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domingo, 1 de diciembre de 2013

La noche en la que regresé... Por Elena Savalza

Comenzaste preguntando qué título tendría esa noche en el espacio de mis letras…

Te confesé que hacía tiempo que no podía escribir nada elocuente, quizá porque simplemente la emoción y la pasión que antes me hacían llenar los muros de letras, andaría perdida en cualquier lugar al que ningún viaje me había permitido llegar en mucho tiempo.

Pero tú sabías que escribiría de nuevo mucho antes de que lo supiera yo…



Me dijiste que mi vida no podía continuar así. Que algún día tenía que parar y quedarme quieta en un solo lugar para disfrutar de la vida y de la gente que me rodea. Me dijiste que si siguiéramos juntos, tú no querrías que viajara más. Era como si me pidieras, entre líneas, que dejara ya de huir. Te contesté que lo único que me salvó de volverme loca fue precisamente esa huida y que en ese constante peregrinar lo conocí a él…

Vi la sorpresa en tus ojos cuando te dije: “lo último que pude escribir fue cuando conté sobre el día que lo conocí”. Era como si no pudieras creer que yo ya no tuviera nada que decir y que el corazón y el entendimiento se me hubiesen quedado mudos después de ti, e incluso a pesar de su llegada. Mencioné su nombre y te dije que él ni siquiera conocía lo que escribía antes. Sentenciaste, antes de bajar del auto: “él no te conoce, ni te va a conocer jamás, como te conozco yo… y quizá nadie lo haga”.

No fue “la noche de la resurrección”, porque tú sabías que no estaba muerta, aunque lo parecí por mucho tiempo. Tú sabías que no morí después de olvidarte, que en mi memoria y en mis dedos seguían vivas las palabras que antes destinaba casi por completo a ti. Entendiste a la perfección que tenía muchas ganas de escribir de nuevo, pero que faltaba esa conexión que pocas veces sentí con nadie: sólo contigo.

No fue tampoco “la noche del reencuentro”, aunque tú sabías que verte y hablar contigo, serían motivos suficientes para que volviera a hacerlo, por todo lo que provocaste y sigues provocando en mí…

¿Cómo deshiciste el conjuro y cuál es el título de esta noche? Son respuestas que no tengo todavía. Sólo sé que ahora estoy aquí, otra vez frente a la pantalla con una hoja en blanco que me invita a llenarla con desesperación, mientras el tiempo pasa sin que me inmute siquiera.

La hoja me invita a decirte que en esa noche que aún no tiene nombre, supe más de ti y de mí que en las muchas noches que estuvimos juntos. Confirmé que me amaste y que seré siempre importante en tu vida, aunque ahora estés con ella, y yo con él. Te dije otra vez que te amé a pesar de tu incredulidad y de tus dudas, que te amé a pesar de tu cobardía y del desastroso final.

No sé si te dije cuánto te odié algunas veces, pero sé que sabes que era el odio que seguía después de tanto amor y que ahora ya no está más aquí. Quizá tenía que odiarte no porque quisiera hacerlo, sino porque, simplemente, en esa absurda guerra que emprendimos ambos, el no odiarte significaba que ganabas tú. No sé si te dije cuánto he cuestionado mi momento de soberbia en el que te hice daño, pero sé que sabes que, al igual que tú, no quise lastimarte jamás. Y no, no fue tampoco “la noche del perdón”, porque este vino mucho antes de que siquiera imaginara que iba a tener un nuevo momento para decírtelo a la cara…

Veo ahora nuestra historia tan lejana, que ni siquiera puedo imaginar cómo serían nuestras vidas si hubiésemos tenido las agallas de defender con mayor ahínco lo que alguna vez sentimos. Volteo hacia atrás y veo los enormes pasos que hemos dado los dos, cada uno en su propia dirección, sabiendo que es un poco menos que imposible reunir nuestros caminos de nuevo. Pero no por eso se llamó tampoco “la noche de la nostalgia y del arrepentimiento”, porque lo que menos siento ahora es eso.…



