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sábado, 25 de febrero de 2012

La cereza del pastel... Por Elena Savalza


“Un día, cuando aún éramos amigos, me dijiste que tú te visualizabas viajando, trabajando o escribiendo, mucho más que casada y con hijos y una vida en pareja. Es por eso que no me pude decidir por ti, porque creo que jamás admitirías un compromiso…

No significa que no te quiera: te quiero mucho y quizá me arrepienta de esto, pero no me puedo arriesgar…”

Pareciera que pasó una eternidad desde que escuché esas palabras de la boca de un hombre del que me había enamorado. Hoy sé que no hace tanto tiempo, pero definitivamente, ya no duele como esa noche.

Recuerdo que eran las 2 am y no podía parar de llorar. Lo peor, fue que había muy pocas de mis amigas a quienes hubiera podido llamar para compartir la frustración que me originó escuchar lo que escuché. Así que terminé llorando sola y durmiendo poco, en una noche terrible.

El tiempo pasó y decidí intentar soltar: la situación, la persona, mis sentimientos y la confusión que me originó que todo eso me hubiese sucedido justamente a mí. Decidí esperar, dejar de actuar, dejar de hablar, ser paciente, no hacer nada más que concentrarme en perdonar; sobre todo, perdonarme a mí misma por no ser la mujer perfecta y porque con todo lo bonito que pudiera soñar para mí en cuanto a mi futuro profesional, no pudiera en ese momento y con esa persona, conjugarlo también con el hermoso cuento de hadas que, en el fondo, deseo tanto como cualquier otra mujer.

Decidí seguir adelante porque entendí que, por mucho que me hubiera gustado que las cosas fueran distintas, había una sola realidad: él estaba haciendo una elección y yo lo único que podía hacer era respetar sus razones, aunque no me parecieran justas o correctas. Finalmente, no estaba en mis manos hacerlo cambiar de opinión.

Antes de decidirlo traté de convencerlo de que, cuando le dije eso, yo no estaba enamorada y que el amor podría hacer cambiar muchas cosas, pero no fue suficiente. Parecía no haber vuelta atrás. Después de todo, el amor parecía no poder con cualquier obstáculo, como se dice en todas las novelas románticas…

Poco después, el aspecto profesional se acomodó para que pasara exactamente lo que ese día él utilizó como su argumento para no decidirse por mí. Todo lo que había querido que me sucediera, me estaba sucediendo. Nuevas oportunidades de viajes, trabajo que adoro, escribir para una publicación…

Pero por alguna razón, no podíamos dejar de vernos ni de estar en contacto el uno con el otro. Por más barreras y más negativas, había un “algo” que hacía que estuviéramos siempre conectados.

Sin embargo, él no estaba para mí al 100%.  ¿Por qué? No lo sé. Podría culparme y decir que tiene que ver con mi carácter o con mi manera de vivir. Podría justificar su decisión (o indecisión) con el miedo a que las cosas no funcionaran. Podría argumentar también falta de amor…

En fin,  justificaciones sobrarían, pero el caso es que él no estaba y no estaría por su propia decisión.

Fue allí donde entendí una de las grandes complicaciones de la vida de una mujer, al definir nuestras prioridades: el amor de un hombre como “la cereza que adorna el pastel” o el amor de un hombre como “el pastel completo”.

Yo tengo un “pastel completo”, se llama VIDA PROPIA. Este pastel está hecho de muchos ingredientes: mi familia, mis amigos, mi desarrollo profesional, mi salud, tiempo para hacer lo que a mí me gusta, mis sueños, mis deseos, mis creencias, mis propias metas y aspiraciones y la forma en que éstas se van materializando.  Mi energía se concentra en preservar y mejorar todo esto y el proceso me hace feliz.

Anhelo, sin embargo, que mi pastel tenga una cereza. Esa “cereza” es la relación de pareja con un hombre que pueda complementar el pastel, entendiendo que a estas alturas del partido, sería muy difícil arreglarme la vida, porque lo único que deseo es compartirla con él.

