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martes, 28 de abril de 2015

Te soñé... Por Elena Savalza

No era propiamente tu rostro frente a mí, con un dejo de arrepentimiento. Ese rostro que meses atrás me atormentaba por lo que aún me provocaba al verlo por accidente en alguna fotografía y por el cúmulo de sentimientos encontrados sobre ti. No era ese rostro que antes fue capaz de quitarme la sonrisa, tanto como un día me la provocó. No era ese rostro del que tanto me defendí, consciente e inconscientemente, para que no me hiciera sucumbir de nuevo ante él. No era ya ese rostro el que vi en mis sueños…


Y sin embargo, te soñé y eras tú…

Soñé que te disculpabas. No era tampoco que pidieras perdón desesperadamente, pero eras tú. Un mensaje de pocas palabras, que seguramente en tus términos significó el “lo siento” que nunca antes escuché de tus labios y sé que no lo haré jamás…

Pero amaneció y tú estabas allí…

A pesar de los días ignorándote, estabas allí cuando abrí los ojos, pero no eras tú. Era solamente esa sensación de tu efímera presencia, y allí estaba yo, entre incrédula y ofuscada, por no saber cómo te permití de nuevo participar en mis sueños; pero al mismo tiempo con la infinita paz de quien escuchó y dijo lo que tenía que escuchar y decir…

Lejos quedaron los días de nuestras mejores sonrisas; las palabras, los mensajes, las promesas no cumplidas, las verdades no dichas. Dejé, junto con un pedazo de mi vida, todos los sueños rotos, las preguntas sin respuesta, los insultos ahogados, los reproches sin sentido…

Recordé tantas noches en las que me quedé despierta, sin saber si reír, llorar o darte gracias. Sin entender entonces por qué, a pesar de todo, no pudiste complacer la única petición que te hice: tu honestidad.

Pero conforme pasaron los días, entendí que no era tu obligación aceptar todo lo bueno que te ofrecí y que tenías derecho de conformarte con amores de a ratos y con andar de cama en cama, sin atarte a ningún corazón. Comprendí que quizá no fue que no te importara, si no que no supiste cómo desenredar la maraña de mentiras que tejiste alrededor de ti.



Hoy te digo que tenías razón, porque efectivamente “la vida siguió”. Al no tenerte conmigo, me dediqué a llenar mi vida con lo único que me quedó: yo. Me dediqué a cuidarme como no me cuidaste, a amarme como no me amaste, a evitar lastimarme como tú me lastimaste. Entendí que no tenía que aceptar migajas de nadie, ni por sexo, ni por amor, ni por no sentirme sola y vacía.

Y te di las gracias….

Gracias, porque al no amarme y respetarme me enseñaste la mejor de todas las lecciones de amor: el amor hacia mí misma.  Gracias, porque al haberte mostrado así, como nunca imaginé que fueses, me obligaste a rectificar mis pasos, a enmendar mi camino y darle un nuevo sentido a todo lo que perdí en aquel lugar.

Entendí que lejos de enojarme, bien haría en compadecerte y hasta de pronto rezar por ti, porque yo me quedé conmigo, pero tú te quedaste sin mí… y quizá, también sin ti.

Hoy sólo puedo decirte que Dios es más sabio que tú y que yo, y que mi mundo es diferente. Que llené mi tiempo, ese que antes dedicaba a pensar en ti y a darte lo mejor de mí, de cosas buenas y productivas. Llené mi mente con ideas nuevas. Recuperé mi vida y la enriquecí con nueva gente, nuevos proyectos y nuevos caminos. Descubrí de nuevo que de amor nadie muere.  Y no, definitivamente, no me morí. De hecho, estoy más viva y más plena que nunca.


Quiero que me una contigo solamente alguna que otra sonrisa en honor a los buenos momentos y la gran experiencia y aprendizaje de lo vivido. Así que no recuerdes, por favor, mi última mirada con la que casi te fulmino esa noche, ni mis ojos llenos de lágrimas, porque sabes muy bien que esa jamás fui yo.

Recuerda a la que conociste, a la que sonreía siempre, a la que agradecía todos y cada uno de los gestos amables, los detalles, las palabras, las miradas, las sonrisas y las caricias que tuviste para mí. 

Recuerda a la que te escuchó a veces, a la que trató de entenderte, y después se rindió y sólo intentó aceptarte y amarte así, aunque a veces no tuviese sentido ni para ella. Recuerda a la mujer que tuviste y a la que te amó. Recuerda a esa mujer generosa y con una inmensa capacidad de entrega y sacrificio, porque esa mujer sigue aquí, pero mejorada con el tiempo, con las lágrimas y con las lecciones aprendidas. Volvió a ser esa mujer que (ahora lo sé) jamás mereciste, pero mucho más valiosa hoy…

Si aparecerte en mis sueños era la única forma de liberarme de la carga, de devolverme la paz y de que yo parara de ensayarme como víctima para seguir recreando el dolor vivido, te diré que ya lo conseguiste y que no vuelvas a hacerlo, porque no lo necesito más…


Que mi bendición te alcance y que Dios nos ayude a cada uno a estar donde debamos y a tener la vida que merezcamos…

martes, 30 de septiembre de 2014

Castillos de Naipes... Por Elena Savalza

Escrito el 29 de septiembre de 2014, en Manzanillo, Colima...