No puedes quedarte de nuevo en mi cama, porque ahora te espera ella en tu casa. No puedes quedarte tampoco en mi corazón, porque él me llamará en cualquier momento reclamando el lugar que ocupa ahora, y que con todo mérito se ganó…

Estoy feliz y estoy tranquila, por si te preocupa… y me gustó la idea de verte bien. No sé si soy tu amiga y tú eres mi amigo, ni si podremos serlo algún día ante la gente, pero es bueno saber que estás allí…

Brindemos por lo que alguna vez soñamos y no cumplimos, por lo que alguna vez deseamos y no tuvimos, por lo que quisimos ser y no fuimos. Brindemos también por el aquí y el ahora. Brindemos juntos por esa noche: la noche en la que regresé…


En Manzanillo, mi casa...

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martes, 7 de agosto de 2012

"¿Dónde estás, Amor?"... Por Elena Savalza


Hay un punto en la vida donde tienes que decidir si avanzas y comienzas a obtener los frutos del terreno que sembraste por años o te debilitas y tiras por la borda todo tu esfuerzo anterior. De pronto, al encontrarte por fin en ese punto, llega de nuevo a tu mente la palabra a la que le dedicas gran parte del tiempo en tu vocabulario y gran espacio dentro de tus páginas escritas, pero de la que comienzas a dudar que conozcas su verdadero significado: AMOR.

Lo admito: he buscado el amor sin saber a ciencia cierta qué es lo que es. El que busca encuentra, sí. Pero de sobra sé que para lograr un objetivo, éste debe ser claro y alcanzable. ¿Cómo encuentras algo que, muy probablemente, ni siquiera conozcas?


Creí encontrarlo una noche cuando, tratando de alcanzar el cielo sin despegar los pies de la tierra, vi sus ojos (¡preciosos!) y su sonrisa. Allí estaba el amor (o se le parecía): mirándome, abrazándome, diciéndome cuánto le gustaba la música que yo disfrutaba. Pero así como lo vi, de pronto cambió de lugar. Después lo reencontré al pie del faro viendo las luces del puerto, mientras nos abrazábamos como si no existiera nada más. Hasta me imaginé que, por un momento, la magia estaba tan cerca de mi que la podía tocar con mis manos y llevarla para siempre en mi corazón...

Algo me dice que sí pudo ser el amor y que probablemente no entendí cómo tenía que haber sido. Sin embargo, habiendo pasado el tiempo, entendí también que la magia verdadera no se puede ocultar, porque lo auténtico siempre sale a la superficie. Si eso era el amor, se manifestará de nuevo en algún momento…

En ocasiones, lo he buscado en madrugadas cálidas de sueños profundos, con el corazón anestesiado para no sentir. También lo he buscado en días fríos, como quien busca un pequeño rayo de luz y calor dentro de la gélida obscuridad.

Muchas veces ha estado dormido, negándose a despertar. Es tan necio que se niega a salir de su escondite, tan miedoso que se resiste a sentir y tan desesperanzado e incrédulo que se niega a confiar. Es más seguro no atender, es más fácil ignorar y seguir durmiendo. Dormido no siente porque dormido sólo sueña, y en sus sueños todo está bien…

Pero estando el amor dormido, de pronto, alguien lo ha despertado golpeando mi puerta. Llega, me abraza, me besa, me acaricia y se mete en mi cama. Me quedo con su olor en mi cuerpo y las huellas de su paso entre mis sábanas. He despertado confundida y sola, sin saber si de verdad estuvo allí o mi imaginación y mis deseos fueron tan poderosos que lo trajeron a mí, como en un deja vu.