Un hombre que me empuje y a quien empujar. Un hombre con quien compartir nuestras metas conseguidas, nuestros sueños, aspiraciones y nuestras motivaciones diarias, sea todos los días una aventura digna de vivir.

¿Hasta dónde podemos llegar cuando nuestra necesidad de ser amadas y aceptadas se vuelve más fuerte que nuestro amor propio?

¿Confundimos a menudo la necesidad con el amor mismo?

¿Estaríamos de verdad dispuestas a borrar por completo nuestra esencia para convertirnos en la sombra de aquel con quien se supone debiéramos compartir nuestra vida, mas no entregársela?

¿De verdad el amor se trata de ver por los “ojos del otro” y borrar nuestra propia identidad por convertirnos en la mujer sumisa que, aún ahora, muchos asumen como modelo de virtud y perfección?

El amor se trata de compartir, lo sé. Pero… ¿Debo entregarlo absolutamente TODO y correr el riesgo de quedarme sin nada, e incluso, quedarme sin MI?

Se los dejo de tarea…

Gracias por continuar leyéndonos. Celebramos un año desde el inicio de este sitio y vamos por más…

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domingo, 20 de noviembre de 2011

De los "Amigos con Derecho" y otros Monstruos... Por Elena Savalza

La verdad es que ya extrañaba esa adrenalina. Hacía meses que no les contaba alguna aventura loca, simplemente porque no la había tenido.  Lo único que pasó fue que me clavé tanto en mi trabajo que no tuve ninguna noche digna de resumirse en 4 páginas tamaño carta… hasta este viernes.

Resulta que estaba viviendo una feliz y tranquila historia con un chico que recién se me cruzó en el camino. La forma en que lo conocí fue un tanto peculiar: un día recibí una solicitud de amistad de un desconocido que tenía varios amigos en común conmigo, entre ellos, Ámbar. Al ver su perfil, antes de admitirlo, le pregunté a ella quién era, a lo cual me respondió que era un amigo de su novio, que era “buena onda” y que lo admitiera.

Habiéndolo admitido, un día, él entabla comunicación conmigo dejándome un mensaje para invitarme a salir con otro grupo de amigos. Yo respondí diciendo que no podía (lo cual era verdad, porque cuando lo leí, no me encontraba en Manzanillo) y que sería en otra ocasión. Debo confesar que me intrigó ese chico que, de una forma tan desfachatada, para mi gusto, me invitó a salir sin siquiera una presentación previa.

Así seguimos teniendo comunicación esporádica por el chat, mientras yo hacía gala de mis malos modales y de todo lo nefasta que puedo ser para tratar a las personas cuando me pongo mi coraza de autodefensa y de sarcasmo.

En uno de tantos días, en los que al iniciar una conversación conmigo yo estaba de buen humor (cosa que no es tan difícil, sólo que él, en particular, no había tenido mucha suerte con eso) me invitó a salir para conocernos y yo acepté.

En cuanto lo vi, supe que me gustaba. Realmente me sentí muy cómoda con él y me la pasé increíble desde las primeras horas que pasamos juntos. Puedo decir que, a pesar del extraño comienzo, estos últimos días fueron de los más felices que recuerdo en mi historia reciente.  

Todo marchaba sobre ruedas porque, desde un inicio, dejamos en claro que lo nuestro sería “sin compromisos”, es decir, seriamos “amigos con derechos”, con todo lo que eso implica. Realmente, nunca supe si quería de verdad una relación así, pero en ese instante me pareció divertido y simplemente decidí relajarme y aceptar lo que la vida me estaba poniendo enfrente.

