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domingo, 11 de diciembre de 2011

Los que sostienen mi cuento... Por Elena Savalza

Los que disfrutamos del cine o del teatro, sabemos que lo que vemos en la pantalla grande o en el escenario, por maravilloso que nos parezca, es únicamente el resultado de los grandes esfuerzos de gente que no vemos, pero que de la misma forma, cumplen un importante y destacado papel en la producción. Sin ellos, sencillamente no sería posible sacar a flote el arduo trabajo que representa la realización de un film o una puesta en escena.

En la vida, pasa exactamente lo mismo: en todas las historias existen protagonistas, víctimas, villanos, coestelares, brujas, ogros, hadas y demás personajes que hacen que nuestro cuento personal sea digno de ser contado.

En mi historia, en especial, existe gente que, incluso cuando soy villana, bruja, guerrera, heroína o princesa (Peach), están allí: retocan mi maquillaje, repasan mis diálogos, preparan mi escenario, quitan los obstáculos de mi camino y hacen que la historia tenga sus toques de magia y que la vida de la protagonista fluya tan perfecta como el guionista y Director (Dios) lo planeó…

A estas personas especiales de mi historia, dedico mi texto el día de hoy…

El jueves pasado, mientras compartía un momento muy agradable en un bar con mis amigos y los ponía en “antecedentes” del desafortunado final de una historia reciente, de la cual ya les he hablado bastante (en exceso, diría yo) en otras entradas, Richard me dijo algo:

"La duración e importancia de tus relaciones es directamente proporcional al número y a la calidad de tus entradas en el blog"

Aunque la analogía me dio mucha risa, debo confesar que el Grinch (mote cariñoso para mi amigo Richie) tiene mucha razón. Últimamente, lo mejor que he escrito se ha debido a la adrenalina y al cúmulo de emociones que han generado mis más recientes “interacciones” con el sexo opuesto. Tanto así, que hace unos días me sentía completamente incapacitada para escribir algo medianamente coherente y digno de ser publicado. Mi cerebro atolondrado solamente atinaba a generar ideas difusas, las cuáles ni siquiera podía plasmar en una hoja. Como dijera Fernie, mi Sis argentina, tenía el “síndrome de la página en blanco”.

Sin embargo, después de la “noche de anoche” todo cambió…

No es que me haya sucedido nada ni remotamente extravagante ¡para nada! Como tantas otras noches en este año y en muchos anteriores, fue un sabadito rico de Bora’s junto con mis amigos. Noche, playa y luna llena. Cerveza y Tequila (derecho), para no variar… Rock, Reggae, Ska… “Caminando”, “La Dosis Perfecta”, “El Son del Dolor”, “Verde, Amarillo y Rojo”, “Ámbar” y “Sentimiento Original”… Un vestido entallado con estampado animal (no por nada, pero se me veía divino… ¡jajajaja!) zapatos altos (que terminé abandonando) y actitud de súper fiesta, como la de tantas veces que me he querido comer al mundo en un brinco, sacudiendo la cabeza sin temor a despeinarme, cantando y gritando como si nadie me escuchara y bailando como si nadie me viera, sudando como si el maquillaje fuera completamente indeleble…

Algo sumamente superficial, en apariencia, pero que para mí, tuvo un significado mucho más profundo. En ese lugar, en ese momento y en esa situación, pude volver a ser “yo” en mi más rudimentaria expresión: sin complejos, sin ataduras negativas, sacando el estrés, la frustración y las emociones tan diversas que en días pasados habían generado algunas situaciones vividas, en las cuáles en un muy corto tiempo, volví a ver lo mejor de mí, pero también lo peor: mi “yo” Princesa de Cuento… y mi “yo” Bruja Malvada.

Y al ser de nuevo “yo”, puedo ahora regresar y reconectarme con lo que es prioritario y lo verdaderamente importante.

Días emocionalmente pesados, en los que mi corazón tuvo que dejar ir algo que por años había sido mi identidad, preparándose para recibir algo nuevo y mucho mejor. Equivocando el proceso, tropezando en el intento, pero saliendo airosa después de unos cuantos gritos, discusiones sin sentido y lágrimas inútiles…

Y es allí, cuando volteo a mí alrededor y me doy cuenta de que lo importante y lo valioso de mi vida lo tengo al alcance de mis brazos. Que no importa cuántas veces tenga que caer, levantarme y reinventarme, siempre tendré quien sostenga las piezas de mi propio rompecabezas, en tanto yo encuentro cómo embonarlas.

Este ha sido uno de los años más complicados para mí en el ámbito personal. Desde que comenzó, ha estado lleno de cambios, de altas y bajas, de gente que se fue, de gente que llegó, de situaciones distintas y de retos nuevos que han puesto a prueba la fortaleza de mi carácter. Pero ha sido también un año de grandes lecciones de vida, no solamente propias, si no de la gente que ha estado a mi alrededor.

2011 ha sido el año del “Let it go…” (Déjalo ir…) Es impresionante la cantidad de cosas, personas y situaciones que he tenido que dejar marchar y aun así, pareciera que no acabo…

Por eso, a sólo unos días de que el año termine, me resulta completamente necesario hacer un inventario de mis bendiciones, porque es con ellas con quienes quiero comenzar 2012, el cual, declaro desde ahorita, debe ser el año del “Welcome” (Bienvenido).

Tengo una enorme familia, lo sé… Tengo hermanos y hermanas a los que adoro y me adoran, tengo papá, mamá, tíos, primos y sobrinos. Sé que me han amado desde que nací y será así toda la vida, porque son mi familia… Y eso es lo que hacen las familias: amarse y apoyarse.

Sin embargo, hoy quiero reconocer a aquella “familia” que nació en un lugar distinto al mío, que creció en un hogar diferente y que, el paso del tiempo, Dios y el destino, hizo que vinieran a mi vida: mis amigos.

Porque muchos hombres, situaciones y momentos llegan a tu vida y así mismo, se van los que se tienen que ir, pero en ese proceso, quienes verdaderamente permanecen a tu lado incondicionalmente son tus verdaderos amigos…

Gracias a ustedes, que me han visto llorar por estupideces y que me han devuelto al piso cuando lo he perdido…

Gracias porque a pesar del tiempo y, en algunos casos, la distancia física, siempre están para mí…

Gracias porque forman parte importante de mi equilibrio personal…

Gracias porque no importa cuántas veces les falle, siempre están allí…

Gracias por los momentos en que me han dicho lo que quiero escuchar; pero más, por los que me han dicho lo que me niego a admitir…

Gracias a los que se han quedado escuchando mis rollos hasta las 2 de la madrugada o los que han tomado el teléfono a la mínima sospecha de que algo pudiera andar mal…

Gracias por las chelas, los abrazos, los regaños, las parrandas, los cafés y las vistas en la playa…

Gracias porque sé que si el barco se hundiera, ustedes aventarían de inmediato el salvavidas para que yo no me ahogara…

Gracias por las eternas charlas en el chat, a miles de kilómetros de distancia o a unas cuántas calles…

Gracias por recordarme que no todo está escrito…

Gracias por haberme elegido para formar parte de sus vidas…

Gracias porque sin ustedes, Elena sería menos Elena…

Y sí, 2012 será un nuevo año. Un año en el que cosas buenas y situaciones favorables llegarán a mi vida. Espero también, tener el enorme honor de compartirlas con ustedes…

Habrá más cuentos, más historias y más protagonistas (gracias a ellos también, por cierto) pero sé que ustedes estarán allí, se vaya quien se vaya…

Sería injusto y poco objetivo hacer una lista de todos, pero creo que, sin decírselo, saben perfectamente a quiénes me refiero…

Gracias de nuevo y los quiero mucho….