He buscado el amor y hasta creo que lo he sentido; odiando que me abrace como sólo él sabe hacerlo y como a mí me fascina. Odiando que la mujer  fuerte que parece que nada necesita, termine sintiéndose tan tranquila y tan segura allí, en los brazos del amor. Odiando sonreír como estúpida cuando se acaba de ir y que la sonrisa no me dure hasta que le vuelva a ver y le vuelva a sentir. He buscado el amor odiando… ¡Qué irónico! ¿No?


Lo he buscado en la quietud de mi habitación, cuando no distingo otro sonido que el del silencio y el de mis pensamientos recorriendo el paso de cada uno de los minutos transcurridos durante el día que terminó. Lo he buscado con mi mente en calma, cuando mis ojos se cierran y parece que no sabré nada más de ese día; cuando lo único que reconozco es la esperanza de que el mañana traerá consigo un nuevo comienzo y, con él, una nueva oportunidad. Cuando nada me distrae, nada me asusta y nada me duele…

He buscado el amor en distintas ciudades creyendo que, quizá, si me muevo sólo un poco, el amor fluirá y llegará hacia mí. Lo he buscado en muchos aromas y en muchos colores, con la esperanza de que tenga una forma, sabor o un perfume conocido.

Sólo por un momento se me ha ocurrido que el amor crezca en los árboles y que dé flores. Que sea semilla y que germine, que sea fruto y que alimente mi cuerpo, que sea una canción o una plegaria y que alimente mi espíritu…

Lo he buscado en diferentes pieles, en muchos brazos y en infinidad de rostros o cuerpos. Es grato creer que en algún momento el amor llegará y se presentará. Me dirá: “mucho gusto, también yo estuve buscándote” y tendrá un nombre conocido. A lo mejor,  lo encontraré bailando y cantando en algún bar o tocando la guitarra, el piano o el saxofón…

He indagado por él con otras gentes y me dicen que cuando lo tenga en frente sabré reconocerlo. También lo he buscado bajo los rayos del sol o entre la nieve del volcán; entre los árboles del bosque, a la orilla de algún río o entre las olas del mar…

Pero a veces he creído que el amor duerme por allí en alguna cama y que yo no he dado con ella todavía. Por eso lo he buscado bajo el amparo de la noche, bajo la penumbra de lo prohibido y entre las sábanas de lo inconcebible, descubriendo que en esos momentos es cuando soy más “yo”: sin maquillaje, sin ropa, sin poses y sin falsas máscaras. Soy yo, en mi expresión más pura y natural, siendo la versión de mí que más me gusta.


Sin embargo hoy, estando aquí, recordando todo el camino que he recorrido para encontrar el amor, de pronto caigo en la cuenta de cuán inútil fue mi búsqueda. Me entero de cuánto tiempo perdí buscándolo en el exterior y cuánto esfuerzo y energía malgasté en vano, intentando buscar afuera lo que debí empezar por buscar dentro de mí. Nunca me dijeron que el amor siempre ha estado en mi interior y que el amor y yo somos lo mismo…

En mi búsqueda del amor, recordé que cuando juegas siempre existirá la posibilidad de perder, sobre todo cuando el juego es de dos y el resultado no depende sólo de ti. Pero también aprendí que el sólo hecho de saber que existe y que en el momento menos pensado volverá a manifestarse, es suficiente para mantener intacta mi fe en él.

He aprendido que es posible que no sepa aún lo que realmente quiero, pero si sé muy bien qué es lo que no quiero. Sé que los dolores son más profundos cuando tienes más años, pero a esta edad ya entendí que no me muero de eso. Al contrario, siempre saldré más sabia y más fuerte. Me preocuparé el día que se me rompa el corazón o que me rompa toda, sin que pueda recoger mis pedazos para armarme de nuevo.

Y entre tanto encuentro y unos cuántos desencuentros, sólo sé que nada sería de mi vida y ningún sentido tendría vivirla, si no preguntara a cada instante: “¿Dónde te encuentras, Amor?”.