Así que, estando claras las reglas del juego, la relación (o como fuera que se llamara lo que tuvimos) caminó de lo más relajada. Era como estar con un amigo que sabía que, dijera lo que dijera o hiciera lo que hiciera, me aceptaría con todo y mis defectos. Fuera presiones, fuera miedos, fuera máscaras. No había que quedar bien, ni había que esforzarse demasiado por esconder mi lado oscuro, porque realmente no importaba mucho que él tuviera una buena o mala opinión sobre mí. Finalmente, sabía que había una fecha de caducidad muy próxima y lo que importaba era vivir el momento, porque quizá mañana no lo volvería a ver.

En los pocos días que convivimos, pude darme cuenta de algunas cosas de él que me gustaron: por ejemplo, su USB estaba repleta de buena música (que no me alcanzó a compartir); hablaba muchísimo más que yo (¡y miren que eso no es tan fácil!), pero también era bueno escuchando, por lo cual siempre había algo divertido e interesante qué platicar; le encantaban las películas rositas (como a mí) y, además,  nunca había conocido a nadie tan puntual, que me avisara con suficiente anticipación si se retrasaría en llegar por mí, aunque solamente fueran 10 minutos. Obvio, hubo muchas más, pero no podría mencionarlas todas aquí...

Pero… (¿Por qué, cuando empiezas a pasarla bien, siempre hay un “pero”?) desde la primera semana, las “piedras en el camino” comenzaron a aparecer. A los pocos días de salir con él me entero de que, antes de conocerme, también conoció a una de mis mejores amigas y, de alguna forma, se tejió entre ellos una historia previa que no pasó a mayores, pero que originó cierta fricción en mi grupo. Como personas adultas y sensatas que solemos ser (la mayoría de las veces), pudimos arreglar nuestras diferencias y, digamos, que recibí “banderazo” por parte de mi amiga para continuar con esta naciente historia de... (¿Nada?) Bueno, dejémoslo en “historia”.

Sin embargo, unos días después, dos de mis peores defectos (aunque bien podrían resumirse en uno solo) afloraron en la misma noche: el egocentrismo y el tremendo disgusto que me provoca el sentirme rechazada. Y ustedes son testigos de lo mucho que he luchado contra ese defecto, por todas las broncas que me ha causado en mis relaciones con las personas, en general, pero esta vez, tampoco pude evitarlo.

El viernes, desde muy temprano, le envié un mensaje para invitarlo YO a salir por la noche. Me contestó diciendo que no sabía si se quedaría en Manzanillo y que después me confirmaba, a lo que respondí con un tajante “si no puedes, lo dejamos para después”. Él trató de minimizar la situación y terminé riéndome de mi respuesta, argumentando que tenía SPM (Síndrome Pre-Menstrual).

Transcurrió el día y, por la tarde, me llamó para preguntarme qué haría por la noche. Realmente, no tenía ningún plan concreto porque, en el fondo, esperaba verlo a él, pero sí había algunas actividades alternativas, así que le hablé del plan A, B y C.

Entonces me contesta: “Me voy a dormir un rato, así que si quieres, continúa con tus planes y si sale algo te llamo más tarde para ver en donde estás.  Yo voy a salir con mi amigo…”. O sea, él era plan A para mí, pero definitivamente, yo  no tenía el mismo orden alfabético en su lista de prioridades. Por algo dicen que “no debes tratar como prioridad a quien te trata como opción”.

Colgué la llamada, molesta, porque me enfurecen las medias tintas. Es SI o es NO, pero no es un “a ver si se me antoja”. Además, me cuesta un tremendo trabajo decirle a alguien “quiero verte”, por lo que, si ese alguien me rechaza, corrobora mi percepción personal de que es un tremendo error mostrarse vulnerable. Y lo que es peor, estando “claras” las reglas, sabía que no me podía enojar por eso, porque teóricamente yo no podía exigir nada… lo cual me molestaba aún más.

