Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de abril de 2015

Te soñé... Por Elena Savalza

No era propiamente tu rostro frente a mí, con un dejo de arrepentimiento. Ese rostro que meses atrás me atormentaba por lo que aún me provocaba al verlo por accidente en alguna fotografía y por el cúmulo de sentimientos encontrados sobre ti. No era ese rostro que antes fue capaz de quitarme la sonrisa, tanto como un día me la provocó. No era ese rostro del que tanto me defendí, consciente e inconscientemente, para que no me hiciera sucumbir de nuevo ante él. No era ya ese rostro el que vi en mis sueños…


Y sin embargo, te soñé y eras tú…

Soñé que te disculpabas. No era tampoco que pidieras perdón desesperadamente, pero eras tú. Un mensaje de pocas palabras, que seguramente en tus términos significó el “lo siento” que nunca antes escuché de tus labios y sé que no lo haré jamás…

Pero amaneció y tú estabas allí…

A pesar de los días ignorándote, estabas allí cuando abrí los ojos, pero no eras tú. Era solamente esa sensación de tu efímera presencia, y allí estaba yo, entre incrédula y ofuscada, por no saber cómo te permití de nuevo participar en mis sueños; pero al mismo tiempo con la infinita paz de quien escuchó y dijo lo que tenía que escuchar y decir…

Lejos quedaron los días de nuestras mejores sonrisas; las palabras, los mensajes, las promesas no cumplidas, las verdades no dichas. Dejé, junto con un pedazo de mi vida, todos los sueños rotos, las preguntas sin respuesta, los insultos ahogados, los reproches sin sentido…

Recordé tantas noches en las que me quedé despierta, sin saber si reír, llorar o darte gracias. Sin entender entonces por qué, a pesar de todo, no pudiste complacer la única petición que te hice: tu honestidad.

Pero conforme pasaron los días, entendí que no era tu obligación aceptar todo lo bueno que te ofrecí y que tenías derecho de conformarte con amores de a ratos y con andar de cama en cama, sin atarte a ningún corazón. Comprendí que quizá no fue que no te importara, si no que no supiste cómo desenredar la maraña de mentiras que tejiste alrededor de ti.



Hoy te digo que tenías razón, porque efectivamente “la vida siguió”. Al no tenerte conmigo, me dediqué a llenar mi vida con lo único que me quedó: yo. Me dediqué a cuidarme como no me cuidaste, a amarme como no me amaste, a evitar lastimarme como tú me lastimaste. Entendí que no tenía que aceptar migajas de nadie, ni por sexo, ni por amor, ni por no sentirme sola y vacía.

Y te di las gracias….

Gracias, porque al no amarme y respetarme me enseñaste la mejor de todas las lecciones de amor: el amor hacia mí misma.  Gracias, porque al haberte mostrado así, como nunca imaginé que fueses, me obligaste a rectificar mis pasos, a enmendar mi camino y darle un nuevo sentido a todo lo que perdí en aquel lugar.

Entendí que lejos de enojarme, bien haría en compadecerte y hasta de pronto rezar por ti, porque yo me quedé conmigo, pero tú te quedaste sin mí… y quizá, también sin ti.

Hoy sólo puedo decirte que Dios es más sabio que tú y que yo, y que mi mundo es diferente. Que llené mi tiempo, ese que antes dedicaba a pensar en ti y a darte lo mejor de mí, de cosas buenas y productivas. Llené mi mente con ideas nuevas. Recuperé mi vida y la enriquecí con nueva gente, nuevos proyectos y nuevos caminos. Descubrí de nuevo que de amor nadie muere.  Y no, definitivamente, no me morí. De hecho, estoy más viva y más plena que nunca.


Quiero que me una contigo solamente alguna que otra sonrisa en honor a los buenos momentos y la gran experiencia y aprendizaje de lo vivido. Así que no recuerdes, por favor, mi última mirada con la que casi te fulmino esa noche, ni mis ojos llenos de lágrimas, porque sabes muy bien que esa jamás fui yo.

Recuerda a la que conociste, a la que sonreía siempre, a la que agradecía todos y cada uno de los gestos amables, los detalles, las palabras, las miradas, las sonrisas y las caricias que tuviste para mí. 

Recuerda a la que te escuchó a veces, a la que trató de entenderte, y después se rindió y sólo intentó aceptarte y amarte así, aunque a veces no tuviese sentido ni para ella. Recuerda a la mujer que tuviste y a la que te amó. Recuerda a esa mujer generosa y con una inmensa capacidad de entrega y sacrificio, porque esa mujer sigue aquí, pero mejorada con el tiempo, con las lágrimas y con las lecciones aprendidas. Volvió a ser esa mujer que (ahora lo sé) jamás mereciste, pero mucho más valiosa hoy…

Si aparecerte en mis sueños era la única forma de liberarme de la carga, de devolverme la paz y de que yo parara de ensayarme como víctima para seguir recreando el dolor vivido, te diré que ya lo conseguiste y que no vuelvas a hacerlo, porque no lo necesito más…


Que mi bendición te alcance y que Dios nos ayude a cada uno a estar donde debamos y a tener la vida que merezcamos…

martes, 30 de septiembre de 2014

Castillos de Naipes... Por Elena Savalza

Escrito el 29 de septiembre de 2014, en Manzanillo, Colima...

