supiera cómo bajar el balón; me daba miedo rematar con el pie equivocado y fallar. Finalmente, de la manera más educada y menos atrevida que encontré, le mandé un mensaje a su celular, que tuvo respuesta unas horas después.

Intercambiamos mensajes y nos aseguramos, primero, de que el número fuera para mí y de cuál de los 2 chicos era él, porque hasta ese momento, yo tenía dudas. Uno, se portó muy cortés y atento, al ayudarnos a instalar en el autobús, pero la sonrisa y la mirada del segundo, me decían que también podía haber sido él. No me equivoqué: el que vi primero, el de la sonrisa bonita y el cuerpo de tentación, era el portador del número telefónico escrito en el pedazo de Tyvek.

Los mensajes se convirtieron en una llamada, y la llamada en una sorpresiva visita al hotel, donde pudimos platicar mejor y, dicho sea de paso, pude corroborar que el rápido vistazo que había dado hacía unas horas no me había engañado: era tan guapo como lo percibí desde el principio. Allí mismo quedamos para vernos al día siguiente… y el resto de la historia no la puedo contar, por no apegarse a la temática de este espacio, pero les prometo que, si un día decido abrir un blog de relatos eróticos, seguro estará incluida…


Regresé a Manzanillo feliz, después de la gran aventura vivida, pero pronto, la rutina me volvió a sumergir en múltiples actividades. Otra vez viajes, otra vez trabajo, otra vez la escuela, pero de él, nada supe en varios días. Era como si hubiese existido un acuerdo tácito de no continuidad, y en mi interior, hasta agradecía que así fuera, puesto que eso suponía para mí menor exposición. Sin embargo, justo un mes después de aquella primera cita en Reynosa y, curiosamente, regresando yo de otro viaje, ahora desde Veracruz, el primer mensaje que recibo al encender mi teléfono después de bajar del avión, era suyo: “¡Te olvidaste!… ¿Dónde andas? ¿Cómo estás? ¿Cuándo vienes?”. Por supuesto contesté, y de inmediato agendé mi regreso a Reynosa, avisándole cuándo estaría de nuevo allá. Sobra decir que lo volví a ver…. y, no es por presumir, pero en esta segunda ocasión me la pasé muchísimo mejor...

Es muy trillado eso de que “las personas llegan a tu vida cuando tienen que llegar, ni antes ni después”, pero es cierto. La gente llega y se va todo el tiempo, te enseñan lo que te tienen que enseñar, cumplen su propósito en tu vida y después permanecen sólo si tienen que permanecer, convirtiendo en algo verdaderamente inútil prolongar su tiempo de estancia.

Hasta ahora, estando de regreso y habiendo dormido ya 3 noches seguidas en mi cama y en mi casa, sabiendo que no viajaré en por lo menos 3 semanas más, terminé de asimilar lo que significó haberlo conocido. El concepto es muy sencillo y se resume en algunos objetivos no planteados, pero sí cumplidos: quitar de mi cama el “fantasma” que se apoderó de ella por meses, después de una muy desagradable experiencia vivida; perder el miedo a permitir de nuevo la entrada de otras personas a mi vida; recordarme a mí misma que se puede disfrutar de los pequeños o grandes momentos de felicidad, así… conforme las cosas van llegando, sin pensar ociosamente en el pasado o en el futuro, sin esperar nada, pero recibiendo mucho y agradeciendo más. Hoy sé que, incluso si no lo vuelvo a ver, no pasa nada, porque lo que vino a hacer por mí ya lo hizo; lo demás, es valor agregado.

Para terminar, les dejo una frase que compartió conmigo alguien en mi muro:

“Cuando nada esperas, todo llega”

Así son las luces al final del túnel: cuando sientes que las penumbras te harán caer, aparecen allí, para iluminar de nuevo el camino y enseñarte cómo retomar el regreso a casa...


Gracias por seguirme leyendo… ¡hasta muy pronto!