Being me again!

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domingo, 20 de noviembre de 2011

De los "Amigos con Derecho" y otros Monstruos... Por Elena Savalza

La verdad es que ya extrañaba esa adrenalina. Hacía meses que no les contaba alguna aventura loca, simplemente porque no la había tenido.  Lo único que pasó fue que me clavé tanto en mi trabajo que no tuve ninguna noche digna de resumirse en 4 páginas tamaño carta… hasta este viernes.

Resulta que estaba viviendo una feliz y tranquila historia con un chico que recién se me cruzó en el camino. La forma en que lo conocí fue un tanto peculiar: un día recibí una solicitud de amistad de un desconocido que tenía varios amigos en común conmigo, entre ellos, Ámbar. Al ver su perfil, antes de admitirlo, le pregunté a ella quién era, a lo cual me respondió que era un amigo de su novio, que era “buena onda” y que lo admitiera.

Habiéndolo admitido, un día, él entabla comunicación conmigo dejándome un mensaje para invitarme a salir con otro grupo de amigos. Yo respondí diciendo que no podía (lo cual era verdad, porque cuando lo leí, no me encontraba en Manzanillo) y que sería en otra ocasión. Debo confesar que me intrigó ese chico que, de una forma tan desfachatada, para mi gusto, me invitó a salir sin siquiera una presentación previa.

Así seguimos teniendo comunicación esporádica por el chat, mientras yo hacía gala de mis malos modales y de todo lo nefasta que puedo ser para tratar a las personas cuando me pongo mi coraza de autodefensa y de sarcasmo.

En uno de tantos días, en los que al iniciar una conversación conmigo yo estaba de buen humor (cosa que no es tan difícil, sólo que él, en particular, no había tenido mucha suerte con eso) me invitó a salir para conocernos y yo acepté.

En cuanto lo vi, supe que me gustaba. Realmente me sentí muy cómoda con él y me la pasé increíble desde las primeras horas que pasamos juntos. Puedo decir que, a pesar del extraño comienzo, estos últimos días fueron de los más felices que recuerdo en mi historia reciente.  

Todo marchaba sobre ruedas porque, desde un inicio, dejamos en claro que lo nuestro sería “sin compromisos”, es decir, seriamos “amigos con derechos”, con todo lo que eso implica. Realmente, nunca supe si quería de verdad una relación así, pero en ese instante me pareció divertido y simplemente decidí relajarme y aceptar lo que la vida me estaba poniendo enfrente.

Así que, estando claras las reglas del juego, la relación (o como fuera que se llamara lo que tuvimos) caminó de lo más relajada. Era como estar con un amigo que sabía que, dijera lo que dijera o hiciera lo que hiciera, me aceptaría con todo y mis defectos. Fuera presiones, fuera miedos, fuera máscaras. No había que quedar bien, ni había que esforzarse demasiado por esconder mi lado oscuro, porque realmente no importaba mucho que él tuviera una buena o mala opinión sobre mí. Finalmente, sabía que había una fecha de caducidad muy próxima y lo que importaba era vivir el momento, porque quizá mañana no lo volvería a ver.

En los pocos días que convivimos, pude darme cuenta de algunas cosas de él que me gustaron: por ejemplo, su USB estaba repleta de buena música (que no me alcanzó a compartir); hablaba muchísimo más que yo (¡y miren que eso no es tan fácil!), pero también era bueno escuchando, por lo cual siempre había algo divertido e interesante qué platicar; le encantaban las películas rositas (como a mí) y, además,  nunca había conocido a nadie tan puntual, que me avisara con suficiente anticipación si se retrasaría en llegar por mí, aunque solamente fueran 10 minutos. Obvio, hubo muchas más, pero no podría mencionarlas todas aquí...

Pero… (¿Por qué, cuando empiezas a pasarla bien, siempre hay un “pero”?) desde la primera semana, las “piedras en el camino” comenzaron a aparecer. A los pocos días de salir con él me entero de que, antes de conocerme, también conoció a una de mis mejores amigas y, de alguna forma, se tejió entre ellos una historia previa que no pasó a mayores, pero que originó cierta fricción en mi grupo. Como personas adultas y sensatas que solemos ser (la mayoría de las veces), pudimos arreglar nuestras diferencias y, digamos, que recibí “banderazo” por parte de mi amiga para continuar con esta naciente historia de... (¿Nada?) Bueno, dejémoslo en “historia”.

Sin embargo, unos días después, dos de mis peores defectos (aunque bien podrían resumirse en uno solo) afloraron en la misma noche: el egocentrismo y el tremendo disgusto que me provoca el sentirme rechazada. Y ustedes son testigos de lo mucho que he luchado contra ese defecto, por todas las broncas que me ha causado en mis relaciones con las personas, en general, pero esta vez, tampoco pude evitarlo.

El viernes, desde muy temprano, le envié un mensaje para invitarlo YO a salir por la noche. Me contestó diciendo que no sabía si se quedaría en Manzanillo y que después me confirmaba, a lo que respondí con un tajante “si no puedes, lo dejamos para después”. Él trató de minimizar la situación y terminé riéndome de mi respuesta, argumentando que tenía SPM (Síndrome Pre-Menstrual).

Transcurrió el día y, por la tarde, me llamó para preguntarme qué haría por la noche. Realmente, no tenía ningún plan concreto porque, en el fondo, esperaba verlo a él, pero sí había algunas actividades alternativas, así que le hablé del plan A, B y C.

Entonces me contesta: “Me voy a dormir un rato, así que si quieres, continúa con tus planes y si sale algo te llamo más tarde para ver en donde estás.  Yo voy a salir con mi amigo…”. O sea, él era plan A para mí, pero definitivamente, yo  no tenía el mismo orden alfabético en su lista de prioridades. Por algo dicen que “no debes tratar como prioridad a quien te trata como opción”.