El 19 de septiembre estaba en la sala de abordaje del Aeropuerto Internacional de Reynosa. Me sentía libre por fin. Durante los días previos había creído que cuando llegara ese momento estaría llorando, o por lo menos muy triste, pero la verdad es que, entre la resignación del inevitable regreso, había encontrado por fin algo de paz. Subí al avión, no sin antes dar un vistazo a lo último que veía de la ciudad que apenas el 9 de junio me había recibido en condiciones muy distintas. Después de eso tomé mi asiento, recargué mi cabeza y me dormí sin darme cuenta siquiera de las instrucciones del despegue. Cuando desperté ya casi estaba llegando a mi Guadalajara hermosa, sabiendo que en cuanto el avión aterrizara todo sería distinto…

La vida, mis decisiones, mi fe y todo a lo que pueda culpar, hicieron que yo llegara a Reynosa. De pronto un día me vi con una oportunidad laboral muy buena, con muchas ganas de tomarla y con la ilusión de que llegando allá una persona especial me estaba esperando. La historia había comenzado el 19 de mayo de 2013, en aquella terminal de Monterrey y a más de un año él (a quien por última vez y sólo para esta historia llamaré “mi amorcito”) seguía allí. En ese momento todo se confabulaba para que yo estuviera allá, así que después de darle vueltas por lo menos un mes decidí irme. Vendí absolutamente todo lo que tenía, dejé mi casa, mi trabajo y me fui de Manzanillo con la intención de no regresar en muy buen tiempo.

El día que llegué todo fue color de rosa. En el aeropuerto me esperaba “mi amorcito”, junto con su primo, para llevarme al departamento que él mismo había ayudado a elegir, sin que yo tuviera que preocuparme por nada. Incluso mis sábanas, toallas y almohada estaban ya en su camioneta cuando me recibió.

Los primeros días fueron muy buenos, pues se podría decir que “mi amorcito” y yo seguíamos de “luna de miel”. De pronto, de estar tanto tiempo a distancia, ahora nos teníamos a siete minutos entre su casa y la mía, lo cual sonaba genial. En el trabajo las cosas no podían ir mejor, pues me sentía como pez en el agua, haciendo lo que me gustaba y lo que, sin ánimo de ser petulante, hacía bastante bien. Poco a poco fui invirtiendo tiempo y detalles para hacer de mi pequeño departamento un lugar bonito para vivir. Aunque extrañaba mis cosas, mi playa, mi gente y mi trabajo, estaba allá y tenía una buena y nueva oportunidad para hacer las cosas bien y para demostrar que, como dicen: “el que es perico donde quiera es verde”.


Los primeros estragos del cambio los sufrí apenas unos días después de llegar. El cambio de alimentación me provocó una gastroenteritis y las primeras lágrimas de Reynosa llegaron con ella. Ese evento, sin embargo, por encima de lo que se pudiera pensar, me trajo uno de los mejores regalos que recibí en Reynosa: conocí a su hermana (la doctora que me atendió), que a la postre se convertiría en mi ángel de la guarda y mi hermanita por siempre.

A la gastroenteritis le siguieron crisis nerviosas, un vecino acosador que me seguía hasta mi casa y que me sacó varios sustos. Hubo bloqueos, balaceras, persecuciones de gente armada a plena luz del día,  me tocó escuchar un “levantón” hacia mi vecino, que me impidió incluso salir de casa para trabajar y un primer choque en donde me lastimé la espalda. La serie de eventos desafortunados comenzaron a nublarme el juicio, pero no sólo eso me incomodaba: desde hacía días comenzaba a notar el distanciamiento con “mi amorcito”, sin que yo encontrara ninguna explicación lógica a su frialdad. Lo cierto era que cuando yo más necesitaba no sentirme sola, peor me sentía. Obviamente todo el entorno por demás hostil, aunado a los problemas con él, estaba demeritando mi productividad. Empecé a faltar al trabajo y a enfermarme de todo, y cuando estaba en la oficina no podía concentrarme. En resumen, el cuento de hadas estaba comenzando a derrumbarse ante mis ojos, sin que yo pudiera hacer nada, a menos de dos meses de haber llegado allá. El “Castillo de Naipes” comenzaba a tambalear ante los vientos poco favorables.


A pesar de ello intentaba aferrarme a seguir allá. Lloraba un día sí y el otro también, y aunque me dé pena reconocerlo ahora, hubo momentos en que por mi cabeza cruzaron pensamientos suicidas. Mis amigas, las de Manzanillo y una que otra de otro lugar, estaban muy preocupadas por mi e insistían en que me regresara, pero yo me aferraba a seguir allá porque “tenía un compromiso profesional que no podía dejar tirado así como así”. Dejé de escribir, tanto en Letra Fría como en Estrategia Empresarial, porque sencillamente mi nivel de concentración era nulo. Mis días transcurrían entre la oficina, trabajando en modo automático cual robot, el spinning que era mi único escape ante la realidad que no me gustaba, e ir a encerrarme en mi departamento a esperar que “mi amorcito” reaccionara y se acostumbrara a que yo estaba ya en Reynosa y que eso difícilmente iba a cambiar.

¿Cómo era nuestra relación? Por WhatsApp o por Facebook, como cuando yo vivía en Manzanillo, pero más fría ahora. Carente de palabras cariñosas, pero abundante en peleas y discusiones. Descubrí lo celoso y controlador que podía ser él, al celarme incluso con gente de su familia (me hizo que eliminara de mis contactos de Facebook a su propio hermano, por ejemplo). Descubrí también lo histérica que podía ser yo y la poca paciencia que podía tener ante nuestras dificultades como pareja. La vida, mi vida, se empezó a convertir en un infierno.

