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miércoles, 13 de junio de 2012

Después de la tormenta... Por Elena Savalza


Les confieso que tenía varios días intentando escribir sin poder conseguirlo. Tristemente, me percaté de cuánta práctica he perdido en la escritura de cosas “no-tan-serias” desde que tuve la oportunidad (gracias a este espacio) de escribir de manera profesional. Creo que en el momento que alguien me dijo que podía escribir columnas para un medio o artículos para una revista, olvidé mi antigua pasión por la escritura y ésta se convirtió en una obligación. Otros intereses han venido a ocupar lo que por más de un año había hecho por simple placer y se me olvidó que alguna vez, en mi perfil, me anunciaba como simple “escritora de clóset”. Caí en la cuenta de lo importante que resulta, de vez en cuando, volver a las bases y empezar de cero.


Y en ese proceso de “volver a empezar” y de contar los daños que dejó la tormenta y que ahora verifico otra vez en la calma, de pronto doy un vistazo a mi alrededor y observo cómo mi vida continuó, que los antiguos dolores ya no duelen, que las heridas cicatrizaron y que hasta las costras del sarcasmo que evitaban que las heridas (abiertas pero escondidas) sangraran, comienzan a caerse. Me doy cuenta de que la gente que me rodea también siguió sus caminos y que aquello que alguna vez me inquietó ahora es un simple recuerdo. Parece que pasó más tiempo, pero no; hace apenas unos días o unos meses del caos. Incluso puedo darme el lujo de reírme un poco y de agradecer a Dios que las cosas no hubiesen salido como yo quería. Ahora entiendo que de verdad Dios no te da siempre lo que quieres pero siempre está al pendiente de lo que necesitas y que cuando borra algo del libreto de tu vida es porque está a punto de sustituirlo por una trama mucho mejor. Vienen cosas nuevas, retos nuevos y personas nuevas también. La gente que estuvo ya no se extraña como antes y, en cambio, la gente que continúa conmigo es más valorada ahora que mi vida vuelve a retomar su curso.

Permanezco en silencio y me concentro sólo en escribir, sin más ruido que el de las teclas de la computadora y el de mis pensamientos. Entonces volteo y vuelvo a ver las mentiras de las que formé parte y trato de recordar el dolor y la confusión de aquellos momentos. Me doy cuenta que siguen allí, en el mismo lugar y que, aunque ya no soy partícipe de las mismas, sé que me marcarán por el resto de mi vida y que no habrá poder humano capaz de borrar los efectos secundarios.

Pero, habiéndome alejado emocionalmente de la escena, puedo ver las cosas con mayor claridad y entender que detrás de cada historia siempre existen dos versiones y que, definitivamente, a mí me tocó vivir la mejor. 


Alguien me preguntó hace unos días, a raíz de un sueño suyo, que si tuve un accidente. Sí, de alguna forma lo tuve. No resulté ilesa cómo hubiera querido, pero sé ahora que las heridas, por más profundas y dolorosas que resulten, pueden sanar.

Entonces entendí:

… Que en el amor, como en todos los aspectos de la vida, no puedes dar por sentada la perfección, porque mientras alguien cree que su historia de amor es perfecta y que no le falta nada, pudiera existir en algún otro lugar, alguna persona que se percate de todos aquellos aspectos que tú no estás dispuesta a ver, pero que no por negarlos dejan de ser reales. Siempre existe “tu verdad”, “mi verdad” y “la verdad”. Escucha las señales de alarma. Cuánto dolor y sufrimiento me pude haber ahorrado si tan sólo hubiera abierto mi mente, mi corazón y mis oídos a todas aquellas personas que en su momento trataron de avisarme que había peligro.

… Que mi peor enemigo fui yo misma, cuando por negligencia o por miedo me cerré a ver las cosas como son y elegí pintar el color rosa sobre el fondo negro. Por muy bonito que se vea, jamás será un rosa puro. Así que la sombra salió a la superficie, convirtiéndome en víctima de todos las promesas que admití cómo ciertas cuando en el fondo de toda mi lógica, sabía que no eran reales. En ese momento entendí que para vivir en un mundo color de rosa, tenía que haberme también comprado unos lentes a tono, que evitarían que viera el color verdadero cuando los disfraces y el maquillaje se cayeran. Estaría protegida detrás de mi cristal rosa, aunque el mundo real fuera más bien, como gris rata.

… Que pude haber destruido muchos cuentos de hadas maravillosos con tan solo pronunciar unas cuantas palabras llenas de verdad, sin embargo, el sembrar infelicidad y amargura a mi paso podría no haber sido mi ideal de vida. Lo mejor es dejar atrás y continuar mi camino, porque aunque en algún momento lo dudé, entiendo y compruebo que Dios se encarga y pone siempre las cosas en su sitio.

… Que a veces las cosas malas tardan en irse, pero se van. Al final, cuando ocupas tu tiempo y tu energía en rellenar espacios vacíos de forma constructiva, terminarás satisfecha contigo misma, pues habrás salido airosa de una batalla que en algún momento quizá dudaste en ganar.