El 19 de septiembre estaba en la sala de abordaje del Aeropuerto Internacional de Reynosa. Me sentía libre por fin. Durante los días previos había creído que cuando llegara ese momento estaría llorando, o por lo menos muy triste, pero la verdad es que, entre la resignación del inevitable regreso, había encontrado por fin algo de paz. Subí al avión, no sin antes dar un vistazo a lo último que veía de la ciudad que apenas el 9 de junio me había recibido en condiciones muy distintas. Después de eso tomé mi asiento, recargué mi cabeza y me dormí sin darme cuenta siquiera de las instrucciones del despegue. Cuando desperté ya casi estaba llegando a mi Guadalajara hermosa, sabiendo que en cuanto el avión aterrizara todo sería distinto…

La vida, mis decisiones, mi fe y todo a lo que pueda culpar, hicieron que yo llegara a Reynosa. De pronto un día me vi con una oportunidad laboral muy buena, con muchas ganas de tomarla y con la ilusión de que llegando allá una persona especial me estaba esperando. La historia había comenzado el 19 de mayo de 2013, en aquella terminal de Monterrey y a más de un año él (a quien por última vez y sólo para esta historia llamaré “mi amorcito”) seguía allí. En ese momento todo se confabulaba para que yo estuviera allá, así que después de darle vueltas por lo menos un mes decidí irme. Vendí absolutamente todo lo que tenía, dejé mi casa, mi trabajo y me fui de Manzanillo con la intención de no regresar en muy buen tiempo.

El día que llegué todo fue color de rosa. En el aeropuerto me esperaba “mi amorcito”, junto con su primo, para llevarme al departamento que él mismo había ayudado a elegir, sin que yo tuviera que preocuparme por nada. Incluso mis sábanas, toallas y almohada estaban ya en su camioneta cuando me recibió.

Los primeros días fueron muy buenos, pues se podría decir que “mi amorcito” y yo seguíamos de “luna de miel”. De pronto, de estar tanto tiempo a distancia, ahora nos teníamos a siete minutos entre su casa y la mía, lo cual sonaba genial. En el trabajo las cosas no podían ir mejor, pues me sentía como pez en el agua, haciendo lo que me gustaba y lo que, sin ánimo de ser petulante, hacía bastante bien. Poco a poco fui invirtiendo tiempo y detalles para hacer de mi pequeño departamento un lugar bonito para vivir. Aunque extrañaba mis cosas, mi playa, mi gente y mi trabajo, estaba allá y tenía una buena y nueva oportunidad para hacer las cosas bien y para demostrar que, como dicen: “el que es perico donde quiera es verde”.


Los primeros estragos del cambio los sufrí apenas unos días después de llegar. El cambio de alimentación me provocó una gastroenteritis y las primeras lágrimas de Reynosa llegaron con ella. Ese evento, sin embargo, por encima de lo que se pudiera pensar, me trajo uno de los mejores regalos que recibí en Reynosa: conocí a su hermana (la doctora que me atendió), que a la postre se convertiría en mi ángel de la guarda y mi hermanita por siempre.

A la gastroenteritis le siguieron crisis nerviosas, un vecino acosador que me seguía hasta mi casa y que me sacó varios sustos. Hubo bloqueos, balaceras, persecuciones de gente armada a plena luz del día,  me tocó escuchar un “levantón” hacia mi vecino, que me impidió incluso salir de casa para trabajar y un primer choque en donde me lastimé la espalda. La serie de eventos desafortunados comenzaron a nublarme el juicio, pero no sólo eso me incomodaba: desde hacía días comenzaba a notar el distanciamiento con “mi amorcito”, sin que yo encontrara ninguna explicación lógica a su frialdad. Lo cierto era que cuando yo más necesitaba no sentirme sola, peor me sentía. Obviamente todo el entorno por demás hostil, aunado a los problemas con él, estaba demeritando mi productividad. Empecé a faltar al trabajo y a enfermarme de todo, y cuando estaba en la oficina no podía concentrarme. En resumen, el cuento de hadas estaba comenzando a derrumbarse ante mis ojos, sin que yo pudiera hacer nada, a menos de dos meses de haber llegado allá. El “Castillo de Naipes” comenzaba a tambalear ante los vientos poco favorables.


A pesar de ello intentaba aferrarme a seguir allá. Lloraba un día sí y el otro también, y aunque me dé pena reconocerlo ahora, hubo momentos en que por mi cabeza cruzaron pensamientos suicidas. Mis amigas, las de Manzanillo y una que otra de otro lugar, estaban muy preocupadas por mi e insistían en que me regresara, pero yo me aferraba a seguir allá porque “tenía un compromiso profesional que no podía dejar tirado así como así”. Dejé de escribir, tanto en Letra Fría como en Estrategia Empresarial, porque sencillamente mi nivel de concentración era nulo. Mis días transcurrían entre la oficina, trabajando en modo automático cual robot, el spinning que era mi único escape ante la realidad que no me gustaba, e ir a encerrarme en mi departamento a esperar que “mi amorcito” reaccionara y se acostumbrara a que yo estaba ya en Reynosa y que eso difícilmente iba a cambiar.

¿Cómo era nuestra relación? Por WhatsApp o por Facebook, como cuando yo vivía en Manzanillo, pero más fría ahora. Carente de palabras cariñosas, pero abundante en peleas y discusiones. Descubrí lo celoso y controlador que podía ser él, al celarme incluso con gente de su familia (me hizo que eliminara de mis contactos de Facebook a su propio hermano, por ejemplo). Descubrí también lo histérica que podía ser yo y la poca paciencia que podía tener ante nuestras dificultades como pareja. La vida, mi vida, se empezó a convertir en un infierno.

A principios del mes de septiembre, antes de que yo cumpliera siquiera tres meses allá, comenzó a vislumbrarse el inevitable final. En una de tantas peleas, tomé la decisión de terminar con eso… y en esta ocasión él ya no puso argumento alguno para evitarlo. Probablemente estaba tan cansado como lo estaba yo, así que ni siquiera se molestó en convencerme de que hubiera otra oportunidad, y sin vernos a la cara, puesto que fue vía telefónica, le pusimos punto final.  Al día siguiente, aún enojada por la situación, al salir del trabajo vino el segundo puntapié de la semana: en una curva choqué contra un tráiler dejando el coche hecho un desastre. Aunque bendecida por Dios de que yo no tuviera ni un rasguño, los daños materiales si fueron importantes. Lo más triste de todo es que quedé justo enfrente del Parque Cultural de Reynosa, donde él entrenaba todos los días a esa hora, pero ni siquiera me atreví a llamarlo para pedirle ayuda. Cuando por la noche él se enteró del choque, sólo atinó a llamarme para regañarme y para preguntar “de quien fue la culpa”, como si eso hiciera diferencia.