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miércoles, 23 de mayo de 2012

"No era tiempo de ser mamá..." Por Elena Savalza


A pesar de que escribo recurrentemente por compromisos de trabajo, hacía días que no escribía para este blog. Puedo decir que tuve muchas cosas qué hacer, muchos lugares a dónde salir y muchas otras cosas por las cuáles preocuparme (y de las cuáles ocuparme). No mentiría, pero tampoco es la razón principal de la “sequía”. Todo se resume a algo que, en términos médicos, se llama “anestesia”. Sin embargo, mi anestesia no es farmacológica ni quirúrgica, es más bien emocional. Me había prohibido sentir o pensar nada relacionado a las cosas que habían sucedido recientemente y hasta hoy me permití procesar, de una forma más o menos objetiva, lo que sucedió por esos días…

Esa mañana, mientras hablaba con mi amiga Arali sobre la “última novedad”, me encaró directamente y me preguntó: “Elena ¿qué más tiene que suceder para que, de una vez por todas, esto termine?”. Se refería a la enfermiza y absurda “relación” a la cual ni la razón, el corazón, la fuerza de voluntad, la distancia, el tiempo o cualquier otro remedio conocido normalmente, podían ponerle fin (por más que la Princesa regresara a cada momento la Magia Robada).


Yo sabía que Ari tenía razón. Sabía que lo que me estaba pasando rayaba en algo que antes había criticado tanto y de lo cual, ahora yo era víctima (o quizá voluntaria): dependencia. Sí, estaba necesitando ese “algo” que me estuviera fastidiando la existencia y ese “algo” a quien fastidiársela también, para sentirme bien. ¡Es horrible estar tan consciente de tus debilidades y no sentirte capaz de darles punto final!

Pero ese día, el “algo” había decidido por enésima vez que “ya nunca más” nos volveríamos a hablar ni a contestar una llamada, mensaje ni nada que se le pareciera. ¿El argumento? La convivencia, ya fuera por mensajes, personal o vía telefónica, estaba siendo terrible y ambos lo sabíamos. Así que con un “ok” y un click terminó todo.

Tardé algunos minutos para entender que era verdad y dejar de reírme estúpidamente, por mi incapacidad de llorar o hacer algo mejor que expresara lo que estaba sintiendo. Quizá fue que ni siquiera sabía a ciencia cierta qué era lo que sentía. Se suponía que debía estar triste, enojada o angustiada porque, después de todo, mi “droga” se estaba yendo y su principal “proveedor” también. Sin embargo, por otra parte, también le rogaba a Dios que esta vez fuera definitivo y me sentía hasta aliviada por creer que pudiera ser.

Unas horas después la respuesta vendría sola: un poco de sangrado intermitente, acompañado de un dolor punzante en el bajo vientre, que se hacía más intenso conforme pasaban los minutos, hasta no dejarme estar cómoda en ninguna posición, comenzó a responder a la pregunta realizada por Arali en la mañana.

Estaba en la oficina, así que mis compañeras notaron que algo no estaba bien. Llamaron a mi jefe y cuando menos lo esperé yo iba camino al servicio de urgencias. Junto a mí, la hermana de mi jefe (Médico) preguntando mis síntomas y desde cuándo estaba sucediéndome. Al responderle con precisión todo lo que me estaba preguntando, sólo pude ver el reflejo de mi rostro en la mirada asustada de mi jefe por el retrovisor, mientras yo hacía un esfuerzo por no romper en llanto con la pregunta que me soltó: “tienes todos los síntomas de un aborto en evolución… ¿sabes si estás embarazada?”.

No supe qué decir. En mi interior hacía cuentas y trataba de recordar mis posibilidades reales de que el embarazo fuera una opción, descartándolo con todas mis fuerzas y toda mi lógica, mientras la hermana de mi jefe me decía que no me preocupara, que lo primero que debíamos asegurar era que yo estuviera bien y que después encontraría la forma de enfrentarlo. Parecía que ella estaba dando por hecho que el embarazo era real, lo cual, lejos de tranquilizarme, sólo lograba horrorizarme más.

Me parecieron eternos los minutos de espera para ser atendida. Ya había olvidado el dolor, lo único que quería era estar segura de que no había un bebé en camino. Cuando me revisó el Doctor en el hospital, me dijo exactamente lo mismo que la hermana de mi jefe, con el agravante de que mi presión arterial estaba por las nubes; síntoma nuevo en mí, ya que nunca en mi vida había sabido lo que era eso, aunque con el susto que pasé, era más que comprensible. Me ordenó pruebas varias en el laboratorio, entre ellas, una prueba de embarazo.

Lo mejor de ese momento fue que al salir me encontré en la sala de espera a mis amigos, que a pesar de estar completamente en contra de la “relación” que mantuve con el “papá potencial”, nunca me dejaron sola. Edith me abrazó y me dijo que todo estaría bien, que no me preocupara por nada y que ya veríamos qué hacer en caso de que se confirmara el resultado positivo.