… Que muchas veces, al ganar pierdes. Lo importante es no perder la lección. En todos los momentos, por difíciles y amargos que parezcan, siempre habrá un valioso aprendizaje qué rescatar.

… Que mientras más camino avances, más necesaria es la gente que te quiere, porque en determinado momento pueden mostrarte el sendero de regreso cuando sientas que comienzas a extraviarte.

… Que el hacer siempre lo que crees correcto y lo que te apasiona, genera su recompensa, mucho más allá de lo económico. No hay nada como voltear hacia atrás y recordar de dónde vienes, pero también, cuánto has avanzado.



Después de la tormenta la calma llega y el sol vuelve a brillar en todo su esplendor. Mantener una actitud positiva es muy fácil cuando las cosas salen bien, pero es vital cuando crees que todo va mal.

Es cuestión de fe… y a esta Princesa Guerrera, lo que le sobra es fe.

Con dedicatoria especial a dos lectoras que, aunque no tengo el honor de conocer en persona, el destino y este viaje por las letras las colocó en mi camino cibernético: Maru, en Colima y Ana, en Acapulco. Gracias por los mensajes inspiradores y las muestras de apoyo que he recibido de ambas.

Gracias por seguirme…

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miércoles, 23 de mayo de 2012

"No era tiempo de ser mamá..." Por Elena Savalza


A pesar de que escribo recurrentemente por compromisos de trabajo, hacía días que no escribía para este blog. Puedo decir que tuve muchas cosas qué hacer, muchos lugares a dónde salir y muchas otras cosas por las cuáles preocuparme (y de las cuáles ocuparme). No mentiría, pero tampoco es la razón principal de la “sequía”. Todo se resume a algo que, en términos médicos, se llama “anestesia”. Sin embargo, mi anestesia no es farmacológica ni quirúrgica, es más bien emocional. Me había prohibido sentir o pensar nada relacionado a las cosas que habían sucedido recientemente y hasta hoy me permití procesar, de una forma más o menos objetiva, lo que sucedió por esos días…

Esa mañana, mientras hablaba con mi amiga Arali sobre la “última novedad”, me encaró directamente y me preguntó: “Elena ¿qué más tiene que suceder para que, de una vez por todas, esto termine?”. Se refería a la enfermiza y absurda “relación” a la cual ni la razón, el corazón, la fuerza de voluntad, la distancia, el tiempo o cualquier otro remedio conocido normalmente, podían ponerle fin (por más que la Princesa regresara a cada momento la Magia Robada).


Yo sabía que Ari tenía razón. Sabía que lo que me estaba pasando rayaba en algo que antes había criticado tanto y de lo cual, ahora yo era víctima (o quizá voluntaria): dependencia. Sí, estaba necesitando ese “algo” que me estuviera fastidiando la existencia y ese “algo” a quien fastidiársela también, para sentirme bien. ¡Es horrible estar tan consciente de tus debilidades y no sentirte capaz de darles punto final!

Pero ese día, el “algo” había decidido por enésima vez que “ya nunca más” nos volveríamos a hablar ni a contestar una llamada, mensaje ni nada que se le pareciera. ¿El argumento? La convivencia, ya fuera por mensajes, personal o vía telefónica, estaba siendo terrible y ambos lo sabíamos. Así que con un “ok” y un click terminó todo.

Tardé algunos minutos para entender que era verdad y dejar de reírme estúpidamente, por mi incapacidad de llorar o hacer algo mejor que expresara lo que estaba sintiendo. Quizá fue que ni siquiera sabía a ciencia cierta qué era lo que sentía. Se suponía que debía estar triste, enojada o angustiada porque, después de todo, mi “droga” se estaba yendo y su principal “proveedor” también. Sin embargo, por otra parte, también le rogaba a Dios que esta vez fuera definitivo y me sentía hasta aliviada por creer que pudiera ser.

Unas horas después la respuesta vendría sola: un poco de sangrado intermitente, acompañado de un dolor punzante en el bajo vientre, que se hacía más intenso conforme pasaban los minutos, hasta no dejarme estar cómoda en ninguna posición, comenzó a responder a la pregunta realizada por Arali en la mañana.

Estaba en la oficina, así que mis compañeras notaron que algo no estaba bien. Llamaron a mi jefe y cuando menos lo esperé yo iba camino al servicio de urgencias. Junto a mí, la hermana de mi jefe (Médico) preguntando mis síntomas y desde cuándo estaba sucediéndome. Al responderle con precisión todo lo que me estaba preguntando, sólo pude ver el reflejo de mi rostro en la mirada asustada de mi jefe por el retrovisor, mientras yo hacía un esfuerzo por no romper en llanto con la pregunta que me soltó: “tienes todos los síntomas de un aborto en evolución… ¿sabes si estás embarazada?”.