Supongo que con todo lo que ya me había pasado, era de esperarse que a los dos días de haber chocado colapsara en el baño de la oficina, ante la mirada atónita de una de mis compañeras que hacía lo posible porque no perdiera el conocimiento. Me sacaron de la oficina para llevarme al hospital, donde llegué con una crisis de hipertensión. Al primero que llamaron fue a él, por ser mi contacto de emergencia, pero él estaba “muy ocupado”, así que quien estuvo conmigo en todo momento fue su hermana. Incluso su papá fue a recogerme cuando me dieron de alta, para llevarme a casa. Si se preguntan qué hizo él, les diré una sola cosa: se fue a McAllen por la noche porque ya tenía un “compromiso” y no preguntó siquiera cómo estaba yo y mucho menos se apareció por el hospital. Fue allí, acostada en la cama, canalizada y en bata de hospital, que caí en la cuenta de hasta dónde me había llevado mi infelicidad, al grado de haber expuesto mi salud física de esa manera. En ese momento decidí que lo más difícil que regresar y enfrentar mi fracaso, era permanecer allá y seguir con mi pesadilla.

Al día siguiente tomé al toro por los cuernos. Lo busqué, para finalizar las cosas de frente y decirle que me regresaría. Pero tal formalismo no era necesario ya. Al llegar a su casa, apenas me había sentado a la mesa cuando le entró una llamada que sospechosamente se fue a contestar a su habitación. Como cosa del demonio lo seguí y descubrí que era una mujer, de quien se despedía mandando “besitos”.  Obviamente hubo reclamos por mi parte, y una mirada fría por parte suya. Todo estaba dicho y no hacían falta más palabras. Eso estaba terminado mucho antes de que yo lo dijera.

Hice mis planes para regresar. En esos días se vencía mi primer contrato y decidí que no habría segundo. Eran pocas mis pertenencias, a excepción de mi ropa, que se había multiplicado "misteriosamente" gracias a los muchos episodios depresivos (no es lo mismo deprimirse en cualquier lugar del país, que en la frontera con Estados Unidos. Ustedes disculparán la presunción, pero ante tal situación, lo único que no me faltaba era dinero). Los días posteriores a la renuncia las cosas fueron tomando su curso. Hablé con mi anterior jefe (y hoy de nuevo actual jefe) quien me dijo que mi lugar estaba aquí, justo desde el día que decidí irme. Compré el vuelo para regresar y me dediqué a intentar no pasar mis últimos días enojada y a pensar únicamente en que pronto estaría de nuevo en casa. Aunque me sentía triste y enojada con él, lo único que podía era pedirle a Dios que me permitiera no subir al avión enojada con alguien a quien quería mucho.

Todo parecía estar bien ya. Poco contacto había tenido con él, e incluso habíamos hablado de vernos “por última vez”. Sin embargo, la última noche tenía todavía una sorpresa para mí. Les había prometido a su mamá y a su tía, quien vive frente a su casa, que iría a despedirme de ellas antes de regresar. Ese jueves llegué a su casa saliendo de trabajar, pero como ni la mamá ni la tía estaban, decidí esperar en la cochera de la casa de su tía, platicando con su primo, el mismo que había conocido durante mi primer día en Reynosa, cuando lo acompañó al aeropuerto por mí. La mala fortuna hizo que dos personas enojadas con él coincidieran en el mismo momento y espacio, así que su primo, que estaba al tanto de lo sucedido y entendía lo mal que podía sentirme yo en ese momento, terminó de dar la estocada final: me dijo, entre otras muchas linduras, que “mi amorcito” tenía un hijo de aproximadamente cuatro meses de nacido y que había además una chica de aproximadamente 18 años, con cuatro o cinco meses de embarazo de él…. ¡Había embarazado a dos mujeres durante el tiempo que estuvo conmigo!

Como podrán imaginar, mi coraje e impotencia eran tremendos. No sólo fue su falta de lealtad y de respeto hacia mí, sino que además había expuesto también mi salud, al meterse con cuanta tipa se le atravesó sin protegerse. Tuve que hacer esfuerzo sobrehumano para no explotar frente a su tía y preferí meterme al baño a llorar. No podía creer lo que había escuchado. Justo la última noche, cuando yo ya no tenía que saberlo, cuando de nada servía ya, su primo me estaba diciendo todo eso. Vi aproximarse la camioneta de su mamá, y entonces crucé la calle, lo más recompuesta que pude, para saludarla y despedirme rápido para volver a mi casa. Al entrar, la señora me abrazó y me pidió que la esperara en la sala. Mientras estaba allí, entro su tío, con quien hice muy buena amistad. Al verlo no pude evitar decirle lo que el primo me acababa de decir hacía 15 minutos apenas, pidiéndole que no le dijera nada a su mamá (hermana del tío, por cierto). Como si le hubiese pedido lo contrario, me dejó sola en la sala y subió a decirle. Entonces la puerta se abre y “mi amorcito” hizo su aparición, saludándome con un “hola gordita… ¿por qué te dejaron solita?” y dándome un beso en la mejilla. Me levanté de inmediato sintiendo que casi se venía la espuma por mi boca, así que me tuve que salir por no armar un escándalo en su casa, pues como comprenderán, tenía ganas de matarlo en ese rato. Al salir me encontré a su mamá, quien ya venía vociferando enojada: el tío ya le había dicho todo. Se armó una discusión fuerte. Su papá me reclamó por “no haberme quedado callada y haberme ido a la casa de enfrente, cuando allí estaba la suya”. Encima de todo…  ¡la culpa era mía!