Horas más tarde vi las pruebas que me realizaron y resulta que, en apariencia, estaba perfectamente sana y, por supuesto, no había bebé. Hasta el Doctor, cuando me volvió a atender, notó cuánto había cambiado mi semblante (para bien) después de la noticia de que no sería mamá esta vez.. El día no terminó allí: fui sometida a unas cuantas pruebas más para que, una semana después, me dijeran que tuve un desajuste hormonal y que todo se arreglaría con unos meses de tratamiento.



Ya pasaron bastantes días de esto y ya me pude reír lo suficiente y hacer bromas de todo tipo. También le di gracias a Dios porque entiendo que Él sabe que en este momento y en estas circunstancias, había muchos mejores lugares donde poner un bebé que en mi vientre. Sin embargo, esas 4 letras que diferencian un “POSITIVO” de un “NEGATIVO”, me pudieron haber cambiado la vida. ¿Para bien o para mal? No lo sé, pero sé que hoy la historia la estaría contando muy diferente si el resultado hubiese sido distinto.

Seguramente se me habrían venido infinidad de consecuencias que habrían impactado la continuidad de mis planes profesionales, el cambio de vida que habría tenido para incluir en mi rutina el cuidado y la crianza de un hijo y con la interacción con el que pudo haber sido su padre, sabiendo que nunca fue una relación normal y asumiendo que él no estaba en condiciones de apoyarme (sin contar que habría lastimado a más de una persona con la noticia).

Dios me dijo ese día: “esto pudo pasarte, por tu necedad y tu imprudencia”, yo respondo hoy: “ok, lo entendí”. Dos días después de esta experiencia, todavía tuve que verlo a él con otra chica, a unos pasos de distancia mía. Aunque la escena fue muy molesta y aún se me revuelve el estómago cuando lo recuerdo abrazándola y tomándola de la mano mientras me veía con burla, hoy ya puedo agradecerlo de corazón: no me tocaba porque no merecía eso, merecía muchas cosas más. Ni Magia Robada, ni momentos prestados, ni dosis de felicidad esporádica: estoy segura de que en mi futuro hay mucho más…

Y, como siempre, me queda el convencimiento de que todo lo que te sucede y todas las personas que llegan a tu vida (o las que no llegan, como el caso de “mi bebé”), vienen a enseñarte algo. No creí tener que llegar a un hospital para entenderlo, pero parece que Dios no encontró una mejor forma de mandarme el mensaje que me había negado a escuchar por meses. Sólo espero seguir adelante y no dejarme desviar por señales confusas o trampas en el camino, porque algunos argumentos ya los escuché lo suficiente.

Un bebé no puede ser menos que una bendición, pero es mejor tenerlo cuando es deseado y planeado. Admiro muchísimo a todas las madres solteras que conozco y tengo el gusto de contar entre ellas a mis hermanas y a varias amigas muy cercanas, pero yo no estaba lista ni era mi momento.

Me queda claro: no mi era tiempo para ser mamá...


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lunes, 6 de febrero de 2012

Volver a Empezar... Por Elena Savalza

Un día te despiertas y te das cuenta de que tu mundo no es ni remotamente parecido al mundo que tenías hace unos días. Pasó en realidad muy poco tiempo, pero fue suficiente como para que todo se pusiera de cabeza en tu vida.

No eres la misma. Te sientes débil, te sientes triste y dormir es la única opción viable para ti, a menos que exista alguna forma de desaparecer o, por lo menos, de volverte invisible por un tiempo.

Dormir y esperar que, cuando vuelvas a abrir los ojos, quien sea que te haya robado todo lo que perdiste lo devuelva a su lugar.

Y escribes, porque es lo único que sabes hacer para sacar de tu corazón todo aquello que te estorba para continuar tu camino. Escribes todas esas cosas que jamás dirás y todo lo que por prudencia, por respeto y por amor, hoy debes callar.

Escribes… escribes mucho. Le escribes a él, le escribes a ella, le escribes a Dios.

Hasta que por fin, después de tanto dar vueltas sobre lo mismo, descubres que tus opciones son realmente muy pocas. Probablemente, se resuman en una sola:

Volver a empezar


¿Cómo? No tienes ni idea. Sólo sabes que en el libro de tu vida ha llegado el momento de cambiar la página. Quizá te gustó la historia que se comenzaba a escribir en los últimos párrafos, pero sabes ahora que nada era verdad y que tienes que continuar leyendo, porque si no, corres el riesgo de perderte de la mejor parte del libro.