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lunes, 30 de julio de 2012

Una nueva historia... por Elena Savalza


Hace casi un año hablaba con mi amiga Liliana sobre el pasado, sobre “dejar ir”, la aceptación y otras tantas cosas que vienen a nuestras conversaciones habituales cuando una relación termina y te encuentras en proceso de sanar. En ese momento, me atormentaba la idea de cortar de raíz el contacto con uno de los hombres más importantes de mi vida, para lo cual Liliana intentaba darme ánimos y mostrarme su apoyo. Hubo un momento de la conversación en que Lily me dijo: “quizá no tengas que dejar de verlo o de hablarle, a lo mejor, sólo es cuestión de que quieras empezar una historia diferente, pero con la misma persona”.


Poco a poco, con el pasar de los meses, fui entendiendo lo que Liliana me quiso decir ese día: se trataba de eliminar de mi vida y del patrón de los pensamientos relacionados con esta persona, aquellos que me causaran enojo, dolor, rencor y toda clase de emociones negativas; para dar paso al amor, la compasión, el perdón y todas las manifestaciones de magia que se merecía alguien que había formado parte importante de mi vida y que, dentro de todo lo malo que pudiera haber existido, compartió conmigo muchas vivencias y momentos preciosos que guardo para siempre en mis recuerdos y en mi corazón.

Dejé de darle importancia a esta parte y continué mi camino. Con el pasar de los meses conocí más gente, trabajé, me tropecé, me caí, me levanté, me equivoqué y aprendí. Pero el concepto de “iniciar una historia distinta con la misma persona” no se había materializado en mi vida, así que no había tenido la oportunidad de vivir, en realidad, la enseñanza que Lily quería que hiciera parte de mí.

Este fin de semana, sin embargo, algo cambió…


Tuve la oportunidad, gracias a mi hermana Marina, de vivir una experiencia de sanación y reencuentro con la niña que fui, de recorrer mi camino de nuevo y detenerme en los lugares y momentos de mi existencia en los que he aprendido a ser la persona que soy ahora, incluyendo los recuerdos no tan gratos, mis tropiezos, mis errores y los momentos en los que me sentí culpable, perdida y sola.

Agradecí infinitamente lo que hasta el momento tengo y re-aprendí que el camino andado no ha sido en vano, porque hoy soy más fuerte y más sabia, sobre todo porque reconozco que jamás dejaré de aprender de mí y que cuando no sepa qué hacer no tengo que presionarme por tener todas las respuestas; de hecho, hasta es natural que no las tenga. Sin embargo, en todo momento, tendré siempre la opción de volver a la premisa básica: practicar el amor por mí misma.

Así, en el camino de amarme y aceptarme, de pronto vino la oportunidad de aceptar, amar y perdonar a aquellos que, por alguna razón, consideré mis verdugos. Justo allí, recordé a Liliana y la idea de iniciar “una historia distinta con la misma persona”. Y entonces, la magia y el amor que siempre ha existido pero que redescubrí en las últimas horas, hicieron su parte y pusieron frente a mí precisamente a aquella persona con la cual mi corazón me gritaba desde hacía tiempo que tenía que comenzar de nuevo.

La vi así: sin sarcasmo, sin cuestionar, sin intentar justificarme, sin criticarle ni reprocharle que no hubiera actuado como se suponía, según mi percepción, debió haber procedido. Sólo comencé a disfrutar del momento presente que estábamos compartiendo y evitando el hacer preguntas para las cuáles no tendremos jamás una respuesta racional. Saqué de mi bolsa la razón y la lógica, dejando que sólo hablara mi corazón.

¿El resultado? Pasé una de las mejores noches que he vivido recientemente. Entendí, por primera vez en mucho tiempo, que no puede haber magia robada, porque la magia no tiene adjetivos ni títulos de propiedad: simplemente es. Llega porque sí, permanece el tiempo que tiene que permanecer y no necesita más que un corazón y una mente verdaderamente dispuesta a recibirla.