Hubo gritos, reclamos y todo. Pero yo sólo atiné a voltear a ver al tío y suplicarle que me llevara a casa. Su mamá se levantó y me dijo que ella me llevaba y le pidió a su hermano (el tío) que me acompañara también. Al subir a la camioneta los flamantes primitos estaban peleando y el papá intentando separarlos. Me desentendí del asunto, para enterarme después que el primo había dicho que yo había investigado todo y que él jamás me dijo nada, como si yo conociera tanta gente cercana a él, fuera de su familia, para que me dijeran algo así. Lo cierto es que nadie negaba que lo me había dicho era verdad: dos bebés mientras estuvo conmigo, era el saldo conocido hasta el momento.

Me quedaban menos de 24 horas en Reynosa y yo estaba hecha un mar de lágrimas. No podía creer que eso estuviera pasando realmente. Mientras iba en la camioneta escuchaba a su mamá enojada intentando que le dijera que más me había dicho el primo, pero yo sólo le contestaba: “Señora, estoy segura de que no quiere saber”…  Lo único que yo decía entre llanto era: “¿Por qué me tuve que enterar, si ya me voy mañana?”. Su mamá me dejó en mi casa, dejando al tío conmigo. Entonces allí grité y lloré todo lo que no pude. Vi sus mensajes que me había enviado justo al salir de su casa, y le contesté enojada que si tenía un poco de delicadeza me dejara tranquila y jamás me volviera a buscar (por supuesto, mis palabras fueron mucho menos amables y corteses).  Al poco rato llegó su hermana, para recoger a su tío, y me confirmaba la versión oficial del primo: él no me dijo, yo investigué por mi cuenta.

Después de una terrible noche, a la mañana siguiente yo sólo tenía que terminar mis maletas y esperar que se llegara medio día para irme al aeropuerto. Durante la mañana su mamá fue a mi casa, platicamos y nos despedimos tranquilas. Cuando dejaba mi departamento, la señora me dijo tiernamente: “perdóname por todo lo mal que te trató Reynosa”. Ambas sabíamos que se refería a su propio hijo. La abracé y le dije que todo estaba bien, y que ella y su hija siempre tendrían las puertas abiertas conmigo, las de mi casa y las de mi corazón.

Así me fui al aeropuerto. La última persona a la que vi fue a su hermana, quien, como Dios no quiso que fuéramos cuñadas, adopté como hermanita menor, con la promesa de que no nos estábamos despidiendo, porque nos volveríamos a ver muy pronto. Cuando pasé la revisión de seguridad y entré a la sala de abordar, sabía que ya no había marcha atrás…

Hoy es 29 de septiembre y es mi primer día de trabajo. Inicio un ciclo nuevo en Manzanillo, al mismo tiempo que él, en Reynosa, está cumpliendo años. Supongo que no es casualidad, y que también en esto está obrando Dios. Fui a Reynosa a descubrir que no era él. Fui a Reynosa a conocerlo realmente, a abrir los ojos, a quitar máscaras y a enfermarme mucho. Fui hasta allá a entender que no hay dinero que compre la tranquilidad y estabilidad y que cuando te falta todo, jamás lo material será suficiente. Ya estoy aquí, retomando mí vida donde la dejé hace casi cuatro meses, pero ahora sin ningún obstáculo que nuble mi entendimiento. Ya ni siquiera me siento enojada o triste, aunque aún no olvido lo sucedido y sé que pasarán muchos días para que mi corazón y mi mente vuelvan a la normalidad. Lo único que sé es que al volver a ver la playa, platicar con mis amigas y retomar mi trabajo, alguna pieza suelta se unirá de nuevo a mí.

Fui a Reynosa a derribar mi “Castillo de Naipes”, para regresar a construir castillos de arena, aquí en mi playa querida. Como “El Alquimista”, perseguí un sueño y perdí todo por ello, sólo para regresar al lugar de donde partí. Sin embargo, tengo fe en que con el tiempo descubra el porqué de esta locura y hasta le agradezca la lección. Hoy ya no lloro. Duermo tranquila y confiada de que mañana estaré mejor. ¿Qué pasará con él? No lo sé. Supongo que vive feliz brincando de cama en cama y de mujer en mujer, sin tomar ninguna responsabilidad en su vida, ni con sus hijos, ni con nadie. Pero si eso quiere, eso está bien. Simplemente para mí su comportamiento era inaceptable y no había más remedio que dejarlo ir y continuar con mi vida. Aun así no le deseo mal, pues supongo que el tiempo nos dará a cada uno lo que merecemos. Por lo demás, quiero confiar en que estará bien y que algún día podré voltear hacia atrás y sonreír de corazón al recordarlo.


Leí una frase que dice: “abrir los ojos duele, pero es un dolor necesario”. Hoy ya no construyo castillos de naipes…


Salmos 57:1 “Porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.”

domingo, 1 de diciembre de 2013

La noche en la que regresé... Por Elena Savalza

Comenzaste preguntando qué título tendría esa noche en el espacio de mis letras…

Te confesé que hacía tiempo que no podía escribir nada elocuente, quizá porque simplemente la emoción y la pasión que antes me hacían llenar los muros de letras, andaría perdida en cualquier lugar al que ningún viaje me había permitido llegar en mucho tiempo.

Pero tú sabías que escribiría de nuevo mucho antes de que lo supiera yo…



Me dijiste que mi vida no podía continuar así. Que algún día tenía que parar y quedarme quieta en un solo lugar para disfrutar de la vida y de la gente que me rodea. Me dijiste que si siguiéramos juntos, tú no querrías que viajara más. Era como si me pidieras, entre líneas, que dejara ya de huir. Te contesté que lo único que me salvó de volverme loca fue precisamente esa huida y que en ese constante peregrinar lo conocí a él…

Vi la sorpresa en tus ojos cuando te dije: “lo último que pude escribir fue cuando conté sobre el día que lo conocí”. Era como si no pudieras creer que yo ya no tuviera nada que decir y que el corazón y el entendimiento se me hubiesen quedado mudos después de ti, e incluso a pesar de su llegada. Mencioné su nombre y te dije que él ni siquiera conocía lo que escribía antes. Sentenciaste, antes de bajar del auto: “él no te conoce, ni te va a conocer jamás, como te conozco yo… y quizá nadie lo haga”.