Estaba digiriendo mi molestia cuando, unos minutos más, hace su flamante aparición un tipo que hacía varias semanas había dejado de ver, pero a quien se me “olvidó” avisarle que ya no quería verlo. Me llama y me pregunta que “por qué lo tenía tan abandonado” y que si no quería verlo esa noche.

Pregunta: ¿Qué harías tú sí, de pronto, el chico con el que verdaderamente querías estar te manda a volar (o te deja en stand by, para que no se escuche tan feo) y, de inmediato, se te aparece en la pantalla de tu teléfono la “opción” de sacar a un clavo con otro?

Pues sí, lo admito. Mi primera respuesta fue decirle que lo veía esa misma noche, un poco más tarde. Sin embargo, reflexiono y me doy cuenta de que lo único que me movía a estar con “el otro”, era que el primero me había rechazado, lo cual no era una buena razón para pasar la noche con nadie. Sabía que, de haberlo tomado, la mañana del sábado mi resaca hubiera sido mucho peor de la que tuve.

Entonces llamo a mis amigos y me pongo en sus manos. Estando con ellos, en especial con Chuy, con Ricardo y con Arali, no cometería tremenda estupidez.

Lo primero que me encuentro al llegar es que, el amigo con el que supuestamente él saldría, estaba allí, con mis otros amigos, por lo cual asumí que me había mentido y mi coraje creció. Pero, bastaron solamente unas cuantas palabrotas dichas en el hombro de Chuy para que me sintiera mejor (esa es una de las mejores cualidades de mi hermanito Chuy: sabe cómo ponerme en mi lugar y “bajarme los humos” de inmediato).

Después de un rato, mi chico en cuestión se aparece, mientras yo me aferraba al abrazo de Chuy. Me saluda como a cualquier desconocida y, mientras Chuy intenta soltarme para “cederle el espacio”, yo lo abrazo más fuerte y le digo “No me sueltes, él no está aquí por mí. Si hubiera querido verme, me habría llamado y no lo hizo”.

Transcurre la noche, nos vamos a un bar y yo, en la misma actitud de “no viene conmigo” y “es uno más de la bola”, seguía divirtiéndome, tratando de ignorar su presencia en la mesa, mientras “el otro” seguía mandándome mensajes pidiéndome vernos.

Llega un momento en que se va del bar. La verdad es que, en mi interior, esperaba que me dijera “vente conmigo”, pero no sucedió… Así que lo vi irse, mientras ponía la misma cara de idiota de la cual ya les he platicado en otras ocasiones, tratando de entender qué estaba pasando.

Supongo que Ricardo adivinó mi siguiente pasó, porque me quitó mi celular… pero fue completamente inútil, ya que me empeñé en recuperarlo de inmediato (cuando me pongo necia, no hay quien pueda conmigo).

En cuanto se va, me meto al baño y le marco, reclamándole que se hubiera ido (un cerebro alcoholizado no sabe de lógica, lo siento). Realmente, no entendí muy bien qué fue lo que me contestó porque la música no me dejó escuchar, pero sé, por su tono de voz, que no fue algo muy dulce que digamos.

Enojada, le marco “al otro”, quien seguía “calientito y en la banca”, completamente disponible para ingresar a la cancha y, por si fuera poco, muy cerca del bar donde yo estaba por lo que, antes de que yo terminara de tronar los dedos, ya tenía la tarjeta de cambio lista, solamente esperando que el árbitro diera la instrucción para realizar el movimiento (Ni se nota cuánto me gusta el futbol ¿verdad?).

Salí, lo saludé y le dije que en un momento nos iríamos juntos. Pero de nuevo, Ricardo me detuvo y me tardé más de lo esperado en volver a salir. Cuando salgo, a pesar de los esfuerzos de Richie por convencerme de que me quedara, “el otro” aún seguía esperándome…

Sin embargo, llegado el momento clave, no me pude ir con él. Fue como si toda la cordura que me faltó durante la noche, me hubiera llegado de golpe en ese instante y algo dentro de mi dijera “esto no está bien, realmente tú no quieres irte con él, no seas idiota”.  Me alejé lo más rápido que pude, enojada conmigo, por mi estúpida reacción de sentimentalismo y sensatez que me invadieron en el último minuto, no sin que antes me alcanzara otro de mis amigos (SU amigo) insistiendo en llevarme a casa y en que YO era quien la había regado.