A principios del mes de septiembre, antes de que yo cumpliera siquiera tres meses allá, comenzó a vislumbrarse el inevitable final. En una de tantas peleas, tomé la decisión de terminar con eso… y en esta ocasión él ya no puso argumento alguno para evitarlo. Probablemente estaba tan cansado como lo estaba yo, así que ni siquiera se molestó en convencerme de que hubiera otra oportunidad, y sin vernos a la cara, puesto que fue vía telefónica, le pusimos punto final.  Al día siguiente, aún enojada por la situación, al salir del trabajo vino el segundo puntapié de la semana: en una curva choqué contra un tráiler dejando el coche hecho un desastre. Aunque bendecida por Dios de que yo no tuviera ni un rasguño, los daños materiales si fueron importantes. Lo más triste de todo es que quedé justo enfrente del Parque Cultural de Reynosa, donde él entrenaba todos los días a esa hora, pero ni siquiera me atreví a llamarlo para pedirle ayuda. Cuando por la noche él se enteró del choque, sólo atinó a llamarme para regañarme y para preguntar “de quien fue la culpa”, como si eso hiciera diferencia.

Supongo que con todo lo que ya me había pasado, era de esperarse que a los dos días de haber chocado colapsara en el baño de la oficina, ante la mirada atónita de una de mis compañeras que hacía lo posible porque no perdiera el conocimiento. Me sacaron de la oficina para llevarme al hospital, donde llegué con una crisis de hipertensión. Al primero que llamaron fue a él, por ser mi contacto de emergencia, pero él estaba “muy ocupado”, así que quien estuvo conmigo en todo momento fue su hermana. Incluso su papá fue a recogerme cuando me dieron de alta, para llevarme a casa. Si se preguntan qué hizo él, les diré una sola cosa: se fue a McAllen por la noche porque ya tenía un “compromiso” y no preguntó siquiera cómo estaba yo y mucho menos se apareció por el hospital. Fue allí, acostada en la cama, canalizada y en bata de hospital, que caí en la cuenta de hasta dónde me había llevado mi infelicidad, al grado de haber expuesto mi salud física de esa manera. En ese momento decidí que lo más difícil que regresar y enfrentar mi fracaso, era permanecer allá y seguir con mi pesadilla.

Al día siguiente tomé al toro por los cuernos. Lo busqué, para finalizar las cosas de frente y decirle que me regresaría. Pero tal formalismo no era necesario ya. Al llegar a su casa, apenas me había sentado a la mesa cuando le entró una llamada que sospechosamente se fue a contestar a su habitación. Como cosa del demonio lo seguí y descubrí que era una mujer, de quien se despedía mandando “besitos”.  Obviamente hubo reclamos por mi parte, y una mirada fría por parte suya. Todo estaba dicho y no hacían falta más palabras. Eso estaba terminado mucho antes de que yo lo dijera.

Hice mis planes para regresar. En esos días se vencía mi primer contrato y decidí que no habría segundo. Eran pocas mis pertenencias, a excepción de mi ropa, que se había multiplicado "misteriosamente" gracias a los muchos episodios depresivos (no es lo mismo deprimirse en cualquier lugar del país, que en la frontera con Estados Unidos. Ustedes disculparán la presunción, pero ante tal situación, lo único que no me faltaba era dinero). Los días posteriores a la renuncia las cosas fueron tomando su curso. Hablé con mi anterior jefe (y hoy de nuevo actual jefe) quien me dijo que mi lugar estaba aquí, justo desde el día que decidí irme. Compré el vuelo para regresar y me dediqué a intentar no pasar mis últimos días enojada y a pensar únicamente en que pronto estaría de nuevo en casa. Aunque me sentía triste y enojada con él, lo único que podía era pedirle a Dios que me permitiera no subir al avión enojada con alguien a quien quería mucho.

Todo parecía estar bien ya. Poco contacto había tenido con él, e incluso habíamos hablado de vernos “por última vez”. Sin embargo, la última noche tenía todavía una sorpresa para mí. Les había prometido a su mamá y a su tía, quien vive frente a su casa, que iría a despedirme de ellas antes de regresar. Ese jueves llegué a su casa saliendo de trabajar, pero como ni la mamá ni la tía estaban, decidí esperar en la cochera de la casa de su tía, platicando con su primo, el mismo que había conocido durante mi primer día en Reynosa, cuando lo acompañó al aeropuerto por mí. La mala fortuna hizo que dos personas enojadas con él coincidieran en el mismo momento y espacio, así que su primo, que estaba al tanto de lo sucedido y entendía lo mal que podía sentirme yo en ese momento, terminó de dar la estocada final: me dijo, entre otras muchas linduras, que “mi amorcito” tenía un hijo de aproximadamente cuatro meses de nacido y que había además una chica de aproximadamente 18 años, con cuatro o cinco meses de embarazo de él…. ¡Había embarazado a dos mujeres durante el tiempo que estuvo conmigo!