Pero antes de volver a empezar, sabes también que hay varias cosas que tienes que plantearte para seguir tu camino:

Perdonarte…

… Porque no eres perfecta…

… Porque el castigarte no hará que cambies lo sucedido…

… Porque no eliges a quien amar…

… Porque la cabeza puede darte mil razones, pero el corazón no entiende de lógica…

… Porque no puedes pasar la vida juzgándote tan duramente…

… Porque enamorarse no es un error…

… Porque tu intención jamás fue lastimar, aunque lo hayas hecho…

… Porque confiar no es tan malo, si lo vemos desde la perspectiva de que “Debemos creer para ver”…

… Porque no puedes controlarlo todo…

… Porque, sin importar cuántas veces te hayas equivocado, te mereces una mejor historia…

… Porque sabes que perdiste algo muy valioso para ti, pero también sabes que nadie te quita lo que es tuyo. Así que si eso que perdiste verdaderamente te pertenecía, regresará a ti en alguna parte del camino y podrás dar continuidad a una historia que, quizá, quedó inconclusa. Pero si no era para ti, Dios se encargará de recompensarte y de llenar el espacio vacío que quedó….

Perdonar a terceros…

… Porque no puedes pedirle a otros que actúen como tú quisieras…

… Porque no todos comparten tu perspectiva de lo correcto…

… Porque cada quien actúa conforme a las herramientas espirituales con las que cuenta…

… Porque no puedes pedirle a un gato que ladre, ni a un perro que maúlle…

… Porque no eres responsable del actuar de los demás…

… Porque quizá la conclusión no fue del todo justa y te llevaste la peor parte, pero fue tu elección el dar final así, sabiendo que era la forma de dañar menos a la gente que quieres…

… Porque el resentimiento crea ataduras más fuertes que el mismo amor…

… Porque Dios se encarga…

Aceptar

… Porque nada de lo que sucedió lo puedes cambiar ahora…

… Porque sea que te parezca duro, cruel, injusto, inconveniente o mezquino, en cualquier hora, en cualquier momento, estás donde tienes que estar y el universo marcha como debe ser…

… Porque hasta cuando estás mal, estás bien…

… Porque te espera algo mejor, a partir de que aceptes tu presente y conozcas exactamente el lugar donde te encuentras parada…

… Porque no puedes recomenzar sin hacer un recuento de tus recursos, por lo cual es necesario que te centres en tu realidad actual…

… Porque en esto, como en todo, Dios tiene una lección para ti, que descubrirás muy pronto…

Despedirte

… Porque aquello que tuviste fue útil y valioso en su momento, pero ya cumplió su ciclo en tu historia…

… Porque debes alejarte de todo aquello que te causa dolor, sean personas o situaciones…

… Porque sólo dejando ir, podrás dar espacio para que cosas nuevas y mejores vengan a tu vida…

… Porque nada en esta vida dura para siempre: ni tu angustia, ni tu tristeza, ni tu culpabilidad, ni tu rabia, ni tu dolor…

… Porque todo pasa y todo cambia, así es la vida…

Ver hacia adelante

… Porque aún te queda mucho por hacer, mucho por vivir, mucho por aprender, mucho por lo cual sonreír…

… Porque tienes familia, amigos, trabajo, salud y proyectos…

… Porque aún queda amor en tu corazón…

… Porque dentro de ti tienes todo lo necesario para vivir una vida plena, sin ataduras al pasado…

… Porque aun puedes hacer muchas cosas buenas por ti y por los demás…

… Porque nuevas metas y nuevos proyectos están esperando que decidas levantarte de la cama e ir por ellos…

… Porque el café de la mañana, sabe mejor cuando sabes que tienes mucho por lo cual despertarte…

… Porque hacia atrás ni para tomar impulso…

… Porque Dios está contigo y no necesitas nada más que eso…

… Porque si Dios te dejó caer, también te dará la valentía para levantarte…

… Porque en tu mente y en tu corazón, siempre serás esa Guerrera Fénix que resurge de las cenizas, regresando más fuerte que nunca…

Y ahora que ya lloraste, ya gritaste, ya dormiste, ya viviste el dolor y la desesperación hasta cansarte, solamente debes perdonarte, perdonar, aceptar, dejar ir y gritarte en voz alta:

¡Volvamos a empezar!

“Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza y quien a Dios tiene, nada le falta…”

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