Llegando a casa, decido que eso de los “amigos con derecho” y las relaciones sin compromiso, simplemente no era mi fuerte, por lo menos, no con él: realmente me gustaba y comenzaba a desear cosas que sabía que no podía tener, entre otras, que se quedara conmigo. Así que le envié un mensaje disculpándome por la escena de la llamada y diciéndole que lo mejor era que dejáramos las cosas como estaban, porque había entendido que no sabía cómo manejarlo. Me respondió deseándome una “linda vida”… Y se terminó tan rápido como inició...

Mientras tanto “el otro”, me llama súper enojado (con sobrada razón) porque lo dejé esperando en la entrada del bar. Me dijo que estaba cansado de que lo llamara nada más cuando a mí se me antojara y que el mundo no giraba a mi alrededor (estoy segura de que no es la primera vez que escucho eso), pero que, lo de haberlo dejado esperándome como idiota fuera del bar, era mucho más de lo que él le podía permitir a ninguna mujer.

Me disculpé (también con él) y le dije que no tenía la menor intención de pasar ni esa, ni ninguna otra noche más con él y que no estaba en condiciones de explicar mi conducta, pero que consideraba que, lo mejor, era ya no vernos. A juzgar por su mensaje del sábado por la noche, donde volvía a pedir verme, creo que no quedó del todo convencido, pero de la misma forma, ya no daré marcha atrás.

Mientras escribía esto, pensé en que un buen título para esta entrada bien pudo haber sido “Cómo perder a dos hombres en la misma noche”, pero entiendo que, para haber perdido algo, primero debería haberlo tenido. La realidad, es que nunca tuve NADA.

Pero, como dice el sabio refrán “Cuando pierdas, nunca pierdas la lección”, así que aquí va el resumen de lo aprendido esa noche:

1.        Nunca, bajo ninguna circunstancia, mezcles vodka con cerveza, sobre todo si estás molesta y tienes cólicos menstruales.

2.       Cuando un verdadero amigo te quita el celular y se lo guarda en la bolsa derecha de su pantalón, déjalo allí… está mejor que en tus manos.

3.       Jamás, jamás, pero JAMÁS llames a un chico porque estés enojada con otro. No es justo para ninguno de ellos… y mucho menos, para ti.

4.       Nunca comiences “nada” sin concluir historias anteriores. Así sea solamente una relación de “amigos con derecho”, cada etapa de la vida por corta que sea, merece tener bien marcado su inicio y su final (“Enfoque a Procesos”, Elena ¡Por Dios!).

5.       Decide lo que necesites y no aceptes menos. A veces es bueno detenerse a esperar, porque si nunca dejamos de movernos, las cosas más valiosas de la vida, las que llegan solas, quizá no puedan alcanzarnos.

6.       En cualquier caso, el orgullo y el egocentrismo son pésimos consejeros… pero cuando les das un poco de alcohol, pueden ser tus peores enemigos.

7.       Tener un “amigo con derecho” requiere inmunizar a tu corazón para no sentir. Si sabes que el tuyo no tiene sus vacunas al día, mejor no juegues con fuego, porque resultarás quemada.

8.       También se puede aprender de las historias cortas y Dios siempre te manda a la gente por algo. Disfruta y déjate llevar. Al final, aunque sea por poco tiempo, habrá valido la pena.

9.       Si tienes excelentes amigos que hacen lo posible por evitarte un frentazo, no arruines sus esfuerzos haciendo siempre lo que te viene en gana y, de vez en cuando, acepta que te puedes equivocar.