Como podrán imaginar, mi coraje e impotencia eran tremendos. No sólo fue su falta de lealtad y de respeto hacia mí, sino que además había expuesto también mi salud, al meterse con cuanta tipa se le atravesó sin protegerse. Tuve que hacer esfuerzo sobrehumano para no explotar frente a su tía y preferí meterme al baño a llorar. No podía creer lo que había escuchado. Justo la última noche, cuando yo ya no tenía que saberlo, cuando de nada servía ya, su primo me estaba diciendo todo eso. Vi aproximarse la camioneta de su mamá, y entonces crucé la calle, lo más recompuesta que pude, para saludarla y despedirme rápido para volver a mi casa. Al entrar, la señora me abrazó y me pidió que la esperara en la sala. Mientras estaba allí, entro su tío, con quien hice muy buena amistad. Al verlo no pude evitar decirle lo que el primo me acababa de decir hacía 15 minutos apenas, pidiéndole que no le dijera nada a su mamá (hermana del tío, por cierto). Como si le hubiese pedido lo contrario, me dejó sola en la sala y subió a decirle. Entonces la puerta se abre y “mi amorcito” hizo su aparición, saludándome con un “hola gordita… ¿por qué te dejaron solita?” y dándome un beso en la mejilla. Me levanté de inmediato sintiendo que casi se venía la espuma por mi boca, así que me tuve que salir por no armar un escándalo en su casa, pues como comprenderán, tenía ganas de matarlo en ese rato. Al salir me encontré a su mamá, quien ya venía vociferando enojada: el tío ya le había dicho todo. Se armó una discusión fuerte. Su papá me reclamó por “no haberme quedado callada y haberme ido a la casa de enfrente, cuando allí estaba la suya”. Encima de todo…  ¡la culpa era mía!

Hubo gritos, reclamos y todo. Pero yo sólo atiné a voltear a ver al tío y suplicarle que me llevara a casa. Su mamá se levantó y me dijo que ella me llevaba y le pidió a su hermano (el tío) que me acompañara también. Al subir a la camioneta los flamantes primitos estaban peleando y el papá intentando separarlos. Me desentendí del asunto, para enterarme después que el primo había dicho que yo había investigado todo y que él jamás me dijo nada, como si yo conociera tanta gente cercana a él, fuera de su familia, para que me dijeran algo así. Lo cierto es que nadie negaba que lo me había dicho era verdad: dos bebés mientras estuvo conmigo, era el saldo conocido hasta el momento.

Me quedaban menos de 24 horas en Reynosa y yo estaba hecha un mar de lágrimas. No podía creer que eso estuviera pasando realmente. Mientras iba en la camioneta escuchaba a su mamá enojada intentando que le dijera que más me había dicho el primo, pero yo sólo le contestaba: “Señora, estoy segura de que no quiere saber”…  Lo único que yo decía entre llanto era: “¿Por qué me tuve que enterar, si ya me voy mañana?”. Su mamá me dejó en mi casa, dejando al tío conmigo. Entonces allí grité y lloré todo lo que no pude. Vi sus mensajes que me había enviado justo al salir de su casa, y le contesté enojada que si tenía un poco de delicadeza me dejara tranquila y jamás me volviera a buscar (por supuesto, mis palabras fueron mucho menos amables y corteses).  Al poco rato llegó su hermana, para recoger a su tío, y me confirmaba la versión oficial del primo: él no me dijo, yo investigué por mi cuenta.

Después de una terrible noche, a la mañana siguiente yo sólo tenía que terminar mis maletas y esperar que se llegara medio día para irme al aeropuerto. Durante la mañana su mamá fue a mi casa, platicamos y nos despedimos tranquilas. Cuando dejaba mi departamento, la señora me dijo tiernamente: “perdóname por todo lo mal que te trató Reynosa”. Ambas sabíamos que se refería a su propio hijo. La abracé y le dije que todo estaba bien, y que ella y su hija siempre tendrían las puertas abiertas conmigo, las de mi casa y las de mi corazón.

Así me fui al aeropuerto. La última persona a la que vi fue a su hermana, quien, como Dios no quiso que fuéramos cuñadas, adopté como hermanita menor, con la promesa de que no nos estábamos despidiendo, porque nos volveríamos a ver muy pronto. Cuando pasé la revisión de seguridad y entré a la sala de abordar, sabía que ya no había marcha atrás…

Hoy es 29 de septiembre y es mi primer día de trabajo. Inicio un ciclo nuevo en Manzanillo, al mismo tiempo que él, en Reynosa, está cumpliendo años. Supongo que no es casualidad, y que también en esto está obrando Dios. Fui a Reynosa a descubrir que no era él. Fui a Reynosa a conocerlo realmente, a abrir los ojos, a quitar máscaras y a enfermarme mucho. Fui hasta allá a entender que no hay dinero que compre la tranquilidad y estabilidad y que cuando te falta todo, jamás lo material será suficiente. Ya estoy aquí, retomando mí vida donde la dejé hace casi cuatro meses, pero ahora sin ningún obstáculo que nuble mi entendimiento. Ya ni siquiera me siento enojada o triste, aunque aún no olvido lo sucedido y sé que pasarán muchos días para que mi corazón y mi mente vuelvan a la normalidad. Lo único que sé es que al volver a ver la playa, platicar con mis amigas y retomar mi trabajo, alguna pieza suelta se unirá de nuevo a mí.

Fui a Reynosa a derribar mi “Castillo de Naipes”, para regresar a construir castillos de arena, aquí en mi playa querida. Como “El Alquimista”, perseguí un sueño y perdí todo por ello, sólo para regresar al lugar de donde partí. Sin embargo, tengo fe en que con el tiempo descubra el porqué de esta locura y hasta le agradezca la lección. Hoy ya no lloro. Duermo tranquila y confiada de que mañana estaré mejor. ¿Qué pasará con él? No lo sé. Supongo que vive feliz brincando de cama en cama y de mujer en mujer, sin tomar ninguna responsabilidad en su vida, ni con sus hijos, ni con nadie. Pero si eso quiere, eso está bien. Simplemente para mí su comportamiento era inaceptable y no había más remedio que dejarlo ir y continuar con mi vida. Aun así no le deseo mal, pues supongo que el tiempo nos dará a cada uno lo que merecemos. Por lo demás, quiero confiar en que estará bien y que algún día podré voltear hacia atrás y sonreír de corazón al recordarlo.