Y esa historia distinta, con la misma persona, comenzó a escribirse hace unas horas… ¿Cómo terminará? No lo sé y no lo puedo saber. Sé que sucederá cuando tenga que aprender todo lo que Dios quiere que aprenda aquí: ni antes ni después.



No siempre podemos entender ni controlar todo aquello que nos pasa, pero siempre podemos “volver a lo básico”: practicar y sentir el amor, sin intentar explicar todo lo que nos sucede. Debemos confiar en que estamos en el lugar y momento preciso, con las personas correctas, porque todo forma parte de un plan preciso y detallado que alguien, mucho más inteligente, sabio y sensitivo que nosotros diseñó.

En la medida que aprendamos a disfrutar lo que tenemos y dejar de pensar en lo que no tenemos, es como la vida adquiere sentido. Sólo tienes el momento presente… ¡vivámoslo hoy!


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sábado, 26 de noviembre de 2011

Cuando hable sólo el Corazón... Por Elena Savalza

¡Vaya, vaya!

Aquí estoy, otra vez, tratando de encontrar la pieza que falta para volver a funcionar de una forma medianamente normal o, por lo menos, conforme a la rutina que aún llevaba hasta hace unas semanas.

Por segundo viernes consecutivo mi noche, que pintaba como “buena”, terminó hecha un desastre. Lo último que quisiera  recordar de ayer, fue la forma en que azoté dos puertas negras en menos de 5 minutos: primero, la de su coche; después, la de mi casa.

Y es que tengo que admitir que el principal enemigo y temible Monstruo del Egocentrismo, abordado en varias entradas hace algunos meses, no se ha ido: sigue aquí, sigue presente y parece que, cada día, mejor instalado dentro de mí, donde encontró un hotel de lujo con todo incluido, que le brinda todas las comodidades como para que no quiera abandonarme.

Después del “azotón” de puertas, unas palabras aclaratorias escritas en su bandeja de entrada, lo más serenamente posible, para mi estado de ánimo, así como unas lágrimas que no supe de dónde venían y que hacía mucho que no derramaba, pero que me ayudaron a cansarme y a dormir, despierto hoy y mi estómago se siente extraño. No había mariposas ni murciélagos dentro de él, pero definitivamente algo, que las lágrimas de hacía algunas horas no consiguieron erradicar, le estorbaba y había que sacarlo de allí.

Mientras, la computadora y el montón de papeles sobre la mesa me recordaban que tengo trabajo pendiente para hacer en casa; entre ellos, un artículo qué escribir, un informe qué presentar el lunes a primera hora, varios documentos por terminar, el plan de acción para una auditoría, la preparación de otra… y todo para el bendito lunes, que será un día bastante intenso.

Existiendo esta presión, lo normal es que cualquier malestar se solidarice con mi cerebro y se haga a un lado para que yo me pueda concentrar en mi trabajo. Pero hoy, simplemente es imposible… (¿Dije “imposible”?).

Así que ante esta imposibilidad que ni Alicia en el País de las Maravillas, con todo y su espada, hubiese podido enfrentar, decido que tengo que escribir sobre ello, como terapia gratuita (o exorcismo de demonios, como diría Richard).
Sin embargo, al abrir la hoja de Word, mis dedos, el teclado y mi cerebro no logran llevar a cabo un buen trabajo en equipo: estaba igual que como empecé, pero con una especie de nudo paseándose libremente desde mi garganta hasta mi estómago…

Distraída, enojada, con los ojos un poquito rojos, malestar estomacal y con ganas de no ser yo en este momento, me preparo un café y enciendo la televisión, sin encontrar nada que me interesara. Entonces viene, otra vez, la computadora: correos, chat, Twitter y Facebook.