No fue “la noche de la resurrección”, porque tú sabías que no estaba muerta, aunque lo parecí por mucho tiempo. Tú sabías que no morí después de olvidarte, que en mi memoria y en mis dedos seguían vivas las palabras que antes destinaba casi por completo a ti. Entendiste a la perfección que tenía muchas ganas de escribir de nuevo, pero que faltaba esa conexión que pocas veces sentí con nadie: sólo contigo.

No fue tampoco “la noche del reencuentro”, aunque tú sabías que verte y hablar contigo, serían motivos suficientes para que volviera a hacerlo, por todo lo que provocaste y sigues provocando en mí…

¿Cómo deshiciste el conjuro y cuál es el título de esta noche? Son respuestas que no tengo todavía. Sólo sé que ahora estoy aquí, otra vez frente a la pantalla con una hoja en blanco que me invita a llenarla con desesperación, mientras el tiempo pasa sin que me inmute siquiera.

La hoja me invita a decirte que en esa noche que aún no tiene nombre, supe más de ti y de mí que en las muchas noches que estuvimos juntos. Confirmé que me amaste y que seré siempre importante en tu vida, aunque ahora estés con ella, y yo con él. Te dije otra vez que te amé a pesar de tu incredulidad y de tus dudas, que te amé a pesar de tu cobardía y del desastroso final.

No sé si te dije cuánto te odié algunas veces, pero sé que sabes que era el odio que seguía después de tanto amor y que ahora ya no está más aquí. Quizá tenía que odiarte no porque quisiera hacerlo, sino porque, simplemente, en esa absurda guerra que emprendimos ambos, el no odiarte significaba que ganabas tú. No sé si te dije cuánto he cuestionado mi momento de soberbia en el que te hice daño, pero sé que sabes que, al igual que tú, no quise lastimarte jamás. Y no, no fue tampoco “la noche del perdón”, porque este vino mucho antes de que siquiera imaginara que iba a tener un nuevo momento para decírtelo a la cara…

Veo ahora nuestra historia tan lejana, que ni siquiera puedo imaginar cómo serían nuestras vidas si hubiésemos tenido las agallas de defender con mayor ahínco lo que alguna vez sentimos. Volteo hacia atrás y veo los enormes pasos que hemos dado los dos, cada uno en su propia dirección, sabiendo que es un poco menos que imposible reunir nuestros caminos de nuevo. Pero no por eso se llamó tampoco “la noche de la nostalgia y del arrepentimiento”, porque lo que menos siento ahora es eso.…



No puedes quedarte de nuevo en mi cama, porque ahora te espera ella en tu casa. No puedes quedarte tampoco en mi corazón, porque él me llamará en cualquier momento reclamando el lugar que ocupa ahora, y que con todo mérito se ganó…

Estoy feliz y estoy tranquila, por si te preocupa… y me gustó la idea de verte bien. No sé si soy tu amiga y tú eres mi amigo, ni si podremos serlo algún día ante la gente, pero es bueno saber que estás allí…

Brindemos por lo que alguna vez soñamos y no cumplimos, por lo que alguna vez deseamos y no tuvimos, por lo que quisimos ser y no fuimos. Brindemos también por el aquí y el ahora. Brindemos juntos por esa noche: la noche en la que regresé…


En Manzanillo, mi casa...

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domingo, 4 de noviembre de 2012

Después del Día Cero... Por Elena Savalza


Sólo hay una cosa que a ciencia cierta sabes ahora y esa es que, probablemente, fuiste más feliz cuando la desfachatez, de hace unos meses apenas, te permitía hablar sin tapujos, sintiéndote completamente liberada. Hoy, con tu recién adquirida prudencia, las cosas deben ser distintas. Debes callar, maquillar el dolor, la culpa, la tristeza, el enojo y la frustración, simplemente porque eso es lo que se espera de ti…

Sabes que lo primero que vivirás después del “día cero”, será que no puedas creer que de verdad pasó y no sepas qué nombre ponerle. Entre la incredulidad y la confusión, querrás dormir y permanecer así todo el día, evitando sentir y pensar…


Pero despertarás, porque también de las pesadillas se despierta. Entonces recordarás cada minuto de lo ocurrido tratando de ser objetiva y de analizar cada hilo suelto para encontrar una verdad. Finalmente tu trabajo te ha convertido en eso, en casi una detective a la que ningún detalle puede escapársele. Quizá quieras quedarte en esta etapa poco o mucho tiempo, pues no creer es el territorio más seguro y menos doloroso. Si, lo último que escuchaste de él fue un “te amo”, pero ¿quién puede amarte y lastimarte así? ¿Quién puede amarte y denigrar tu intimidad de esa forma? ¿Quién puede amarte y exponerte al peligro sin importarle lo que tú sentías, sin importarle tu miedo y tu desesperación?

Después recordarás que tienes una vida, que debes trabajar, ir a clases, escribir, ver a tu familia, a tus amigos. Recordarás que debes preocuparte por ti y dar vuelta a esta última página de tu vida que expresa en sus líneas uno de los episodios más crudos y dolorosos que nunca creíste vivir. Pero deberás seguir, a pesar del enojo. Sí, porque sientes mucho coraje, porque  ya viste el vestido, negro y con rayas horizontales, que usabas esa noche, 48 horas después aún en el piso de tu habitación, y recordaste cómo lo sacaste de tu cuerpo con rabia, para poder ducharte y dormir. El vestido tirado te da una bofetada; el vestido te dice “¡Despierta, todo fue verdad!”.

Sentirás mucho enojo contigo, por no haber visto las señales de alerta, por no haber escuchado a quienes antes te lo advirtieron, por haber creído que de verdad no era como la gente te lo pintó, por haber confiado en él hasta el punto de no medir los riesgos, por haberte expuesto a ti misma, por no haber sido capaz de cuidarte de él, por ser demasiado tonta a pesar de creerte tan lista, por depositar tu amor y tu confianza donde nunca fueron valorados.