Leí una frase que dice: “abrir los ojos duele, pero es un dolor necesario”. Hoy ya no construyo castillos de naipes…


Salmos 57:1 “Porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos.”

domingo, 1 de diciembre de 2013

La noche en la que regresé... Por Elena Savalza

Comenzaste preguntando qué título tendría esa noche en el espacio de mis letras…

Te confesé que hacía tiempo que no podía escribir nada elocuente, quizá porque simplemente la emoción y la pasión que antes me hacían llenar los muros de letras, andaría perdida en cualquier lugar al que ningún viaje me había permitido llegar en mucho tiempo.

Pero tú sabías que escribiría de nuevo mucho antes de que lo supiera yo…



Me dijiste que mi vida no podía continuar así. Que algún día tenía que parar y quedarme quieta en un solo lugar para disfrutar de la vida y de la gente que me rodea. Me dijiste que si siguiéramos juntos, tú no querrías que viajara más. Era como si me pidieras, entre líneas, que dejara ya de huir. Te contesté que lo único que me salvó de volverme loca fue precisamente esa huida y que en ese constante peregrinar lo conocí a él…

Vi la sorpresa en tus ojos cuando te dije: “lo último que pude escribir fue cuando conté sobre el día que lo conocí”. Era como si no pudieras creer que yo ya no tuviera nada que decir y que el corazón y el entendimiento se me hubiesen quedado mudos después de ti, e incluso a pesar de su llegada. Mencioné su nombre y te dije que él ni siquiera conocía lo que escribía antes. Sentenciaste, antes de bajar del auto: “él no te conoce, ni te va a conocer jamás, como te conozco yo… y quizá nadie lo haga”.

No fue “la noche de la resurrección”, porque tú sabías que no estaba muerta, aunque lo parecí por mucho tiempo. Tú sabías que no morí después de olvidarte, que en mi memoria y en mis dedos seguían vivas las palabras que antes destinaba casi por completo a ti. Entendiste a la perfección que tenía muchas ganas de escribir de nuevo, pero que faltaba esa conexión que pocas veces sentí con nadie: sólo contigo.

No fue tampoco “la noche del reencuentro”, aunque tú sabías que verte y hablar contigo, serían motivos suficientes para que volviera a hacerlo, por todo lo que provocaste y sigues provocando en mí…

¿Cómo deshiciste el conjuro y cuál es el título de esta noche? Son respuestas que no tengo todavía. Sólo sé que ahora estoy aquí, otra vez frente a la pantalla con una hoja en blanco que me invita a llenarla con desesperación, mientras el tiempo pasa sin que me inmute siquiera.

La hoja me invita a decirte que en esa noche que aún no tiene nombre, supe más de ti y de mí que en las muchas noches que estuvimos juntos. Confirmé que me amaste y que seré siempre importante en tu vida, aunque ahora estés con ella, y yo con él. Te dije otra vez que te amé a pesar de tu incredulidad y de tus dudas, que te amé a pesar de tu cobardía y del desastroso final.

No sé si te dije cuánto te odié algunas veces, pero sé que sabes que era el odio que seguía después de tanto amor y que ahora ya no está más aquí. Quizá tenía que odiarte no porque quisiera hacerlo, sino porque, simplemente, en esa absurda guerra que emprendimos ambos, el no odiarte significaba que ganabas tú. No sé si te dije cuánto he cuestionado mi momento de soberbia en el que te hice daño, pero sé que sabes que, al igual que tú, no quise lastimarte jamás. Y no, no fue tampoco “la noche del perdón”, porque este vino mucho antes de que siquiera imaginara que iba a tener un nuevo momento para decírtelo a la cara…

Veo ahora nuestra historia tan lejana, que ni siquiera puedo imaginar cómo serían nuestras vidas si hubiésemos tenido las agallas de defender con mayor ahínco lo que alguna vez sentimos. Volteo hacia atrás y veo los enormes pasos que hemos dado los dos, cada uno en su propia dirección, sabiendo que es un poco menos que imposible reunir nuestros caminos de nuevo. Pero no por eso se llamó tampoco “la noche de la nostalgia y del arrepentimiento”, porque lo que menos siento ahora es eso.…



No puedes quedarte de nuevo en mi cama, porque ahora te espera ella en tu casa. No puedes quedarte tampoco en mi corazón, porque él me llamará en cualquier momento reclamando el lugar que ocupa ahora, y que con todo mérito se ganó…

Estoy feliz y estoy tranquila, por si te preocupa… y me gustó la idea de verte bien. No sé si soy tu amiga y tú eres mi amigo, ni si podremos serlo algún día ante la gente, pero es bueno saber que estás allí…

Brindemos por lo que alguna vez soñamos y no cumplimos, por lo que alguna vez deseamos y no tuvimos, por lo que quisimos ser y no fuimos. Brindemos también por el aquí y el ahora. Brindemos juntos por esa noche: la noche en la que regresé…


En Manzanillo, mi casa...