Colgué la llamada, molesta, porque me enfurecen las medias tintas. Es SI o es NO, pero no es un “a ver si se me antoja”. Además, me cuesta un tremendo trabajo decirle a alguien “quiero verte”, por lo que, si ese alguien me rechaza, corrobora mi percepción personal de que es un tremendo error mostrarse vulnerable. Y lo que es peor, estando “claras” las reglas, sabía que no me podía enojar por eso, porque teóricamente yo no podía exigir nada… lo cual me molestaba aún más.

Estaba digiriendo mi molestia cuando, unos minutos más, hace su flamante aparición un tipo que hacía varias semanas había dejado de ver, pero a quien se me “olvidó” avisarle que ya no quería verlo. Me llama y me pregunta que “por qué lo tenía tan abandonado” y que si no quería verlo esa noche.

Pregunta: ¿Qué harías tú sí, de pronto, el chico con el que verdaderamente querías estar te manda a volar (o te deja en stand by, para que no se escuche tan feo) y, de inmediato, se te aparece en la pantalla de tu teléfono la “opción” de sacar a un clavo con otro?

Pues sí, lo admito. Mi primera respuesta fue decirle que lo veía esa misma noche, un poco más tarde. Sin embargo, reflexiono y me doy cuenta de que lo único que me movía a estar con “el otro”, era que el primero me había rechazado, lo cual no era una buena razón para pasar la noche con nadie. Sabía que, de haberlo tomado, la mañana del sábado mi resaca hubiera sido mucho peor de la que tuve.

Entonces llamo a mis amigos y me pongo en sus manos. Estando con ellos, en especial con Chuy, con Ricardo y con Arali, no cometería tremenda estupidez.

Lo primero que me encuentro al llegar es que, el amigo con el que supuestamente él saldría, estaba allí, con mis otros amigos, por lo cual asumí que me había mentido y mi coraje creció. Pero, bastaron solamente unas cuantas palabrotas dichas en el hombro de Chuy para que me sintiera mejor (esa es una de las mejores cualidades de mi hermanito Chuy: sabe cómo ponerme en mi lugar y “bajarme los humos” de inmediato).

Después de un rato, mi chico en cuestión se aparece, mientras yo me aferraba al abrazo de Chuy. Me saluda como a cualquier desconocida y, mientras Chuy intenta soltarme para “cederle el espacio”, yo lo abrazo más fuerte y le digo “No me sueltes, él no está aquí por mí. Si hubiera querido verme, me habría llamado y no lo hizo”.

Transcurre la noche, nos vamos a un bar y yo, en la misma actitud de “no viene conmigo” y “es uno más de la bola”, seguía divirtiéndome, tratando de ignorar su presencia en la mesa, mientras “el otro” seguía mandándome mensajes pidiéndome vernos.

Llega un momento en que se va del bar. La verdad es que, en mi interior, esperaba que me dijera “vente conmigo”, pero no sucedió… Así que lo vi irse, mientras ponía la misma cara de idiota de la cual ya les he platicado en otras ocasiones, tratando de entender qué estaba pasando.

Supongo que Ricardo adivinó mi siguiente pasó, porque me quitó mi celular… pero fue completamente inútil, ya que me empeñé en recuperarlo de inmediato (cuando me pongo necia, no hay quien pueda conmigo).

En cuanto se va, me meto al baño y le marco, reclamándole que se hubiera ido (un cerebro alcoholizado no sabe de lógica, lo siento). Realmente, no entendí muy bien qué fue lo que me contestó porque la música no me dejó escuchar, pero sé, por su tono de voz, que no fue algo muy dulce que digamos.

Enojada, le marco “al otro”, quien seguía “calientito y en la banca”, completamente disponible para ingresar a la cancha y, por si fuera poco, muy cerca del bar donde yo estaba por lo que, antes de que yo terminara de tronar los dedos, ya tenía la tarjeta de cambio lista, solamente esperando que el árbitro diera la instrucción para realizar el movimiento (Ni se nota cuánto me gusta el futbol ¿verdad?).

Salí, lo saludé y le dije que en un momento nos iríamos juntos. Pero de nuevo, Ricardo me detuvo y me tardé más de lo esperado en volver a salir. Cuando salgo, a pesar de los esfuerzos de Richie por convencerme de que me quedara, “el otro” aún seguía esperándome…

Sin embargo, llegado el momento clave, no me pude ir con él. Fue como si toda la cordura que me faltó durante la noche, me hubiera llegado de golpe en ese instante y algo dentro de mi dijera “esto no está bien, realmente tú no quieres irte con él, no seas idiota”.  Me alejé lo más rápido que pude, enojada conmigo, por mi estúpida reacción de sentimentalismo y sensatez que me invadieron en el último minuto, no sin que antes me alcanzara otro de mis amigos (SU amigo) insistiendo en llevarme a casa y en que YO era quien la había regado.

Llegando a casa, decido que eso de los “amigos con derecho” y las relaciones sin compromiso, simplemente no era mi fuerte, por lo menos, no con él: realmente me gustaba y comenzaba a desear cosas que sabía que no podía tener, entre otras, que se quedara conmigo. Así que le envié un mensaje disculpándome por la escena de la llamada y diciéndole que lo mejor era que dejáramos las cosas como estaban, porque había entendido que no sabía cómo manejarlo. Me respondió deseándome una “linda vida”… Y se terminó tan rápido como inició...

Mientras tanto “el otro”, me llama súper enojado (con sobrada razón) porque lo dejé esperando en la entrada del bar. Me dijo que estaba cansado de que lo llamara nada más cuando a mí se me antojara y que el mundo no giraba a mi alrededor (estoy segura de que no es la primera vez que escucho eso), pero que, lo de haberlo dejado esperándome como idiota fuera del bar, era mucho más de lo que él le podía permitir a ninguna mujer.

Me disculpé (también con él) y le dije que no tenía la menor intención de pasar ni esa, ni ninguna otra noche más con él y que no estaba en condiciones de explicar mi conducta, pero que consideraba que, lo mejor, era ya no vernos. A juzgar por su mensaje del sábado por la noche, donde volvía a pedir verme, creo que no quedó del todo convencido, pero de la misma forma, ya no daré marcha atrás.

Mientras escribía esto, pensé en que un buen título para esta entrada bien pudo haber sido “Cómo perder a dos hombres en la misma noche”, pero entiendo que, para haber perdido algo, primero debería haberlo tenido. La realidad, es que nunca tuve NADA.

Pero, como dice el sabio refrán “Cuando pierdas, nunca pierdas la lección”, así que aquí va el resumen de lo aprendido esa noche:

1.        Nunca, bajo ninguna circunstancia, mezcles vodka con cerveza, sobre todo si estás molesta y tienes cólicos menstruales.

