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sábado, 26 de noviembre de 2011

Cuando hable sólo el Corazón... Por Elena Savalza

¡Vaya, vaya!

Aquí estoy, otra vez, tratando de encontrar la pieza que falta para volver a funcionar de una forma medianamente normal o, por lo menos, conforme a la rutina que aún llevaba hasta hace unas semanas.

Por segundo viernes consecutivo mi noche, que pintaba como “buena”, terminó hecha un desastre. Lo último que quisiera  recordar de ayer, fue la forma en que azoté dos puertas negras en menos de 5 minutos: primero, la de su coche; después, la de mi casa.

Y es que tengo que admitir que el principal enemigo y temible Monstruo del Egocentrismo, abordado en varias entradas hace algunos meses, no se ha ido: sigue aquí, sigue presente y parece que, cada día, mejor instalado dentro de mí, donde encontró un hotel de lujo con todo incluido, que le brinda todas las comodidades como para que no quiera abandonarme.

Después del “azotón” de puertas, unas palabras aclaratorias escritas en su bandeja de entrada, lo más serenamente posible, para mi estado de ánimo, así como unas lágrimas que no supe de dónde venían y que hacía mucho que no derramaba, pero que me ayudaron a cansarme y a dormir, despierto hoy y mi estómago se siente extraño. No había mariposas ni murciélagos dentro de él, pero definitivamente algo, que las lágrimas de hacía algunas horas no consiguieron erradicar, le estorbaba y había que sacarlo de allí.

Mientras, la computadora y el montón de papeles sobre la mesa me recordaban que tengo trabajo pendiente para hacer en casa; entre ellos, un artículo qué escribir, un informe qué presentar el lunes a primera hora, varios documentos por terminar, el plan de acción para una auditoría, la preparación de otra… y todo para el bendito lunes, que será un día bastante intenso.

Existiendo esta presión, lo normal es que cualquier malestar se solidarice con mi cerebro y se haga a un lado para que yo me pueda concentrar en mi trabajo. Pero hoy, simplemente es imposible… (¿Dije “imposible”?).

Así que ante esta imposibilidad que ni Alicia en el País de las Maravillas, con todo y su espada, hubiese podido enfrentar, decido que tengo que escribir sobre ello, como terapia gratuita (o exorcismo de demonios, como diría Richard).
Sin embargo, al abrir la hoja de Word, mis dedos, el teclado y mi cerebro no logran llevar a cabo un buen trabajo en equipo: estaba igual que como empecé, pero con una especie de nudo paseándose libremente desde mi garganta hasta mi estómago…

Distraída, enojada, con los ojos un poquito rojos, malestar estomacal y con ganas de no ser yo en este momento, me preparo un café y enciendo la televisión, sin encontrar nada que me interesara. Entonces viene, otra vez, la computadora: correos, chat, Twitter y Facebook.

Pongo música y, de pronto, se me aparece en la lista de reproducción una canción que hacía mucho tiempo que no escuchaba: “¿Por qué hablamos?” (Ricardo Arjona y Ednita Nazario). http://www.youtube.com/watch?v=MTI6S9cm_10


“… Y te quiero y me quieres, pero somos más idiotas que sensatos. Y aparece otro día y nos van quedando llagas incurables de esta maldita enfermedad de hablar de más…”

Pienso, al escuchar esa parte, en lo irónica que puede ser la vida cuando se trata de relaciones (así se llamen “nada”) y de cómo las cosas que decimos, las que actuamos e incluso las que callamos, pueden darle en la torre a algo que debiera ser mucho más sencillo si tan solo aprendieramos a comunicarnos desde el corazón.

En eso, como bajado del cielo, un angelote que un día me dijo que, de aparecer en este blog, lo llamara Vampiro “nomeacuerdoqué”, pero que en realidad se llama Rubén y es uno de los chicos más inteligentes, sensibles, divertidos, respetuosos y caballerosos que conozco (y con sonrisa linda, por si fuera poco), comienza a hablarme y empezamos una interesante charla.

Y, como siempre, hablar con Rubén me ayuda a ponerme un espejo emocional enfrente, por lo que, después de una agradable charla con él, escribir resulta mucho más fácil (De hecho, varias de mis entradas favoritas las he escrito después de hablar con él).

Hablábamos de lo que el EGO hace en las personas y de cómo dificulta mostrar tu verdadera cara, solamente por el afán de evidenciar tener siempre la razón y de salirte con la tuya.