Gracias por seguirme:

Todos los lunes, mi columna "Desde mis ojos..." en Letra Fría | Las noticias como son

En Facebook, busca las páginas El diván de Elena  y da click en "Me gusta"

En Twitter, sigue a mi cuenta personal @elenasavalza

sábado, 23 de noviembre de 2013

Yo soy... Por Elena Savalza






Yo soy el que esperas por muchos años, por mucho tiempo, por una eternidad…

Soy el que te imaginas, el que sueñas, el que vives siempre, todos los días y a todas horas aún sin conocer…

Soy el que te recuerda que siempre puedes regresar a casa, no importa qué pase…

Soy el que cuando aparece lo complica todo o simplifica todo, porque así soy yo: simple y complicado al mismo tiempo…

Soy el que, en las noches de luna, te hace voltear al cielo e imaginar que a lo lejos alguien más la está viendo al mismo tiempo que tú. Y le pides al tiempo que regrese, y le pides a Dios que lo cuide, que lo guarde y lo proteja hasta que puedas hacerlo tú…

Soy el que te hace cerrar los ojos y sonreír, repasando por enésima vez en tu memoria el último abrazo, el último beso, las últimas palabras…

Soy el que duele cuando se va, pero que con creces recompensa tu dolor a cada nuevo regreso…

Soy el que, cuando aparezco, traigo conmigo la fe…

Soy el que, ante la inevitable despedida, te hace suplicar “regresa siempre” y “no me olvides”…

Soy el que en los peores momentos te hace mantener la esperanza viva, el que te hace confiar en que siempre habrá un mañana y éste será mejor que hoy…

Soy el que puede traspasar barreras de tiempo y distancia, cuando soy de verdad…

Soy el que muere de frío y de sed, o vive eternamente para saciar tu hambre y dar calor a tu vida…

Soy el que te hace desear lo prohibido y lo difícil…

Soy el que te impulsa a intentar alcanzar el cielo, incluso cuando a veces signifique despegar los pies de la tierra…

Soy el que hace olvidar los malos momentos y magnificar los buenos y gloriosos. Soy el que vuelve selectiva la memoria del corazón…

Soy el que crea y destruye, y soy el que cree y construye…

Soy eso, soy todo, soy mucho, soy más, soy nada…

Sí, me conoces: me llamo AMOR…

En la sala de espera en el Aeropuerto Internacional de Monterrey....

Gracias por seguirme:

Todos los lunes, mi columna "Desde mis ojos..." en Letra Fría | Las noticias como son

En Facebook, busca las páginas El diván de Elena  y da click en "Me gusta"

En Twitter, sigue a mi cuenta personal @elenasavalza

martes, 4 de junio de 2013

"Te soñé en Chicago"... Por Elena Savalza

La última vez que me enamoré de ti, escribí toda una novela; hoy me alcanzó el amor para escribir sólo unas líneas: ya lo voy superando...




“Hace dos noches te soñé en Chicago. Es extraño, si tomamos en cuenta que jamás estuvimos juntos en esa ciudad, pero, como ya lo dije, te soñé bonito… y me niego a decir algo más.”

Así empezó nuestra conversación: casual, trivial y hasta un tanto hueca, si recordamos que tú y yo tenemos una historia mucho más profunda qué contar. Después, insististe en que te dijera lo que había soñado, sabiendo que nuestros sueños compartidos siempre fueron el principio de algo más.

“Fue algo muy cursi…  – te dije -  No hubo sexo, o alguna escena erótica (¡no te emociones!). Sólo tú y yo, el agua, los rascacielos y el frío de esa ciudad, que bien pudo haber sido Nueva York o Seattle, pero sé que era Chicago, porque mi corazón, en mis sueños, me decía que lo era. Tenías puesto ese abrigo gris que usabas en Londres, y platicábamos de todo y de nada. Supongo que fue un sueño feliz, porque me desperté sonriendo, e inevitablemente tuve ganas de saber de ti.”

Quiero imaginar tu cara del otro lado de la pantalla cuando te lo dije. Seguro sonreíste, entre incrédulo y frío, cuestionando cada línea escrita. No quise asustarte… ¡perdón! Sé de sobra cuánto miedo te genera la posibilidad de que aún exista algo de amor entre los dos…

Sólo contestaste que sí estabas emocionado, y que no había decepción por no habernos hecho el amor en mis sueños. Por el contrario, me diste las gracias, como si para ti, el saber que conservas todavía una parte de mi corazón, a pesar de los años, fuera mucho más gratificante que la superflua idea de tener de nuevo mi cuerpo.

Te dije que pensaba en ti, que te recordaba aún, que te recordaba “bien” (¿alguien sabe lo que quise decir cuando usé la palabra “bien”?). Te dije que estabas en mi mente muchas más veces de las que me atrevía a decirlo. Te dije que era imposible para mí estar en México o en Monterrey, sin recordar pedazos de nuestra gran historia, esa que escribimos entre aeropuertos, hoteles y carreteras. Esa que por más carpetazos, borrones y páginas nuevas, se niega a desaparecer de los libros de nuestra memoria.

Contestaste que pensabas en mí más veces de las que siquiera podía yo imaginar o creerte. Te dije que lo creía, que lo creía todo: no podía ser yo la única loca que a pesar de los años y la distancia, seguía guardando una sonrisa y una mirada que no podía ser para nadie más que para ti. No podía ser la única que recordara con nostalgia lo que fue. No podía ser la única que imaginara con ilusión lo que pudo haber sido. No podía ser la única que construyera en su mente, con cierto dejo de arrepentimiento, todas aquellas cosas que pudimos hacer para estar juntos y que no hicimos. No podía ser la única de los dos que siguiera, después de tantos años, de  vez en cuando cuestionándole a Dios y a la vida en qué vuelta nos perdimos, en qué punto exacto del trayecto los caminos se bifurcaron y cada uno tomó una ruta distinta. No podía ser yo la única que buscó, desesperada e inútilmente, el mapa que señalara el punto exacto donde nos volveríamos a encontrar.