2.       Cuando un verdadero amigo te quita el celular y se lo guarda en la bolsa derecha de su pantalón, déjalo allí… está mejor que en tus manos.

3.       Jamás, jamás, pero JAMÁS llames a un chico porque estés enojada con otro. No es justo para ninguno de ellos… y mucho menos, para ti.

4.       Nunca comiences “nada” sin concluir historias anteriores. Así sea solamente una relación de “amigos con derecho”, cada etapa de la vida por corta que sea, merece tener bien marcado su inicio y su final (“Enfoque a Procesos”, Elena ¡Por Dios!).

5.       Decide lo que necesites y no aceptes menos. A veces es bueno detenerse a esperar, porque si nunca dejamos de movernos, las cosas más valiosas de la vida, las que llegan solas, quizá no puedan alcanzarnos.

6.       En cualquier caso, el orgullo y el egocentrismo son pésimos consejeros… pero cuando les das un poco de alcohol, pueden ser tus peores enemigos.

7.       Tener un “amigo con derecho” requiere inmunizar a tu corazón para no sentir. Si sabes que el tuyo no tiene sus vacunas al día, mejor no juegues con fuego, porque resultarás quemada.

8.       También se puede aprender de las historias cortas y Dios siempre te manda a la gente por algo. Disfruta y déjate llevar. Al final, aunque sea por poco tiempo, habrá valido la pena.

9.       Si tienes excelentes amigos que hacen lo posible por evitarte un frentazo, no arruines sus esfuerzos haciendo siempre lo que te viene en gana y, de vez en cuando, acepta que te puedes equivocar.

10.    Recuerda que “Dios no hace huevos al gusto, no endereza jorobados y no sirve desayunos en la cama”. Si tienes ganas de un café, muévete y ve por él: así funciona la vida.

¡Nos escribimos pronto y gracias por seguirnos leyendo!

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miércoles, 24 de agosto de 2011

Felizmente "chingona"... Por Elena Savalza

Hace unos días, cumplí 29 años…

Independientemente de que lo anuncié todo el mes de agosto y de que a nadie en absoluto podía pasarle desapercibido mi cumpleaños, puesto que, según me dijo un amigo “hice más publicidad que para los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011”, me dio muchísimo gusto recibir todos los mensajes positivos en mi muro, en mi twitter, por Messenger, por celular y hasta una que otra llamada; sin contar, por supuesto, con lo genial que estuvo mi festejo que duró 3 días…

Pero, no es del maratón de cumpleaños (que por cierto fue bastante divertido)  de lo que quiero platicarles hoy.

En una de tantas “felicitaciones”, hubo en particular un comentario que me llamó la atención: haciendo alusión a mis “casi 30” y a la frescura con la cual todavía digo mi edad sin pudor alguno (¡Ah! Porque deben saber, que hay quienes consideran que debería comenzar a quitarme los años o a “des-cumplirlos”, como si no me hubiera costado trabajo llegar aquí…), alguien me preguntó, al felicitarme, que si me pensaba quedar “solterona”.

Con mi habitual cinismo (que es una de las cosas que, con los años, si no desaparece, se acentúa), contesté que nunca había escuchado a nadie llamar a las casadas “casadonas”, a las divorciadas “divorciadonas” y a las viudas “viudonas”.

Intrigada con el tema, el mismo día de mi cumpleaños, hice una “consulta ciudadana” (muy de moda en épocas pre-electorales) sobre estos términos.

De inmediato, muchas mujeres inteligentes que, Gracias a Dios, han estado en mi vida recientemente, comenzaron a comentar sobre este tema y concluimos que estábamos en la “mejor edad”.

El fin de semana llegó y con él, la fiesta el viernes en el “Santo Mezcal”, donde tuve el honor de compartir grandes momentos con Ricardo, además de varias “mujeres chingonas” como Yecko, Zahamara, Colima, Edit y Ámbar.

Y después vino el sábado, en mi querido y favorito “Bora’s Bar”, donde me hicieron el favor de acompañarme también Ricardo, Ámbar, Gustavo, Edgar, Gerardo, Olga y Guillermo, además de recibir la visita de varios amigos a felicitarme, aunque no se quedaran en mi mesa.

Como “cerecita del pastel”, contamos también con la presencia en el lugar (ni modo, es público) de cierto personaje camaleónico, del cual no había vuelto a saber nada desde el día del cumpleaños de Ámbar, con la historia de “terror” por todos ustedes conocida…

¿Y saben qué? Lejos de lo que pude haber pensado, lejos de importarme, lejos de molestarme o de dolerme, lo disfruté…

¡Sí! Disfruté su mirada, un tanto incrédula, de verme enfundada en unos mini shorts y una blusa blanca con escote sexy, unos tacones altos y un sombrerito cool que la verdad, me hacía sentir como reina. Además, bailé y canté como nunca, me tomé varios tequilas (¡hasta me subí a brincotear a una silla!) y me divertí horrores; por lo que no creo que ni una pizca de arrepentimiento, nostalgia o las dos, haya asomado a mi rostro que jamás perdió su sonrisa enorme, ni por equivocación.

Creo que con nada pagaría, su cara de idiota arrepentido, que me veía con ojos de “la tuve y la dejé ir”… o por lo menos, eso quise pensar. Lo que sí sé, es que si algo opinó de mí ese día, al verme a tan sólo unos pasos de él,  seguramente no fue algo como “Pobrecita: ¡cuánta falta le hago!”

Me sentía más que genial. Una verdadera chingona…

Como ya es costumbre, tomamos muchas fotografías y en cuanto pude, las subí a mi perfil de Facebook.

Como caídos del cielo y más que en ningún álbum que haya publicado antes, me empezaron a “llover” piropos y comentarios favorables y hasta un tanto atrevidos, sobre mi look cumpleañero y sobre lo bien que me veía en las fotos, según la opinión pública, lo cual agradezco bastante, pues nunca están de más las “muestras públicas de admiración”, sobre todo para una leona vanidosa y adicta a los reflectores, como su servidora…

Pero entonces, al ver de nuevo yo misma las fotografías publicadas, lo entendí:

No fue mi notoria disminución de peso (que si bien ya se percibe, aún falta), no fue mi semana en el spinning, no fue mi reciente corte de cabello o mi retoque en el tinte, negro como siempre.

Tampoco fue la falda de mezclilla, la blusa negra… o el micro short y blusa blanca, el sombrerito o el maquillaje.

Lo que vi en esas fotografías, no fue el exterior de Elena: por primera vez, en mucho tiempo, reconocí en su interior a una mujer “chingona”.

¿Cómo la reconocí? Muy sencillo y al mismo tiempo, difícil; porque no basta con que la “opinión pública” lo diga y mucho menos, con verte diariamente al espejo.