Sentirás coraje con él, porque ni siquiera puedes encontrar una explicación lógica a lo sucedido y porque sabes que a partir de ahora habrá muchos “¿Por qué?” en el aire. Escucharás en tu mente una y otra vez todos los “te quiero”, todos los “te amo”, todos los planes a futuro y no podrás creer que alguien con quien te sentías tan segura, tan cómoda, tan relajada con tan sólo un abrazo y una mirada, hubiese sido capaz de provocar tanto dolor en unos minutos; minutos que fueron eternos, pero afortunadamente, sólo unos minutos al fin.

Te sentirás triste, muy triste, porque en el fondo tu corazón se estará peleando con tu razón y querrás hacer como si nada hubiese sucedido para continuar igual, simplemente pasando por alto tu dolor y negando lo que pasó. Te dará vergüenza contarlo y no encontrarás qué nombre ponerle a lo sucedido.

Pero sabrás que, aunque en ese momento te parezca imposible, un día el enojo y la tristeza mezclados que sientes ahora se irán y ese día lo aceptarás como parte de una amarga experiencia que la vida tenía para ti. Un día encontrarás las respuestas a todos los “¿Por qué?”, quizá convertidas en muchos “¿Para qué?”, porque debe haber existido dentro de los planes de Dios alguna razón para que tú, precisamente tú, lo hubieses vivido.

Sabrás que un día, esa sonrisa que se niega a aparecer de corazón ahora, volverá a tu rostro sin mayor esfuerzo: natural y genuina, como siempre, como tú eres, como ha sido siempre la sonrisa que ha alegrado a todos los que te han conocido.

Y seguirás, porque además no tienes muchas opciones. Seguirás porque no entregarás más de lo que ya entregaste. Seguirás porque aunque las ganas de derrumbarte, de esconderte en tu cama y de no volver a salir de allí sean muy tentadoras, no regalarás lo que con tanto esfuerzo conseguiste porque nadie, absolutamente nadie, merece que le entregues tu derrota: ni siquiera él.



Entenderás que el tiempo todo lo cura y te perdonarás a ti misma por haberte expuesto, por haber amado y por haber confiado: sencillamente, confiar es natural cuando amamos. Tendrás mayor precaución, a partir de ahora y seguirás. Te agradecerás a ti misma el haber fomentado siempre muchos intereses y motivos para vivir, sin permitir que tu vida girase en torno suyo, porque es de esas cosas que enriquecen tu mundo de las que te tomarás fuerte ahora para superar esto.

Y si, aunque no lo creas, también lo perdonarás a él. Aunque no encuentres las razones, lo perdonarás. Quizá él no lo merezca, pero tú si lo mereces. Mereces ir por la vida sin guardar rencores, mereces liberarte de las ataduras negativas, porque de sobra sabes que el resentimiento ata a las personas tanto o más que el mismo amor. Lo perdonarás porque lo quieres y porque el perdón no es negociable, sobre todo cuando ha existido tanto amor (por lo menos de tu parte), pero te alejarás porque te quieres a ti misma muchísimo más y tu seguridad e integridad tampoco estarán en tela de juicio. Entenderás que “la primera vez, eres víctima; pero la segunda, ya eres voluntaria”, así que dependerá sólo de ti el permitirle volverte a lastimar. Sólo tú decidirás si le darás ese poder o te lo quedas contigo.

Un día escribirás, porque eso es lo que sabes hacer y eso es lo que te define. Escribirás cómo fue, cómo lo superaste y qué fue lo que aprendiste a raíz de esta experiencia, porque sabes que siempre hay un aprendizaje detrás del dolor. Contarás que eres fuerte, contarás que se puede, contarás que siempre hay una forma de seguir cuando se quiere.

Y la tranquilidad, la paz de tu alma y la sonrisa de tu rostro que se esfumaron después del “día cero”, regresarán a tu vida…

Y serás tan feliz como te lo mereces…

Esta entrada está dedicada a todas las mujeres que han sufrido alguna vez violencia física, sexual o psicológica, en cualquiera de sus formas. Estoy convencida de que siempre hay un camino y que nada sucede por azar. ¡Un fuerte y fraternal abrazo!

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martes, 7 de agosto de 2012

"¿Dónde estás, Amor?"... Por Elena Savalza


Hay un punto en la vida donde tienes que decidir si avanzas y comienzas a obtener los frutos del terreno que sembraste por años o te debilitas y tiras por la borda todo tu esfuerzo anterior. De pronto, al encontrarte por fin en ese punto, llega de nuevo a tu mente la palabra a la que le dedicas gran parte del tiempo en tu vocabulario y gran espacio dentro de tus páginas escritas, pero de la que comienzas a dudar que conozcas su verdadero significado: AMOR.

Lo admito: he buscado el amor sin saber a ciencia cierta qué es lo que es. El que busca encuentra, sí. Pero de sobra sé que para lograr un objetivo, éste debe ser claro y alcanzable. ¿Cómo encuentras algo que, muy probablemente, ni siquiera conozcas?


Creí encontrarlo una noche cuando, tratando de alcanzar el cielo sin despegar los pies de la tierra, vi sus ojos (¡preciosos!) y su sonrisa. Allí estaba el amor (o se le parecía): mirándome, abrazándome, diciéndome cuánto le gustaba la música que yo disfrutaba. Pero así como lo vi, de pronto cambió de lugar. Después lo reencontré al pie del faro viendo las luces del puerto, mientras nos abrazábamos como si no existiera nada más. Hasta me imaginé que, por un momento, la magia estaba tan cerca de mi que la podía tocar con mis manos y llevarla para siempre en mi corazón...

Algo me dice que sí pudo ser el amor y que probablemente no entendí cómo tenía que haber sido. Sin embargo, habiendo pasado el tiempo, entendí también que la magia verdadera no se puede ocultar, porque lo auténtico siempre sale a la superficie. Si eso era el amor, se manifestará de nuevo en algún momento…

En ocasiones, lo he buscado en madrugadas cálidas de sueños profundos, con el corazón anestesiado para no sentir. También lo he buscado en días fríos, como quien busca un pequeño rayo de luz y calor dentro de la gélida obscuridad.