Cerré mi computadora y no me conecté más. Dejé que el Merlot y el mar se llevaran cualquier resto de nostalgia, de tristeza,  de dudas y de arrepentimiento. Y allí, en nuestra playa, quise recordar que había algo más fuerte que la presencia física, porque recordé que las personas que llevas en tu corazón, están contigo sin importar los años o la distancia.


Y esa noche sólo quise agradecer a Dios porque entre tanta gente que va por la vida sin saber jamás lo que es el amor, yo fui de las afortunadas que sí lo viví. Después de eso, me permití sentir el calor del abrazo y el beso que te envié con mi pensamiento y desde el fondo de mi corazón. Y entonces sólo volví a recordar, antes de dormir de nuevo, ese momento de la mañana cuando te dije: “Hola ¿Cómo estás?… te soñé en Chicago.”



Gracias por seguirme:

Todos los lunes, mi columna "Desde mis ojos..." en Letra Fría | Las noticias como son

En Facebook, busca las páginas El diván de Elena  y da click en "Me gusta"

En Twitter, sigue a mi cuenta personal @elenasavalza

sábado, 12 de enero de 2013

“¿Por qué no te has casado?” y otras preguntas incómodas de los 30’s... Por Elena Savalza


Advertencia a los lectores:

Si tienes una familia feliz y completa, estás casada y/o tienes hijos, tienes una pareja estable o eres hombre, probablemente creas que estoy exagerando. Pero si tienes 30 años o más, eres una mujer trabajadora y profesionalmente exitosa, pero tu estado civil y tu cuenta de Facebook le dicen al mundo que eres “Soltera”, estoy segura de que sabrás de qué hablo.

Es un hecho casi científicamente comprobado que, cuando tu vida profesional es más o menos prolífera, tienes la agenda más saturada que el Presidente de la República (pero sin su séquito de asesores y asistentes personales) y además intentas sacar adelante tus estudios, porque sabes que el aprendizaje no se detiene, mantener una relación amorosa (noviazgo, matrimonio o lo que quieras) y tener hijos, es una misión muy pero muy complicada. No digo que no se pueda, pues conozco a muchas mujeres que lo logran y que tienen una vida equilibrada entre el éxito profesional y su vida en familia; pero, sin temor a equivocarme, para la mayoría de las mujeres el pretender tener una vida laboral exitosa lleva consigo el llegar por las noches a casa y dormir en una cama vacía. Ese precio, no todas están dispuestas a pagarlo.

Afortunadamente, conozco cada día más mujeres que se atreven a tomar el riesgo y viven felices con lo que les deparó el destino, además de disfrutar sus logros. Piénsalo así: estadísticamente somos más mujeres que hombres, por lo cual es completamente lógico que alguna de nosotras quede soltera. Sin embargo, nuestro día a día aún nos impone el reto de romper un enorme paradigma: “Mujer Soltera” no es igual a “Mujer Sola”… y mucho menos “Mujer Infeliz”.

Preguntas como el “¿Por qué no te has casado?” o “¿Por qué no tienes novio?”, o comentarios como “Se te está yendo el tren”, “Por lo menos, ten un hijo para que no te mueras sola”, o “Métele velocidad porque la fecha de caducidad se te está acercando”, hacen que incluso a la más segura de las mujeres, le entre el pánico escénico por su futuro y caiga en fuertes depresiones o cometa errores como aceptar comportamientos inaceptables por parte de alguna pareja, sólo por creer que “no agarrarán más”. Créanme: conozco cada caso, que se sorprenderían de saber las cosas que llegamos a permitir por no pasar la “agonía” de la soledad.

Debido a todos estas interrogantes e ideas preconcebidas que, lejos de ayudar a la causa de las mujeres, hacen que de cuando en cuando nos sintamos más que miserables y hasta reconsideremos el “¿por qué?” de nuestra existencia en el planeta, me he dado a la tarea de compartir con ustedes, algunas reflexiones sobre el tema que, con bastante conocimiento de causa, puedo abordar hoy:


No te tomes tan en serio los comentarios de los demás. Recuerda que, aún en nuestro tiempo, se tiene la creencia de que la única realización posible para una mujer es casarse y tener hijos. Aunque nuestra incursión en el ámbito profesional ya es bastante bien recibida, no podemos negar que nos educaron (también a mi) para casarnos, tener hijos y formar una feliz familia. Es completamente normal que los que ya están de aquel lado nos digan a los que no, que nos “apuremos”, porque ya estamos en la recta final. El tener 30 años o más, y no tener pareja, no te convierte en una fracasada y tampoco tienes por qué justificar ante nadie ni tu soltería ni tu falta de descendencia. El amor y todas las cosas buenas del mundo, llega solo; siempre que estés abierta y receptiva para permitirles entrar a tu vida.

No querer casarte o tener hijos no te hace rara ni anti natural. ¡Para nada! Simplemente en la vida de todo ser humano existe una escala de prioridades, si entre las tuyas no figura el matrimonio o la familia en primer lugar, apégate a lo que para ti funcione y te haga feliz, sin pensar en lo que “la naturaleza” dicta. Después de todo, nadie puede criticar qué es lo correcto o lo incorrecto. Para mí es muy simple: lo correcto es lo que te hace feliz y las únicas prioridades que debes cumplir son las tuyas.