Siempre he tenido ese defecto de carácter. Le puedo echar la culpa a la astrología eternamente y renegar porque nací LEO (se supone que los nacidos bajo mi signo somos así: vanidosos, caprichosos, que nos encanta llamar la atención, que siempre queremos tener la razón, de carácter fuerte, obstinados y otras cuantas linduras que me tardaría en describir). Pero la verdad es que, en los últimos días, esta parte de mí, tan arraigada, me ha dado varios dolores de cabeza: desde lastimar, sin querer, a gente que quiero, al grado de que casi pierdo a dos de mis mejores amigas por ello, hasta la incapacidad total de comunicar lo que realmente necesito y romper acuerdos previos por callar mis verdaderos deseos.

… Porque definitivamente cuando el ego grita, el corazón tiene que callar…

Y entonces encuentro a mi lado frívolo, cínico y ególatra peleando con mi lado humano, sensible y capaz de sentir, de querer y de creer…

Recuerdo que tengo más virtudes que vicios, pero que a veces mis vicios se empeñan tanto en sobresalir, que opacan a  mis virtudes más evidentes.

Recuerdo que hay mucho más allá de la piel, de los músculos y de los huesos; algo que las radiografías, resonancias o tomografías no me permitirían descubrir ni aunque las pudiera interpretar.

Recuerdo que el corazón habla más bajito que el ego, por lo que necesito callar a uno para escuchar al otro.

Pienso que, quienes de verdad me quieren, me aceptarán a pesar de eso. Que mi familia y mis verdaderos amigos (mis hermanitos por elección), estarán aquí… incluso cuando los demás, los que lleguen y se vayan sin penas ni gloria, se hayan retirado ya.

Y me imagino que, sólo por un momento, las apariencias no importarán. Que no siempre tendré la razón y que podré reconocer mis errores y seguir siendo persona.

Y equivocarse no será tan malo y llorar no me hará cobarde ni débil…

Me imagino también, que en el momento que deje de escudarme en comentarios sarcásticos y despectivos y me permita ser simplemente yo: sin maquillaje, con arrugas, cicatrices y el pelo desordenado, dejaré de ser presa de mis propios miedos.

Y enamorarme e ilusionarme no será como aventarme de un avión sin el paracaídas puesto, porque siempre habrá tierra firme donde pueda caer de pie…

Me imagino que mientras menos me empeñe en ser perfecta, más podré disfrutar del proceso, porque quizá la felicidad sea inversamente proporcional a la perfección.

Pienso en la probabilidad de que, de verdad, esa sea mi naturaleza y que quizá, cuando deje de pelearme con ella y simplemente fluya con la vida, dejaré de azotar puertas negras, perseguir imposibles y enojarme por tonterías…

Entonces podré hablar de corazón a corazón y no de ego a corazón, o peor aún, de ego a ego…

O a lo mejor, mi corazón aprenderá a doblar otros egos o a no dejarlos entrar, porque no caerá en sus propias trampas...

Y podré permitirle a mi corazón ciertas atribuciones que recientemente no le he dado…

Y podré confiar en que la magia existe y la volveré a sentir dentro de mí…

Quizá en ese momento, cuando no me importen tanto las apariencias, cuando equivocarse no sea una tragedia y cuando perder no sea un desastre, podré lograr cosas que hasta el momento se me han negado…
Quizá entonces y sólo entonces... podré hacer que las piedras sangren...

Believing to live!
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martes, 26 de julio de 2011