10.    Recuerda que “Dios no hace huevos al gusto, no endereza jorobados y no sirve desayunos en la cama”. Si tienes ganas de un café, muévete y ve por él: así funciona la vida.

¡Nos escribimos pronto y gracias por seguirnos leyendo!

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martes, 18 de octubre de 2011

El poder de elegir... Por Elena Savalza

El 17 de Octubre de 1953 se publicó, en el Diario Oficial de la Federación, la reforma al Artículo 34 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en la cual se reconocía a la mujer mexicana como “ciudadano”, con todos los derechos y obligaciones que esto implica, entre los cuáles se encontraba, también, el Derecho al Voto Electoral.

Demasiadas chicas como nosotras, lucharon desde siempre para conseguir la tan anhelada equidad y el reconocimiento de nuestros derechos.

De ninguna forma, la intención de esta nota es generar la típica polémica sobre si son mejores los HOMBRES o las MUJERES. Para ser sincera, encuentro mucho más sentido en debatir quién ganará el Clásico de Clásicos en el futbol mexicano, Chivas Vs. América, que formar parte de la famosísima y trillada “Guerra de Sexos”.

Mucho se habla de la discriminación que sufrimos las mujeres en muchísimos aspectos, incluyendo el laboral o el sexual. No voy a negar que, en algunas ocasiones, he visto a mujeres cercanas a mi sentirse relegadas por su condición de MUJER, pero si volteas a tu alrededor te darás cuenta que cada vez esta situación es menos común.



En alguna entrada anterior, mencioné que muchas veces ni siquiera necesitábamos ser discriminadas o relegadas por los hombres, sino que, entre nosotras mismas, somos las que nos “metemos el pie” una a la otra.
(Ver entrada http://mujeresymonstruos.blogspot.com/2011/06/monstruo-6-no-me-odies-por-ser-bonita.html )


Sin embargo, hoy me preocupa algo muy distinto y te quiero hacer una pregunta directa:

¿Te has discriminado TÚ  MISMA por ser mujer?

¡Sí, ya sé! Seguramente estarás pensando que me volví loca y que tú serías “incapaz” de discriminarte por ser mujer, porque eres hermosa, maravillosa, todopoderosa y todos los adjetivos calificativos que terminan en “osa” y te hacen sentir como una verdadera Diosa.

Pero… ¿qué crees? Muchas veces, lo hacemos de forma inconsciente y en apariencia, inofensiva. Te voy a citar tres ejemplos muy claros, que me tocó vivir de cerca:

1.        A mi hermana Isabel, la menor, mis papás y hermanos le dijeron durante toda su vida que estudiara una profesión “para mujeres”, mientras mi papá añoraba tener un hijo Ingeniero. Hoy por hoy, mi papá tiene un Ingeniero en la familia: la “Ingeniero Chabelita” que tiene unos hermosos ojos cafés, un largo y ondulado cabello negro y cuerpo de eterna jovencita quien, entre semana, cambia sus hermosos tacones por botas con casquillo. Su “Ingeniero”, trabaja en una de las empresas cementeras más importantes de México, codo a codo, con sus congéneres masculinos y, aunque es la única mujer en su área, está feliz. Si Isa se hubiera comprado eso de “porque soy mujer, no puedo”, si jamás se hubiera atrevido a quitarse el disfraz de princesita para calzarse unas botas de trabajo y un casco, probablemente tendría las manos más bonitas, pero su espíritu se lo habría reclamado.