Pongo música y, de pronto, se me aparece en la lista de reproducción una canción que hacía mucho tiempo que no escuchaba: “¿Por qué hablamos?” (Ricardo Arjona y Ednita Nazario). http://www.youtube.com/watch?v=MTI6S9cm_10


“… Y te quiero y me quieres, pero somos más idiotas que sensatos. Y aparece otro día y nos van quedando llagas incurables de esta maldita enfermedad de hablar de más…”

Pienso, al escuchar esa parte, en lo irónica que puede ser la vida cuando se trata de relaciones (así se llamen “nada”) y de cómo las cosas que decimos, las que actuamos e incluso las que callamos, pueden darle en la torre a algo que debiera ser mucho más sencillo si tan solo aprendieramos a comunicarnos desde el corazón.

En eso, como bajado del cielo, un angelote que un día me dijo que, de aparecer en este blog, lo llamara Vampiro “nomeacuerdoqué”, pero que en realidad se llama Rubén y es uno de los chicos más inteligentes, sensibles, divertidos, respetuosos y caballerosos que conozco (y con sonrisa linda, por si fuera poco), comienza a hablarme y empezamos una interesante charla.

Y, como siempre, hablar con Rubén me ayuda a ponerme un espejo emocional enfrente, por lo que, después de una agradable charla con él, escribir resulta mucho más fácil (De hecho, varias de mis entradas favoritas las he escrito después de hablar con él).

Hablábamos de lo que el EGO hace en las personas y de cómo dificulta mostrar tu verdadera cara, solamente por el afán de evidenciar tener siempre la razón y de salirte con la tuya.

Siempre he tenido ese defecto de carácter. Le puedo echar la culpa a la astrología eternamente y renegar porque nací LEO (se supone que los nacidos bajo mi signo somos así: vanidosos, caprichosos, que nos encanta llamar la atención, que siempre queremos tener la razón, de carácter fuerte, obstinados y otras cuantas linduras que me tardaría en describir). Pero la verdad es que, en los últimos días, esta parte de mí, tan arraigada, me ha dado varios dolores de cabeza: desde lastimar, sin querer, a gente que quiero, al grado de que casi pierdo a dos de mis mejores amigas por ello, hasta la incapacidad total de comunicar lo que realmente necesito y romper acuerdos previos por callar mis verdaderos deseos.

… Porque definitivamente cuando el ego grita, el corazón tiene que callar…

Y entonces encuentro a mi lado frívolo, cínico y ególatra peleando con mi lado humano, sensible y capaz de sentir, de querer y de creer…

Recuerdo que tengo más virtudes que vicios, pero que a veces mis vicios se empeñan tanto en sobresalir, que opacan a  mis virtudes más evidentes.

Recuerdo que hay mucho más allá de la piel, de los músculos y de los huesos; algo que las radiografías, resonancias o tomografías no me permitirían descubrir ni aunque las pudiera interpretar.

Recuerdo que el corazón habla más bajito que el ego, por lo que necesito callar a uno para escuchar al otro.

Pienso que, quienes de verdad me quieren, me aceptarán a pesar de eso. Que mi familia y mis verdaderos amigos (mis hermanitos por elección), estarán aquí… incluso cuando los demás, los que lleguen y se vayan sin penas ni gloria, se hayan retirado ya.

Y me imagino que, sólo por un momento, las apariencias no importarán. Que no siempre tendré la razón y que podré reconocer mis errores y seguir siendo persona.

Y equivocarse no será tan malo y llorar no me hará cobarde ni débil…

Me imagino también, que en el momento que deje de escudarme en comentarios sarcásticos y despectivos y me permita ser simplemente yo: sin maquillaje, con arrugas, cicatrices y el pelo desordenado, dejaré de ser presa de mis propios miedos.

Y enamorarme e ilusionarme no será como aventarme de un avión sin el paracaídas puesto, porque siempre habrá tierra firme donde pueda caer de pie…

Me imagino que mientras menos me empeñe en ser perfecta, más podré disfrutar del proceso, porque quizá la felicidad sea inversamente proporcional a la perfección.