"Las mujeres bien portadas, nunca hacen historia"... Por Elena Savalza

Hola a todos…  ¡Qué gusto volver a escribir para ustedes!
La verdad, he andado bastante concentrada en el proyecto que, como les dije, me trajo a la ciudad de Colima, para retomar mi olvidada carrera de Consultor. Dicho de otra forma, estoy ocupada haciendo lo que quiero.
La concentración ha debido estar al máximo, pero también sentía ya la necesidad de escribir. Como estoy convencida de que nadie da lo que no tiene y me sentía un tanto “desencanchada”, me di a la tarea de ponerme a leer, para poder escribir.
Normalmente, siempre tengo algo qué leer. Sin embargo, la semana  pasada, olvidé poner algún libro en mi maleta.
Así que, me salí a la calle a “explorar”  un poco el territorio y buscar algo interesante qué leer. El resultado fue muy bueno: a unos pasos de la casa que temporalmente llamo “mi casa”, está una tienda donde tienen una vasta colección de títulos antiguos y modernos, a muy bajo costo, puesto que son libros usados.
Recuerdo, que cuando vivía en Guadalajara, era clienta asidua de este tipo de establecimientos, así que mi corazoncito dio un vuelco de alegría cuando volví a encontrar, aquí en Colima, un lugar como ese.
Me puse a explorar y me quedé con dos títulos: “Once Minutos” de Paulo Coelho y “Domina” de Bárbara Wood. Por menos de cien pesos, tuve excelente material de lectura.
Salí feliz, a devorar primero, “Once Minutos”. Me inspiró momentáneamente, pero quizá no estaba en buen momento para escribir sobre sexo, así que de este, luego les platico.
Sin embargo, ayer comencé a leer “Domina”… ¡Wow!... realmente hizo volar bastante mi imaginación.
Habla de la historia de una chica llamada Samantha. Creció en Inglaterra, en una familia desunida, donde su padre la culpó siempre por “causar” la muerte de su madre durante el parto, la cual, al no permitirse anestesia porque supuestamente las mujeres debemos sufrir los dolores de parto para expiar las culpas de nuestra madre Eva, al haberse dejado tentar por la serpiente y, a su vez, tentar a Adán a comer la fruta prohibida; murió sin remedio.
Samantha crece, como Dios le da a entender, aprendiendo muchas cosas de la vida, a través de los ojos de otras personas, distintas a su familia. Antes de cumplir 15 años mueren su padre y sus dos hermanos, así como un vecino suyo que la protegió. Ingresa en un internado para “señoritas” y allí tiene la formación “adecuada” para una chica que, a su edad, solamente podría aspirar a casarse.
Pero, por azares del destino, conoce a una Doctora, que hace que el rumbo de su vida cambie.
Inspirada por ella y desafiando las costumbres de la época (la historia se lleva a cabo entre 1860 y 1880), decide ingresar a la Facultad de Medicina en Estados Unidos, muy lejos de casa y cruzando el océano en barco.
Samantha sufrió toda clase de discriminación y acoso, por ser la única mujer en su clase. De entrada, recibió el rechazo de muchas universidades, de sus maestros, de sus compañeros y de muchas mujeres que la veían como una “loca inmoral”, por elegir una profesión que no era propia de una señorita decente, conforme a los prejuicios de la época.
Sin embargo Samantha, sorteando toda clase de obstáculos, se titula como Médico siendo la mejor de su clase y la única mujer después de muchos años en egresar de la carrera de Medicina.
Samantha, sentó un precedente importante para lo que ya entonces, eran los primeros esfuerzos del movimiento femenino en aquella época.


El personaje, fue una revolucionaria. Fue una chica que, sin importarle romper paradigmas, morirse de hambre, sortear acoso, humillaciones, degradaciones de su intelecto, entre otras cosas, salió adelante y fue admirada por muchas otras, ya que les facilitó el camino, para entrar en un mundo de hombres, que finalmente aprendieron a respetarla, independientemente de si usaba faldas o no.
Aún no termino de leer ese libro, pero hoy, después de haber estado hasta las 2 de la mañana despierta por estar inmersa en la lectura y estarme muriendo de sueño, algo se movió en mí y me puso a pensar…
Quizá Samantha, sea un personaje ficticio, pero estoy segura, que hubo muchas “Samanthas” en su época y las sigue habiendo. Mujeres visionarias y valientes, que no se dejan vencer a la primera adversidad y que luchan por lo que quieren.
Me quiero preguntar y les quiero preguntar a ustedes: “¿Qué están haciendo para mejorar su entorno?”
¿Eres de las que solamente se quejan, agachan la cabeza y dicen “es verdad, yo no puedo”? ¿O eres de las que, a pesar de cualquier obstáculo, siempre te levantarás, pintarás una sonrisa en tu rostro y enfrentarás lo que sea necesario con tal de lograr tus sueños?
Estoy segura, que en tu interior, hay una Samantha que tiene la fuerza suficiente para perseguir con ahínco sus sueños. Solamente es cuestión de que la dejes salir.
Si murieras mañana ¿cómo te gustaría ser recordada? ¿Querrías ser la niña buena que siempre siguió las reglas, pero que nunca hizo nada con su vida?
¿O te atreves a “portarte mal” y salir del esquema tradicional?
Yo, por lo menos… prefiero “portarme mal”… Quizá, haya quien me lo reproche. Pero estoy segura, que si niego mi esencia “mal portada” y hago lo que todo mundo espera, de todas formas no daré gusto a nadie, pero sí, seré tremendamente infeliz.… sencillamente, porque no soy yo…
En cambio, puede ser que el mundo no me recuerde o que no aparezca en ningún libro de historia. Pero sí sé, que si algo de lo que (a veces, de forma irreverente) escribo, deja huella en ti y te motiva a cambiar; mi tarea como mujer, está hecha... y eso me hace muy pero muy feliz.
Un abrazo a todos y nos seguimos leyendo…
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