2.       Cuando estudié la universidad, compartía casa con dos de mis primas, hijas de un hermano de mi papá. Mi mamá vivía constantemente angustiada porque en nuestra casa no había nadie “de respeto”, es decir ¡no había ningún hombre! Aún recuerdo la primera vez que me lo dijo: casi me quito el apellido materno. De alguna forma, su comentario insinuaba que, por ser mujeres, ni mis primas ni yo éramos dignas de “respeto” o que carecíamos de valor por no contar con un hombre que “viera por nosotras”. La realidad ahora, es que esa primera experiencia con la responsabilidad que implica el independizarse del cobijo de mi familia, formó mi carácter de una forma tremenda. Contrario a lo que muchas puedan pensar, el vivir sola y el “no tener un hombre que vea por mí”, jamás ha limitado mi calidad de vida. Sé que si requiero un mecánico, electricista, jardinero, plomero, albañil, etc., siempre podré recurrir a mi vecino que, por una justa remuneración, se encargará de todas esas cosas. Por lo demás, la soltería es “pan comido”.

3.       La semana pasada, mientras recorríamos la zona de desastre en la que se convirtió parte de nuestra colonia por causa de los estragos de Jova, una amiga de mi hermana Marina se atrevió a decir que, como nosotras éramos mujeres, no podíamos hacer nada para ayudar a la gente que estaba padeciendo las consecuencias de vivir en el cauce del río. Ella se refería, al trabajo físico y al esfuerzo que implica tomar una pala, clavarla en el lodo, recogerlo y sacarlo a la calle. No niego que es un trabajo muy cansado y, que mientras yo daba un “palazo”, mis compañeros hombres daban tres, pero eso no significa que mi esfuerzo valiera menos que el de ellos y que no pudiera contribuir. Sencillamente, teníamos determinación de ayudar y encontramos la forma: Marina organizó un mini centro de acopio y se adhirió a un programa promovido por el Párroco de su colonia, llamado “Adopta una Familia”. Hoy está utilizando su liderazgo para convocar a más gente que se sume a ayudar y, en lugar de una pala, Marina tiene los datos de muchos voluntarios que ya están organizados para apoyar a la gente que los requiere, además de colectar ropa para quienes perdieron todo. (Comercial: si alguien requiere mayor información de este programa, avísenme).

Historias como estas las vemos todos los días. Algunas, terminan con éxito; otras, terminan en el “qué hubiera pasado si me hubiera atrevido”. Sin embargo, la conclusión es la misma: si dentro de toda nuestra historia ha habido mujeres que se han atrevido a luchar al lado de los hombres por su reconocimiento y su lugar en la sociedad y si, gracias a ellas, las chicas de ahora gozamos de muchas más libertades y capacidad de decidir, depende de mí y solamente de mí el tomar ese poder que por el hecho de ser humanos, hombres o mujeres, ya tenemos.

Cuando dudas de tu capacidad, cuando desistes de tus sueños, cuando dejas de luchar por lo que quieres, estás discriminando tu poder.


El éxito da más miedo que el fracaso. Sencillamente, nos preparan siempre para fracasar y tenemos una lista enorme de excusas que “justificaran” un mal resultado, por lo cual sabemos que no seremos tan duramente juzgados. Pero no nos dicen cómo manejar el éxito, así que es normal que nos asuste. Además, la crítica y la presión social siempre son tremendas con la gente que triunfa.

Sin embargo, la invitación que te quiero hacer a ti mujer, que hoy me estás leyendo, es que no tengas miedo a utilizar todo el poder que tienes para hacer cosas grandes por ti y por tu entorno.

No busques excusas para no ser lo que quieres ser, hacer lo que quieras hacer (con responsabilidad y respeto a los demás, obvio), ni vivir como quieres vivir.

Ser mujer, debe ser para todas, motivo de orgullo. Ser mujer, debe ser un aliciente para imponerte retos. Ser mujer, es ejercer también ese derecho que hace 58 años nos dieron: ELEGIR.

No todo en nuestro destino está escrito. Dios nos da el argumento, pero nosotros escribimos el guión.

Hoy tú puedes ELEGIR cómo quieres que se escriba la historia de tu vida…

El poder ya lo tienes, sólo te falta tomarlo…

¡Gracias por seguirnos leyendo y hasta la próxima!
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