Muchas veces ha estado dormido, negándose a despertar. Es tan necio que se niega a salir de su escondite, tan miedoso que se resiste a sentir y tan desesperanzado e incrédulo que se niega a confiar. Es más seguro no atender, es más fácil ignorar y seguir durmiendo. Dormido no siente porque dormido sólo sueña, y en sus sueños todo está bien…

Pero estando el amor dormido, de pronto, alguien lo ha despertado golpeando mi puerta. Llega, me abraza, me besa, me acaricia y se mete en mi cama. Me quedo con su olor en mi cuerpo y las huellas de su paso entre mis sábanas. He despertado confundida y sola, sin saber si de verdad estuvo allí o mi imaginación y mis deseos fueron tan poderosos que lo trajeron a mí, como en un deja vu.

He buscado el amor y hasta creo que lo he sentido; odiando que me abrace como sólo él sabe hacerlo y como a mí me fascina. Odiando que la mujer  fuerte que parece que nada necesita, termine sintiéndose tan tranquila y tan segura allí, en los brazos del amor. Odiando sonreír como estúpida cuando se acaba de ir y que la sonrisa no me dure hasta que le vuelva a ver y le vuelva a sentir. He buscado el amor odiando… ¡Qué irónico! ¿No?


Lo he buscado en la quietud de mi habitación, cuando no distingo otro sonido que el del silencio y el de mis pensamientos recorriendo el paso de cada uno de los minutos transcurridos durante el día que terminó. Lo he buscado con mi mente en calma, cuando mis ojos se cierran y parece que no sabré nada más de ese día; cuando lo único que reconozco es la esperanza de que el mañana traerá consigo un nuevo comienzo y, con él, una nueva oportunidad. Cuando nada me distrae, nada me asusta y nada me duele…

He buscado el amor en distintas ciudades creyendo que, quizá, si me muevo sólo un poco, el amor fluirá y llegará hacia mí. Lo he buscado en muchos aromas y en muchos colores, con la esperanza de que tenga una forma, sabor o un perfume conocido.

Sólo por un momento se me ha ocurrido que el amor crezca en los árboles y que dé flores. Que sea semilla y que germine, que sea fruto y que alimente mi cuerpo, que sea una canción o una plegaria y que alimente mi espíritu…

Lo he buscado en diferentes pieles, en muchos brazos y en infinidad de rostros o cuerpos. Es grato creer que en algún momento el amor llegará y se presentará. Me dirá: “mucho gusto, también yo estuve buscándote” y tendrá un nombre conocido. A lo mejor,  lo encontraré bailando y cantando en algún bar o tocando la guitarra, el piano o el saxofón…

He indagado por él con otras gentes y me dicen que cuando lo tenga en frente sabré reconocerlo. También lo he buscado bajo los rayos del sol o entre la nieve del volcán; entre los árboles del bosque, a la orilla de algún río o entre las olas del mar…

Pero a veces he creído que el amor duerme por allí en alguna cama y que yo no he dado con ella todavía. Por eso lo he buscado bajo el amparo de la noche, bajo la penumbra de lo prohibido y entre las sábanas de lo inconcebible, descubriendo que en esos momentos es cuando soy más “yo”: sin maquillaje, sin ropa, sin poses y sin falsas máscaras. Soy yo, en mi expresión más pura y natural, siendo la versión de mí que más me gusta.


Sin embargo hoy, estando aquí, recordando todo el camino que he recorrido para encontrar el amor, de pronto caigo en la cuenta de cuán inútil fue mi búsqueda. Me entero de cuánto tiempo perdí buscándolo en el exterior y cuánto esfuerzo y energía malgasté en vano, intentando buscar afuera lo que debí empezar por buscar dentro de mí. Nunca me dijeron que el amor siempre ha estado en mi interior y que el amor y yo somos lo mismo…

En mi búsqueda del amor, recordé que cuando juegas siempre existirá la posibilidad de perder, sobre todo cuando el juego es de dos y el resultado no depende sólo de ti. Pero también aprendí que el sólo hecho de saber que existe y que en el momento menos pensado volverá a manifestarse, es suficiente para mantener intacta mi fe en él.

He aprendido que es posible que no sepa aún lo que realmente quiero, pero si sé muy bien qué es lo que no quiero. Sé que los dolores son más profundos cuando tienes más años, pero a esta edad ya entendí que no me muero de eso. Al contrario, siempre saldré más sabia y más fuerte. Me preocuparé el día que se me rompa el corazón o que me rompa toda, sin que pueda recoger mis pedazos para armarme de nuevo.

Y entre tanto encuentro y unos cuántos desencuentros, sólo sé que nada sería de mi vida y ningún sentido tendría vivirla, si no preguntara a cada instante: “¿Dónde te encuentras, Amor?”.


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lunes, 30 de abril de 2012

Cenizas al Mar... Por Elena Savalza


Estoy convencida de que ninguna persona le pertenece a otra, por lo tanto nadie te quita lo que es tuyo. Dios pone a la gente en el Camino de la Magia, para que puedas aprender de ella y mientras forme parte de tu historia y tenga algo que aportar a tu vida, permanecerá allí, encendiendo la llama en tu interior e irradiando luz y calor.

Creo en los milagros. Sé que éstos existen y que, cuando se presentan, deben ser vividos y disfrutados sin cuestionar, agradeciéndolos como una bendición, porque tienen fecha de caducidad.  El Amor, y la Magia que éste representa en tu vida, algunas veces duran muy poco. Es tan inútil resistir su aparición como prolongar su existencia más allá de lo necesario. El momento de vivirlos nunca es antes ni después: es cuando es…

Cuando el tiempo de vivir el Amor y la Magia pasa, cuando la llama se apaga y las brazas no pueden ni deben volver a arder, es el momento de apagar las brazas, barrer las cenizas y arrojarlas al mar.