Pienso en la probabilidad de que, de verdad, esa sea mi naturaleza y que quizá, cuando deje de pelearme con ella y simplemente fluya con la vida, dejaré de azotar puertas negras, perseguir imposibles y enojarme por tonterías…

Entonces podré hablar de corazón a corazón y no de ego a corazón, o peor aún, de ego a ego…

O a lo mejor, mi corazón aprenderá a doblar otros egos o a no dejarlos entrar, porque no caerá en sus propias trampas...

Y podré permitirle a mi corazón ciertas atribuciones que recientemente no le he dado…

Y podré confiar en que la magia existe y la volveré a sentir dentro de mí…

Quizá en ese momento, cuando no me importen tanto las apariencias, cuando equivocarse no sea una tragedia y cuando perder no sea un desastre, podré lograr cosas que hasta el momento se me han negado…
Quizá entonces y sólo entonces... podré hacer que las piedras sangren...

Believing to live!
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martes, 8 de noviembre de 2011

"Imposible"... Por Elena Savalza


Imagina que despiertas en tu cama, un poco más tarde de lo habitual para un día hábil. Sabes que casi no has dormido y, por un momento, piensas en cerrar de nuevo los ojos para seguir un poco más. De pronto, al extender tu mano hacia la derecha, te encuentras su espalda desnuda: pasó la noche allí.


Lo primero que te dice al despertar es un “me tengo que ir”. Se levanta, se lava la cara y se viste. Tú sales de la cama y lo despides en la puerta de tu habitación con un abrazo que no quieres que se termine y con un “cuídate mucho y que tengas buen día”, seguido de un beso en los labios. Lo ves abrir y cerrar la puerta de tu casa y, antes de salir, se vuelve a asomar para desearte buen día también.


Escuchas el ruido del motor de su auto al arrancar. Decides entrar a la ducha, con agua fría, porque esa cura todos los males. Sabes que cualquier rastro de la noche anterior, debiera irse junto con el agua por el resumidero.


Pero sales de bañar, e incluso después de secar tu cuerpo, él no se fue: se quedó contigo y no sabes por qué.

Te sirves un café para despertar, te arreglas como todos los días, te preparas un sándwich (bueno, realmente dos, porque te mueres de hambre) y desayunas.


Antes de salir hacia el trabajo, te miras en el espejo y te encuentras a una desconocida devolviéndote una estúpida sonrisa de felicidad que sabes que permanecerá allí por el resto del día y que no se quitará ni con cirugía plástica: “fue una muy buena noche”, piensas.  Pero dejas de sonreír de inmediato y te cuestionas la razón.

Sigues recordando la noche anterior, mientras intentas concentrarte en el trabajo. Te parece IMPOSIBLE  explicarte a ti, que en teoría eres toda lógica y toda ciencia, lo que te está sucediendo.

“Hace una semana ni siquiera imaginaba esto, aún seguía removiendo escombros”: es IMPOSIBLE.


No puedes comprender por qué te gusta tanto y por qué disfrutas tanto estar con él. Es como si en algún otro momento de esta vida o de la otra, él ya se hubiera cruzado en tu camino.

Como si cada caricia y cada beso compartidos estuvieran escritos previamente en algún lugar y ustedes solamente estuvieran haciendo una interpretación perfecta de una obra que tenía que ser así.


Es como si todo el mundo desapareciera en ese instante y solamente quedaran ustedes dos, mientras el sexo deja de ser “sólo sexo” para convertirse en algo que tu elocuencia no consigue describir con certeza, pero que sabes que está más allá de los límites que alguna vez te imaginaste.

Y nada de lo que hace unos días tuvo importancia, ni de todo aquello que a lo largo de tu vida hiciste parte de ti al creerlo, tiene sentido ahora. Es una energía que no entiendes de donde viene y que, por lo mismo, te parece IMPOSIBLE que sea real. Pero sigue allí, dentro de ti, asomándose por tus ojos, por tu piel y por tu sonrisa.