La reconocí, porque he vivido en ese cuerpo 29 años y nunca le vi más celulitis, ni más estrías. Nunca me preocupé tanto como hoy por la crema para el contorno de ojos, el gel reafirmante nocturno, la crema con colágeno de día, el bloqueador solar, el aceite de almendras para la piel, las mancuernas para la flacidez inevitable que algún día tendrán mis brazos, o los beneficios del ejercicio y dieta sana; y, a pesar de eso, tener la plena consciencia de que no engañaré al paso del tiempo…

Reconocí en mí a la mujer “chingona”, viendo su expresión; que es la de una mujer que ahora, escucha la experiencia de las que le antecedieron y reconoce lo mucho que tiene que aprenderles.

La reconocí, porque recordé todos los frentazos que me di en todos los aspectos: laboral, familiar y personal, cuando creía que podía comerme al mundo sin consecuencias y actué irresponsablemente.

La reconocí, en la cantidad de veces que lloré por estupideces y me enojé por cosas que no valían la pena y que tampoco, podía cambiar.

La reconocí, en todos los errores cometidos, en los besos no dados, en los “te quiero” no dichos, en las disculpas no ofrecidas… en todo lo que nunca dije o nunca hice.

La reconocí en mis miedos, en mis angustias y en mis preocupaciones por cosas insignificantes.

Entonces entendí, que muchas veces gastamos la mayor parte de los 20’s  pensando que nos veremos eternamente como muñecas y creyendo que el cómo nos veamos físicamente es lo más importante, por lo cual nos perdemos de la grandiosa dicha de envejecer con dignidad, convirtiéndonos al final de los años en una triste caricatura de lo que algún día fuimos en años mejores.

Pero la edad, además de las primeras arrugas, de la inevitable celulitis y estrías, del aumento de la grasa corporal, de la piel manchada y las carnes “fuera de lugar”, también te da algo más: la invaluable oportunidad de aprender de tus errores y de cultivar tu mente y tu espíritu.

Ahora, a mis casi 30, ya me equivoqué mucho… pero sé que tengo una larga vida para no repetir los mismos errores.

Ya soñé con imposibles y los perseguí sin éxito, en algunos casos. Sé que quizá me vuelva a pasar, pero ya no me asusta, porque el tiempo no ha pasado en vano en mi cuerpo, pero tampoco por mi corazón.

Hoy, puedo no saber del todo lo que quiero, pero me queda bastante claro lo que no quiero. Valoro lo más importante que tengo y no me preocupo por lo demás, porque sé que Dios quita de mi camino todo aquello que no aporta nada para mi crecimiento y bienestar, ya sean cosas, personas o situaciones.

Aun así, no he llegado: me falta mucho camino por recorrer y muchas cosas buenas por hacer, pero definitivamente, creo que he tenido una muy buena vida y tengo muchos motivos para estar agradecida con Dios.

No soy “Felizmente casada”, como se supone, según muchos, debería ser. De hecho, me cuesta mucho trabajo imaginar ese final para mí. En mi futuro veo viajes, veo estudio, veo libros, veo muchos amigos: pero me cuesta mucho trabajo imaginarme con un marido… (¡Ups!). No lo descarto, solamente que no pasa por mi mente… Y dicen por allí que “lo que pasa por tu mente, pasa por tu vida.”

Lo que sí sé, es que hoy soy “felizmente yo”, “felizmente soltera” o “felizmente solterona”, si algunos quieren llamarlo así…

Y esa felicidad viene, de la tranquilidad de estar en el lugar y en el momento correcto, haciendo lo que me gusta y disfrutando cada cosa que hago sin importar si está o no, dentro de los “cánones” socialmente aceptados.

Creo que, a estas alturas, teniendo la oportunidad de conocer y compartir vivencias con tantas chicas como yo, gracias a este espacio, me doy cuenta que deberíamos inventar un nuevo estado civil: ni divorcio, ni matrimonio, ni viudez, ni soltería…

Estado Civil: “Chingonería”…

Sí, esa chingonería que define a la mujer que está contenta con lo que hace, con lo que tiene y con su forma de vivir. Que ambiciona, que sueña, que siente, que vive intensamente y que aporta a su entorno cosas positivas… sin importar si hay o no, una pareja a su lado, porque ella es…

Sólo por ser mujer…

Por lo tanto, hoy me declaro, en estos términos y con el derecho que mi autonomía me asiste…

… Felizmente “chingona”…

Dedicado a todas las mujeres chingonas que abundan (¡Gracias a Dios!) en mi vida…
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lunes, 15 de agosto de 2011

Cumpleaños... Por Elena Savalza

Alguna vez alguien me preguntó, cual era el cumpleaños que más recordaba: sin dudarlo, contesté que mi cumpleaños número 6, el cual, siempre consideraré como uno de los mejores…
Ese día, estaba en casa festejando con mi familia. Fue un jueves 18 de agosto de 1988. Mis hermanas mayores, Marina y Silvia, estaban haciendo y decorando un pastel para mi. Era de color rosa, tenía lunetas de colores por todos lados y con palillos, sujetaron un letrero que decía “Felicidades Gorda” (bueno, el letrero no me hizo de lo más feliz, lo confieso).
No hay nada que a una niña de 6 años, le cause mayor ilusión que tener a su familia y amiguitos juntos y completos. Sin embargo, esa tarde Dios tendría reservada para mí, una grandiosa sorpresa:
De pronto mi mamá desapareció de la escena y mi papá también. Desde que recuerdo, mi mamá fue rellenita, por lo cual, yo no me percaté meses anteriores, de nada extraño, y supongo que mi hermana Isabel, de entonces 4 años, tampoco.
Cuando Isa y yo notamos la desaparición de mis papás, comenzamos a preguntar por ellos a mis hermanas mayores. “Mi mamá se fue al Seguro”, contestó alguna de ellas.
Entre el alboroto por la fiesta y el pastel, ninguno notamos la ausencia de Isabel. Más tarde, nos dimos cuenta y comenzamos a buscarla. La encontramos afuera de la clínica del IMSS, buscando a mi mamá, pero ella ya no estaba.
Ni Isa ni yo, entendimos por qué mi mamá no estaba y supongo que mis hermanas mayores tuvieron que hacer grandes esfuerzos por controlar nuestra ansiedad esa noche.
Al día siguiente, regresó mi papá. Cuando le pregunté por mi mamá, me contestó:
-          Está en Guadalajara, pero te traerá un gran regalo…
Me emocioné. ¿A cuál niño no le gustan los regalos? Pensé que sería algún juguete novedoso y no dejé de hablar de ello todo el fin de semana, hasta que una de mis hermanas dijo: “el regalo es un bebé”.
Isa y yo, primero no lo creímos. Nunca intuimos que mi mamá estaba embarazada de nuevo, porque como les comento, ella siempre fue llenita, así que no lo notamos. Después, nos pusimos celosas y planeamos toda clase de “atrocidades” para ese bebé que no conocíamos y no queríamos que invadiera nuestro espacio. Imaginamos desde tirarlo a la basura hasta dejarlo en el patio trasero, por decir lo menos.
El domingo por la mañana, Isabel y yo nos fuimos a jugar a casa de una vecina, a la vuelta de la casa en la que entonces vivíamos en Tecolotlán, Jalisco.
Antes de medio día, uno de mis hermanos fue por nosotros, diciéndonos que mi mamá y mi papá habían llegado ya.
Corrimos a la casa para verlos. Entonces lo vi: era el bebé más hermoso que en mi corta vida yo había conocido y sigue siendo el bebé más hermoso que recuerdo a mis casi 29 años. Se llama David y es mi hermano.