Rodéate de gente exitosa y positiva. Hay gente cuya mente siempre está activa y productiva y en sus pensamientos y palabras no existe espacio para amargar la vida de los demás, lejos de eso, se dedican a mejorar todo lo que tocan a su alrededor. Esa es la gente de la cual debes rodearte y de la que debes procurar aprender.

No te conformes con la primera “carcacha destartalada” sólo porque creas que “ya se te fue el tren”. Eso es un error más que común: a veces creemos que la persona que está a nuestro lado, por más imperfecciones, por peor que nos trate o por más cosas inaceptables que haga y que nos duelan, es lo único que hay para nosotras y por más que el día a día nos diga que debemos alejarnos de allí, el temor de quedarnos solas nos hace permanecer e incluso engañarnos con el “mi amor lo va a cambiar” o “no es tan malo como la gente dice”. La gente no cambia sólo porque sí. Estoy segura de que es mucho mejor estar sola, que estar acompañada de alguien que no te respeta ni te valora.

No vivas esperando al hombre perfecto, pero establece una métrica de lo que puede ser aceptable y no te bajes de allí. Muchas mujeres creemos que el tan ansiado príncipe azul de tus cuentos de hadas de la infancia todavía llegará. Si tienes por lo menos mi edad, ya sabes que eso no sucederá. Has conocido los suficientes hombres como para por lo menos identificar qué es lo que esperas en una relación. Establece esa escala y determina cuáles aspectos podrías negociar sin sacrificar tu integridad propia. Pero lo más importante: no permitas comportamientos o actitudes inaceptables, sólo porque creas que no puedes esperar más. Ese hombre bueno que estás esperando, si es que está en tu camino, llegará cuando menos lo pienses. Mientras tanto, debes encontrar sentido a tu vida y desarrollar otros aspectos que te harán sentir feliz y completa.

Tener un hijo no es la única forma de trascender. Si hay algo que he escuchado muchísimo es eso de que si muero sin hijos, no habré dejado ninguna huella en la vida. Sin embargo, considero que la gente al morir es recordada por sus obras, por las enseñanzas que dejó en vida, por la gente que ayudó y por el empeño que puso en cada una de sus acciones. Probablemente yo no tenga hijos, o quizá sí, no está en mis planes aún y realmente no siento la necesidad, el “llamado de la naturaleza” o cualquier cosa que se sienta cuando estás a punto de dar ese paso. Pero estoy segura de que, aunque nunca llegue a ser madre, encontraré otra forma de ser recordada (¡quizá escriba algún día un libro!).

Revisar las razones adecuadas por las cuales convertirte en madre. Considero que ser madre es la decisión más importante que se puede tomar en la vida, porque de ti dependerá nada más y nada menos que el futuro de otro ser humano que no pidió venir. Si lo deseas y crees que asumirás correctamente esta responsabilidad, adelante. Pero si sólo lo haces por “no sentirte sola”, te recuerdo que los hijos, como toda la gente que está en nuestra vida, son prestados: Dios decide cuándo se van y cada ser humano forja su propio destino, así que por más hijos que tengas jamás podrás atarlos a quedarse contigo toda la eternidad.

No pretendas encontrar fuera, lo que no tienes dentro de ti. Esto es muy importante: si la única razón para tener pareja o hijos es porque así te sentirás menos sola, más querida o necesitada, estás en un grave error. El amor inicia contigo misma y si no lo tienes de sobra por ti, será muy difícil que lo encuentres en alguien más. No confundas la necesidad con el amor. El hecho de “necesitar” a una persona para enfocar en ella tu atención, no implica necesariamente que la ames.

Intenta mantener contacto con el mundo real y entablar lazos fuertes y duraderos, fuera de una relación de pareja. Estoy segura de que, aunque seas soltera, tienes amigos, familia, trabajo, escuela y todo un mundo de posibilidades para estar ocupada y entablar lazos duraderos que sean lo suficientemente satisfactorios como para descubrirte a ti misma y explorar todo tu potencial creativo. Disfruta al máximo todo lo que hagas y cada una de las etapas de tu vida, pues es de todos esos momentos de los que se construye una vida plena y feliz. Tampoco caigas en el error de, por el hecho de no estar con nadie, descuidar tu aspecto personal o tu salud: tú eres lo más importante y verte bien es fundamental para sentirte internamente bien.

Esto no es una biblia, ni una norma o una ley. Las líneas escritas anteriormente son simplemente el punto de vista de una servidora, quien ya recibió las suficientes críticas por su estado civil y gracias a ellas descubrió que más allá de lo que los cánones sociales nos dicten, se puede ser feliz sin necesidad de tener un “príncipe consorte”, aún a los 30. El secreto es muy simple: haz lo que te gusta y mantente abierta a todas las posibilidades. Quizá la vida te sorprenda… cómo quiera que esto sea interpretado.

Nos leemos (o escuchamos) muy pero muy pronto…

Un fuerte abrazo a tod@s...


Gracias por seguirme:

Todos los lunes, mi columna "Desde mis ojos..." en Letra Fría | Las noticias como son
También los lunes, escúchame en "Mujer Universa" por Tiempo Logístico | La voz del comercio exterior a las 7 pm (tiempo del Centro de México)
En Facebook, busca las páginas El diván de Elena y Mujer Universa y da click en "Me gusta"
En Twitter, sigue a mi cuenta personal @elenasavalza