Sin embargo, en tu cabeza, también ronda una frase: “es sólo sexo y no hay compromisos”. Cualquier otro deseo es completamente IMPOSIBLE de realizarse.


Y recuerdas sus palabras y sus gestos, mientras le suplicas a Cupido (por cierto ¿Tendrá cuenta de Facebook?) que no intervenga ahora y que no arruine el momento… y vuelves a repetirte: es IMPOSIBLE.



De pronto, a media mañana, te dan una noticia extraña en tu trabajo: “El jueves nos vamos a la Ciudad de México”.


El recuerdo del amor de tu vida regresa a tu cabeza y piensas en la remoción de escombros que iniciaste la semana anterior. Sobre todo, recuerdas aquella frase que escribiste: “te quiero mucho… pero te quiero fuera de mi vida”.

En ese momento caes en la cuenta de que, justamente ese jueves 10 de noviembre de 2011 en que viajarás a México, hará exactamente un año desde la última vez que lo viste y de aquel último beso que te hizo llorar, el día que le tuviste que dejar ir… otra vez.


Recuerdas que la última vez que hablaron, él te pidió tener una última conversación de frente, la cual sabes que quizá sea necesaria para cerrar el ciclo, de una vez por todas y para siempre. Pero… ¿verlo de nuevo, exactamente un año después, en la misma ciudad donde se despidieron? Parece broma del destino (y de muy mal gusto). Es IMPOSIBLE.

Sin embargo, te encuentras con una nueva sorpresa dentro de ti: la opción de volver a verlo ahora, ya no tiene la misma importancia que tuvo hace una semana. ¿Qué demonios pasó para que hubiera dentro de ti este cambio? ¿De verdad ya no significa nada?... Todo esto te pasó en menos de una semana: IMPOSIBLE.

Y, de tanto repetir la palabra IMPOSIBLE, viene a tu cabeza el recuerdo de aquella película cuyo final disfrutaste bastante, precisamente por el significado de las 6 imposibilidades: Alicia en el País de las Maravillas, la chica que, enfrentando al Jabberwocky, hizo una remembranza de todo aquello que creyó imposible, pero que la vida le demostró que era posible.


Y al final, descubres que en la vida, todos los días se nos presentan Monstruos con nombre propio, a los cuales debemos erradicar, con la misma espada de voluntad y osadía, que Alicia enfrentó al Jabberwocky, convencida de que podía ganar esa batalla, por IMPOSIBLE que pareciera.

Haces el propósito de enumerar tus imposibilidades y tu maravillosa amiga te ayuda con algunas a la cuenta.

1.        La magia SÍ existe


2.       Una mujer gobernando al país


3.       Se puede caminar en el aire

4.       Los tacones deforman la columna


5.       La luna es de queso


6.       TRUE LOVE DOES EXIST

Sabes que el siguiente año hay elecciones y que uno de los candidatos más fuertes del partido que actualmente gobierna, es una MUJER, a la que siempre has admirado como escritora y funcionario público…

Sabes que se puede caminar en el aire y que se puede volar caminando. Hay muchos a tu alrededor que te han demostrado tener alas y prestártelas, incluso, cuando por alguna razón las tuyas se han averiado…


Sabes que tienes una lesión entre la sexta y la séptima cervical y que jamás te bajas de tus tacones, a menos que verdaderamente peligre tu integridad física…


Imaginas que la luna, aunque no la hayas probado jamás, debe tener un sabor exquisito, porque anoche, en la playa, se reflejaba en todo su esplendor en el agua del mar mientras las olas rompían…

But, if the true love does exist, you really want to believe that…


Y sabes también que la magia verdaderamente existe, porque si no, justo ahora no estarías sintiéndola dentro de ti.

Y de todo corazón, agradeces a aquel ángel de la guardia en el que se ha convertido tu amiga, el que se haya tomado el tiempo para recordártelo…


Ámbar, Wendy, Lily… gracias por estar siempre allí…

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