Hoy, después de 23 años de ser “mi regalo de cumpleaños”, sé que no hay absolutamente nada en este mundo que yo no haría por él y por siempre, me he considerado la persona más afortunada del mundo, por haber sido parte de esa coincidencia. Desde entonces, sé que mis cumpleaños siempre tienen algo de magia…
Sin embargo, a 3 días de cumplir 29, considero que este, también será un cumpleaños trascendente.
Los últimos  362 días de mi vida, han sido particularmente raros, pero no me cambiaría por nadie ahora…
En este último año, gané un ángel en el cielo (ya tengo 2). Gané amigos, gané experiencia, gané y perdí un trabajo, descubrí una nueva pasión, conocí muchos lugares, muchas personas…
Nunca como en ningún otro año, había dormido bajo tantos cielos distintos. Sacando cuentas, este año he despertado en 9 ciudades diferentes, he recorrido muchas más distancias que en los últimos 10, tanto por tierra como por aire.
He besado algunos sapos y príncipes, he llorado varias veces y me he reído muchas más.
Me reencontré con el amor de mi vida, para perderlo de nuevo y darme cuenta de que algunas cosas nunca serán como las espero, pero que ningún camino andado puede ser en vano.
Hace meses, en su cumpleaños, Ámbar escribió sobre “La crisis de los 30”. http://mujeresymonstruos.blogspot.com/2011/06/la-crisis-de-los-30-por-ambar-s.html
Hoy, al cerrar el último año de mis 20’s, me considero verdaderamente afortunada y feliz, por llegar aquí y por las cosas que he hecho, pero sobre todo, porque sé que no soy todavía “producto terminado”.
Estoy orgullosa de romper prototipos, de hablar sin censura, de participar en proyectos importantes, de la buena y la mala fama, de los kilos ganados y perdidos, de la independencia ganada, de los sueños por cumplir y de las nuevas metas, porque aún hay muchas.
Soy más consciente de las sillas vacías a mí alrededor, de la gente que estuvo en mi vida y ya no está, de los que son insustituibles y siempre llevaré en mi corazón, así como de quienes solamente pasaron sin dejar huella profunda. Soy consciente de lo que he aportado, de lo que me falta aportar a este mundo, del que no me quiero marchar sin haberle regresado un poquito de lo mucho que me dio.
Hoy sé lo que verdaderamente importa y, aunque he convocado a medio mundo a festejar conmigo, la realidad es que mi corazón está de fiesta desde el primer día de este mes y desde siempre, porque simplemente sé que cada día que Dios me da la oportunidad de vivir, es un maravilloso regalo que el jueves, se coronará con 29 velitas, que espero que no incendien mi pastel de zanahoria (¡es mi favorito!).

También me enorgullecen las lágrimas derramadas, los sueños frustrados, las veces que se me rompió el corazón, los errores cometidos y las batallas perdidas, porque han sido esos, los momentos que mayor enseñanza han dejado en mi vida.
Sé que el nuevo año, viene con muchas sorpresas más para mí y entre las muchas de las bendiciones que tengo (salud, familia, amigos, trabajo), cuento también con la bendición de NO CONFORMARME.
No envejeces al cumplir años, envejeces cada que tu corazón y tu mente te dicen “no puedo”…
Les agradezco muchísimo el haber formado parte de mi vida en estos meses y les agradezco infinitamente, el seguirnos leyendo…
¡Que Dios los bendiga!

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domingo, 17 de abril de 2011