Después de devolver la Magia Robada, la Princesa estaba tranquila. Sabía que era lo correcto y aunque lo correcto no siempre la hiciera feliz, a la larga el destino sería sabio y acomodaría de nuevo los caminos. Ella encontraría la estabilidad y la felicidad que estaba buscando y que definitivamente estaban en otra parte. Su éxito no tenía que ser robado porque había luchado mucho por él, como tampoco tenía que robar Magia de nuevo. Desocupaba sus manos y la dejaba ir, pero las mantenía abiertas para recibir algo nuevo y mejor. El futuro comenzaba justo en ese momento y había largo camino por recorrer aún.

Sin embargo, en el intento por devolver la Magia Robada, su portador regresó con ella una noche y con más fuerza:

-        -   Nadie te robó la Magia… - decía, mientras la abrazaba- Estoy aquí…

La Magia tocaba de nuevo a su puerta en esa madrugada tibia, con la misma mirada de suplicio que antes la Princesa prodigó y que tanto dolor reflejaba, cuando tuvo que dejarla ir. Ella sabía que no le pertenecía, pero la Magia y él estaban allí. ¿Qué tenía que hacer entonces? No lo sabía. Sólo entendía que su corazón quería recibirlo de nuevo, pero su mente y la razón le decían que era imposible y que ya había jugado demasiado a la heroína, en su intento por conseguir imposibilidades.

Pasaron los días y ella esperaba que el tiempo hiciera su parte. Pedía a Dios, al destino y a la vida que quitaran de su camino esa Magia que le era ajena, si era que de verdad no fuera para ella. Sabía que había una lección implícita en aquella experiencia, que quizá su apego, su orgullo o su miedo aún no le permitían ver, pero que estaba allí. La Princesa tenía mucho que aprender, pero no sabía aún qué…

De pronto una noche sueña con la vida perfecta, sueña que la Magia era suya y que no tendría que devolverla jamás. Fue un sueño hermoso, donde todo era color de rosa, no había dolor y la felicidad estaba al alcance de sus brazos sin tenerla que dejar ir. Su sueño era con él.

Pero de los sueños se despierta y ella despertó, con los brazos y la cama vacía. La Magia no era real y no estaba allí. Seguía siendo Magia Robada y no se podía permitir tenerla, ni siquiera en sueños.

La Princesa se alejó por unos días y se dedicó a trabajar, a divertirse y disfrutar lo que tenía a su alrededor, siguiendo su camino. Curiosamente, mientras mayor era la distancia que ponía entre la Magia Robada y ella, mayores eran también los frutos de su trabajo y el éxito que la acompañaba. Era como si su bienestar y su brillo dependieran de lo lejos que se mantuviera de la tentación de poseer esa Magia que no le pertenecía. Llegó un momento en que se sentía tan bien, que creía que había terminado. Creía firmemente que al final siempre las cosas estaban bien y si no era así, era porque aún no terminaba. En su caso, parecía que verdaderamente ese episodio de su vida, tan complicado y tan doloroso, ya había llegado a su desenlace. Sin embargo, todavía no tenía clara la lección implícita. Sabía que no había recorrido todo ese camino solamente porque sí, pero no terminaba de comprender las razones.

Entonces, de súbito, el portador de la Magia Robada regresa de nuevo. Aparece otra vez, de la misma forma repentina en la que ella trató de alejarlo, apenas unas semanas antes. Regresa una madrugada para preguntarle si hubieran sido felices juntos y para decirle que nunca había dejado de estar pendiente de ella y de sus logros, para decirle cuánto la quería y lo mucho que además la admiraba. Había habido fuego y parecía que la llama no se había extinguido, quizá quedaban aún brazas de algo que, muy a su pesar, había sido más fuerte de lo que hubiera pensado. Así volvía a comenzar otra vez el mismo círculo vicioso en el cual se había mantenido atrapada todos esos meses, sin saber cómo salir.

Volvió a ceder ante la tentación de tomar prestada esa Magia y la tuvo de nuevo una noche, en territorio ajeno. Volvió a sentirse viva, a sentirse deseada, a sentir el amor y la Magia en su corazón y en todo su ser. Volvió a sentirse mujer y a olvidarse de cualquier complejo o prejuicio, sólo eran ella y él viviendo la maravillosa Magia Robada: el sueño se convirtió en realidad por un momento.

Pero el fuego se apaga por falta de oxígeno, las llamas se convierten en brazas y las brazas en cenizas. Llega el momento en que las cenizas se esparcen por el viento, pero siguen siendo cenizas al fin.


Después de aquella noche, la llama de la Magia Robada, se convirtió en cenizas cuando un torrente de cordura y  razón apagó aquél fuego intenso. El incendio que parecía no tener final se veía ahora convertido en cenizas.

Todo vuelve a su origen. Así como un día, a la orilla de aquella playa surgió el fuego de la Magia, la llama se apagó y ahora la Princesa desecha las cenizas en el mar, donde viajarán por siempre, sin tener derecho a resucitar.

La Princesa aprendió la lección. Sabe ahora que el orgullo y el miedo son los peores enemigos del amor y que no puedes siempre arrebatar cuando pierdes. La Princesa entendió entonces, que ella no eligió el Camino de la Magia que tuvo que transitar, si no que fue el Camino el que eligió a la Princesa que tenía que protagonizar esa historia. Era ella y era su vida, no las habría cambiado por nada ni por nadie más, aunque hubiera podido.

Para obtener algo grande, la vida te impone sacrificios. A veces el precio puede parecer alto, pero al final valdrá la pena cuando te atreves a dejar ir para recibir otra vez.

… Y la Princesa sigue, por el Camino de la Magia, sin intentar que lo imposible se vuelva posible. Simplemente continúa viviendo la vida que le tocó vivir; cerrando ciclos, librando batallas y arrojando, cada vez que sea  necesario, sus mismas cenizas a que se las lleve el Mar, entendiendo que el desecharlas dará espacio para que nuevas llamas y nueva Magia revivan de nuevo…

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