"Princess Having Fun!"... ¡por eso adoro el Boras!... Por Elena Savalza

Hola a todos, quiero informarles que a lo largo de estos meses en los que los hemos hecho partícipes de nuestras travesuras, penas, decepciones y también de muchas alegrías, hemos aprendido  una valiosa lección: los buenos momentos, si bien pueden ser muchos, también son demasiado cortos, así que hay que documentarlos y compartirlos, para hacerlos más duraderos.
En un principio, pensamos en tomar solamente la típica fotografía facebookera (sí, la auto foto, que sale toda fuera de marco, pero normalmente con tu mejor sonrisa). Pero creo, que algunas cosas valen la pena ser contadas.
Con esta idea en la cabeza, es que comenzamos esta crónica de lo acontecido el fin de semana que por cierto, estuvo lleno de fiesta, sorpresas y diversión…
Viernes por la noche:
Wendy, desde la Guadalajara Hermosa, estaba padeciendo tremenda depre sapera, la cual era consolada a larga distancia vía nextel (¡Bendito Dios por la tecnología!), por Ámbar. Dicha crónica se define ampliamente en la entrada Decisiones del Corazón.
Ámbar, desde el bello puerto de Manzanillo, había declarado desde temprana hora su elección por “hurañear” y quedarse en casa, para descansar de una ajetreada semana de trabajo. Dicho sea de paso, esto ayudó bastante para que pudiera apoyar a Wendy en sus momentos difíciles.
Elena (esa soy yo), la Princesa Rebelde, también en Manzanillo, tenía su compromiso con la socialité por cuestiones de trabajo, el cual era ineludible. Sin embargo, sabedora de que “mientras más corriente más ambiente”, se deshizo en cuánto pudo y cómo pudo de cumplir con dicha representación, para asistir a la fiesta de cumpleaños de Arali.
Al llegar a la fiesta, fue un gustazo enorme encontrarme con mis antiguos compañeros de trabajo y muchos amigos queridos. No hay forma de verlos sin que recuerde todos los buenos momentos y realmente, a pesar de que hace más de un año que no convivo con ellos diariamente y de que algunos se van y otros llegan, sigo sintiéndome en ese lugar, como si estuviera en casa.
Transcurría la noche con un asado riquísimo, entre bromas, cervezas, Malibú y frases célebres y memorables que en antaño hicieran nuestros días de trabajo más llevaderos. De pronto, me acerco al asador y veo un chico que hasta ese momento, era para mí un completo desconocido, el cual sin embargo, mostraba muchas atenciones conmigo.
Arali, se percata de que interactuaba con el desconocido en cuestión, cuando haciendo gala de sus dotes de anfitriona, me presenta con él.
Pronto comenzaría la hora del baile. Debo confesar que tengo 2 pies izquierdos y que bailar definitivamente no es mi hit (aunque por mi espíritu fiestero todo mundo piensa lo contrario).  Sin embargo, el desconocido en cuestión (que en ese momento ya sabía su nombre), se ofreció cortésmente a enseñarme todos los pasos de la quebradita.
Así que, aprovechando a mi maestro gratis de baile, comienzo a bailar con el Principito (lo llamaremos así por el momento), al principio asustada por sus pasos y quebradas extravagantes, pero después bastante confiada, pues sus brazos, su espalda y su estatura, eran más que suficientes para que yo no tuviera peligro de caer al piso en el intento por aprender a bailar.
En eso, el Principito pasa de ser “atento” a ser… digamos… un Sapo depredador. ¡Sí!... el niño comienza a hacerme preguntas ligueras (ya saben, el “estudias o trabajas” o el “tienes novio”, etc.). Percatándome de esto, no puedo evitar seguirle el juego y comenzar a coquetear con él (Lo siento, mi mujer sapo es demasiado fuerte aún en mi personalidad).
Avanzaba la noche entre la insistencia del Principito y las miradas protectoras (y hasta un tanto celosas) de mi querido amigo y casi hermano Chuy que a cada momento volteaba a ver cómo el niño me abrazaba mientras bailaba y de cuando en cuando se acercaba a preguntarme si estaba bien o en qué momento quería que me lo espantara (siempre cuidándome mi amiguito, por eso lo adoro).
En un momento, se termina la cerveza y nos toca ir por más. El Principito hace la “movida maestra” de arreglar que yo me fuera con él en el asiento trasero del coche. Yo hago como que no me doy cuenta y me voy con los chavos por más cerveza. En el trayecto, comenzamos a cantar y el Principito comenzó a ponerse romántico, cantarme al oído, etc., mientras el otro chico que iba con nosotros, hacía su parte también preguntándome si podía llamarme entre semana.
Cuando ambos me enfadan, les digo:
-          A ver Mis amores, antes de continuar de Don Juanes conmigo, muéstrenme sus credenciales de elector, necesito saber sus fechas de nacimiento para erradicar cualquier cargo de conciencia.
Ambos sacan sus credenciales. El chico que venía conduciendo ostentaba en su fecha de nacimiento el año 1987. “Es un nene” pensé. Pero, mi sorpresa vendría cuando el Principito saca su credencial y leo su año de nacimiento: 1991.
¡Sí! En un momento me estaba convirtiendo en una harpía asaltante de cunas…
Le comento, con la mayor sutileza posible, lo siguiente:
-          Mi vida, para mí es un halago que un niño tan lindo como tú, esté tratando de conquistarme por el motivo que sea. Pero, ubícate por favor… ¡Te llevo casi 10 años!
-          ¡A mí no me importa! – me contesta enojado el Principito – Te aseguro que si me das la oportunidad, no vas a arrepentirte… Sé hacer muchas cosas que te harán sentir muy bien…
Demasiado tentador… Imaginen mi cara de buitre al ver a un chavito bastante bien formadito, con la energía de un adolescente… prometiéndome cosas que me harían sentir muy bien…
Sin embargo, decidí no tentar al destino. Contra todos los pronósticos y la oportunidad de un “encuentro fácil”, le pedí a Chuy que me llevara a mi casa. 
No sé cómo hizo el Principito, pero consiguió mi teléfono. Al momento de escribir esto, llevo 4 llamadas perdidas, 2 recibidas y un mensaje de texto de él, insistiendo en que quiere “volver a verme” para demostrarme que la edad no importa y que puede hacerme sentir tan bien como cualquier hombre mayor.
¡Qué tal! ¿Se avientan?... Yo lo estoy considerando seriamente….
¡Llegó el sábado!:
Desvelada por el arribo a casa a las 4 am, me levanto a trabajar. Día relajado en la oficina y yo, con la autoestima por las nubes después de que el Principito me hiciera la noche y de ver su insistencia por teléfono. Decido ponerle un post a Ámbar en el Facebook, convocando a seguir la fiesta. Sí, nos iríamos a comer a la Kamelia… y quién sabe, ese lugar suele darnos bastantes sorpresas en cuanto a diversión.
Pero, obviamente la fiesta no podía parar allí. Con tremenda actitud de festejo, Ámbar y yo decidimos continuar en la noche “triunfando como las grandes”, en nuestro lugar consentido de Manzanillo, el Bora´s.
Debo decirlo, mi amiga se veía tremendamente bien con su mini vestido verde militar y sus súper ojazos.
Llegamos al bar y tomamos una mesa doble, a la espera de que Zahamara se animara a ir con nosotras y esperando también a nuestro amigo Erick. Extrañamos un poquito a Polo, nuestro mesero consentido en el Bora´s, que por suerte un poco más tarde se acercó a saludarnos, ya que iba llegando.
Transcurría la noche entre temas picantes y actualizaciones de chismes, cuando un par de chicas se nos acercan a preguntarnos si podían sentarse con nosotras en la mesa. Esto no hubiera sido ningún problema, si no es porque una de ellas era, precisamente, una de las mejores amigas del ex Sapo más reciente de Ámbar (referencia: leer entrada Volviendo a Empezar). 
Sabía que a mi amiga no le gustaba nada la idea, pero el Bora’s estaba lleno, así que, al confirmar que Zahamara y Erick no llegarían, les hablé a las chicas para que tomaran la mesa, pero no la separaron, si no que se sentaron con nosotros.
Después de 2 o 3 comentarios en donde Ámbar hacía visible su incomodidad ante la situación, se me ocurre decirle “por favor, ya suéltala, no permitas que arruine tu noche”.
Justo al comentar esto, volteo hacia la puerta y venía entrando una chica que es compañera de trabajo y amiga de El Príncipe que no fue (si, el mismo que no se quitó la armadura y que decidió tomar “la tercera opción”, mayor referencia ver entradas El Príncipe y su Armadura I, II y III). Al hacer mención de esto, Ámbar me regresa la estocada comentando en tono sarcástico “por favor, ya suéltala, no permitas que arruine tu noche”: ¡Touché!
Cuando ni siquiera habían pasado 5 minutos de esto, la vida me recuerda entonces eso de “ten cuidado con tus deseos, porque pueden hacerse realidad”. Sí, la energía, la atracción, lo que ustedes quieran llamar, me jugaron una mala pasada: el Príncipe que no fue hace su flamante aparición en el bar…
-          ¡Oh por Dios! – comento nerviosa – Ámbar, ¡mira quién acaba de llegar!…
Ámbar voltea a verme entre divertida y sarcástica y me dice: “recoge tu lengua porque te la vas a pisar”. De inmediato comenzamos a correr apuestas. Yo aseguraba que se quedaba y que ni siquiera me saludaría, Ámbar aseguraba que me saludaría pero que no se quedaría.
Me volteo hacia la playa, tratando de hacer como si no hubiera notado su presencia y con la esperanza de que las olas del mar reventando me quitaran el nerviosismo que sentía en ese momento, cuando siento la fuerza de su mirada. Ya me había visto y me estaba viendo. Así que no tuve más remedio que voltear…
Al cruzar nuestras miradas él intenta sonreír y me levanta la mano en señal de saludo. “¡Maldita sea, me encanta cómo se ve con esa camisa!”, pensé. Respondo en la misma forma el saludo, con una sonrisita nerviosa y levantando un poco la mano. Estaba tratando de digerir esa mirada, cuando sin más ni más, se acerca a la mesa y me saluda con un beso en la mejilla, al tiempo que le da la mano a Ámbar.
Intercambiamos 2 o 3 frases, las cuales ni siquiera recuerdo, pero así como llegó se fue. No solamente de nuestra mesa, también del bar.
Ámbar había ganado la apuesta. Y en mi cabeza, solamente la frase del poema que escribí hace unos días (“Cuando ya no piense en ti”):
“Si un día, cuando ya no piense en ti, llego a encontrarte por casualidad, no me desvaneceré ni enrojecerán mis mejillas. Te sonreiré, te saludaré como quien saluda a un amigo querido… y seguiré mi camino sin voltear hacia atrás y sin volver a pensar en ti…”
Transcurrió la noche y hubo de todo. De hecho, puedo decir que estuvo extraña pero bastante divertida. Una pelea entre turistas (el Bora’s es frecuentado casi siempre por la misma gente y nos ubicamos perfectamente, por lo cual, nunca sucede nada fuera de lo común y, al ser clientes frecuentes, tanto los meseros como los de seguridad nos protegen y nos cuidan, como el fin pasado, de los tipos que se quieren pasar de listos), otro turista que se vio lindísimo al protegernos del pleito que se llevaba a cabo justo en nuestra mesa, un poco de sangre y al final, todo volvió a la normalidad.
Este incidente, sin embargo, nos cambió la noche para bien. Las chicas a las cuales Ámbar tuvo tanta aversión en el principio, terminaron consiguiéndonos cervezas gratis con los rijosos. Yo veo de lejos a nuestros guaruras de la semana pasada (si, los amigos del Muñequito) y les hablo reclamando “dónde estaban cuando los necesitábamos”. De inmediato, los chicos nos llenaron la mesa que en un principio era sólo para 2, con más de 7 personas, entre ellos un chinito que no medía ni siquiera 1.50 m, pero que se subió a bailar a nuestra mesa, ganando la simpatía de todos los asistentes al bar y el apodo del “Tachidito”.
La banda se esmeró tocando rock clásico. La Cuca, Panteón Rococó, El Tri, El Gran Silencio, La Maldita Vecindad, Caifanes, Plástico, Ganja y hasta Maná, hicieron su aparición a través de las voces de los chicos de La Tostada de Pata.
La euforia colectiva de nuestra mesa, se extendió por los asistentes cuando empezamos a pedir a coro que la banda tocara “Ámbar” y “Caminando”. Bailamos, cantamos a todo pulmón y nos la pasamos genial con nuestros improvisados amigos que llenaron nuestra mesa.
Al final, las últimas canciones que tocó la banda, fueron precisamente las que estábamos pidiendo. Estaba yo cantando y bailando con todo el corazón y la energía que podía, las primeras frases de “Caminando”… “Ya estoy aquí parado esperando subirme a ese barco, estoy viendo hacia el mar y veo caracolitos volando…”  cuando en el “no hay, no hay prisa de llegar…”  vuelvo a sentir esa mirada que 3 horas antes pudo haber arruinado mi noche: sí, él regresó.
Sentí como se me quedaba viendo al bailar, mientras yo cerraba los ojos y disfrutaba de una de mis canciones favoritas, haciendo como si no lo vi. De nuevo, en el momento de bailar, volteo hacia el mar para ocultar mi nerviosismo; y funcionó, porque al dar de nuevo la cara hacia la barra, él había desaparecido…
La banda había terminado de tocar, así que decidimos irnos, no sin antes despedirnos de nuestros ahora amigos frecuentes (los guaruras) y las nuevas amigas (sí, las que Ámbar no quería en la mesa), así como de todos los que estaban en nuestra mesa y las mesas de alrededor que interactuaron con nosotros como si nos hubiéramos conocido de siempre.
Nos subimos al coche, contentas por la divertida noche que habíamos tenido. Al llegar a casa le pregunto a Ámbar:
-          Por favor dime ¿no puse cara de idiota al verlo, verdad?
-          No – contesta Ámbar- solamente te viste un poco sorprendida, no esperabas que te saludara ¿verdad?
-          Deseaba que no lo hiciera. – contesté yo -  Toda la semana lo he tenido en el papel de “decidió ser un tonto” y esperaba que siguiera manteniendo ese lugar.
-          Sí – me dice Ámbar- pero para tu mala fortuna, es un caballero y otra vez te demostró que no tienes nada que reprocharle. Tú buscas un motivo para tenerle coraje, pero no puedes, porque a pesar de todo, pudo haber tenido miedo o pudiste no haberle gustado, pero sigue siendo un tipazo.
-          Sí –  contesto resignada- Quisiera que me dejara de gustar, pero realmente, a pesar de cualquier cosa… el tipo me sigue fascinando y no puedo evitarlo…
En fin, para no hacerles el cuento más largo, va el resumen de lo aprendido en este fin de semana:
  1. Los buenos momentos duran muy poco, por eso hay que documentarlos y compartirlos.
  2. “Mientras más corriente, más ambiente”… no descarten jamás una fiesta de amigos, la noche puede traer sorpresas muy gratas.
  3. No subestimes jamás el poder de tus pensamientos…  Toda la semana pensé en él, hasta que materialicé su presencia, justo en el lugar al que por 2 semanas consecutivas he ido para olvidarme de él.
  4. Sin importar que haya pasado, no descartes ninguna oportunidad de conocer a la gente y divertirte. Ya ven, Ámbar no quería compañeras de mesa, pero terminamos pasándonosla muy bien y con 2 nuevas amigas y varios amigos más que hicieron que la noche, realmente valiera la pena.
  5. Vive, vive cada momento intensamente, es único e irrepetible. Puede ser que, como nosotras, repitas cada fin de semana el mismo lugar, pero definitivamente… cada experiencia es completamente distinta y vale la pena vivirla. Tu actitud ante los hechos, lo determina todo.
Deseamos que su fin de semana, haya sido tan divertido como el nuestro…