No supe qué decir. En mi interior hacía cuentas y trataba de recordar mis posibilidades reales de que el embarazo fuera una opción, descartándolo con todas mis fuerzas y toda mi lógica, mientras la hermana de mi jefe me decía que no me preocupara, que lo primero que debíamos asegurar era que yo estuviera bien y que después encontraría la forma de enfrentarlo. Parecía que ella estaba dando por hecho que el embarazo era real, lo cual, lejos de tranquilizarme, sólo lograba horrorizarme más.

Me parecieron eternos los minutos de espera para ser atendida. Ya había olvidado el dolor, lo único que quería era estar segura de que no había un bebé en camino. Cuando me revisó el Doctor en el hospital, me dijo exactamente lo mismo que la hermana de mi jefe, con el agravante de que mi presión arterial estaba por las nubes; síntoma nuevo en mí, ya que nunca en mi vida había sabido lo que era eso, aunque con el susto que pasé, era más que comprensible. Me ordenó pruebas varias en el laboratorio, entre ellas, una prueba de embarazo.

Lo mejor de ese momento fue que al salir me encontré en la sala de espera a mis amigos, que a pesar de estar completamente en contra de la “relación” que mantuve con el “papá potencial”, nunca me dejaron sola. Edith me abrazó y me dijo que todo estaría bien, que no me preocupara por nada y que ya veríamos qué hacer en caso de que se confirmara el resultado positivo.

Horas más tarde vi las pruebas que me realizaron y resulta que, en apariencia, estaba perfectamente sana y, por supuesto, no había bebé. Hasta el Doctor, cuando me volvió a atender, notó cuánto había cambiado mi semblante (para bien) después de la noticia de que no sería mamá esta vez.. El día no terminó allí: fui sometida a unas cuantas pruebas más para que, una semana después, me dijeran que tuve un desajuste hormonal y que todo se arreglaría con unos meses de tratamiento.



Ya pasaron bastantes días de esto y ya me pude reír lo suficiente y hacer bromas de todo tipo. También le di gracias a Dios porque entiendo que Él sabe que en este momento y en estas circunstancias, había muchos mejores lugares donde poner un bebé que en mi vientre. Sin embargo, esas 4 letras que diferencian un “POSITIVO” de un “NEGATIVO”, me pudieron haber cambiado la vida. ¿Para bien o para mal? No lo sé, pero sé que hoy la historia la estaría contando muy diferente si el resultado hubiese sido distinto.

Seguramente se me habrían venido infinidad de consecuencias que habrían impactado la continuidad de mis planes profesionales, el cambio de vida que habría tenido para incluir en mi rutina el cuidado y la crianza de un hijo y con la interacción con el que pudo haber sido su padre, sabiendo que nunca fue una relación normal y asumiendo que él no estaba en condiciones de apoyarme (sin contar que habría lastimado a más de una persona con la noticia).

Dios me dijo ese día: “esto pudo pasarte, por tu necedad y tu imprudencia”, yo respondo hoy: “ok, lo entendí”. Dos días después de esta experiencia, todavía tuve que verlo a él con otra chica, a unos pasos de distancia mía. Aunque la escena fue muy molesta y aún se me revuelve el estómago cuando lo recuerdo abrazándola y tomándola de la mano mientras me veía con burla, hoy ya puedo agradecerlo de corazón: no me tocaba porque no merecía eso, merecía muchas cosas más. Ni Magia Robada, ni momentos prestados, ni dosis de felicidad esporádica: estoy segura de que en mi futuro hay mucho más…

Y, como siempre, me queda el convencimiento de que todo lo que te sucede y todas las personas que llegan a tu vida (o las que no llegan, como el caso de “mi bebé”), vienen a enseñarte algo. No creí tener que llegar a un hospital para entenderlo, pero parece que Dios no encontró una mejor forma de mandarme el mensaje que me había negado a escuchar por meses. Sólo espero seguir adelante y no dejarme desviar por señales confusas o trampas en el camino, porque algunos argumentos ya los escuché lo suficiente.

Un bebé no puede ser menos que una bendición, pero es mejor tenerlo cuando es deseado y planeado. Admiro muchísimo a todas las madres solteras que conozco y tengo el gusto de contar entre ellas a mis hermanas y a varias amigas muy cercanas, pero yo no estaba lista ni era mi momento.

Me queda claro: no mi era tiempo para ser mamá...


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lunes, 6 de febrero de 2012

Volver a Empezar... Por Elena Savalza

Un día te despiertas y te das cuenta de que tu mundo no es ni remotamente parecido al mundo que tenías hace unos días. Pasó en realidad muy poco tiempo, pero fue suficiente como para que todo se pusiera de cabeza en tu vida.

No eres la misma. Te sientes débil, te sientes triste y dormir es la única opción viable para ti, a menos que exista alguna forma de desaparecer o, por lo menos, de volverte invisible por un tiempo.

Dormir y esperar que, cuando vuelvas a abrir los ojos, quien sea que te haya robado todo lo que perdiste lo devuelva a su lugar.

Y escribes, porque es lo único que sabes hacer para sacar de tu corazón todo aquello que te estorba para continuar tu camino. Escribes todas esas cosas que jamás dirás y todo lo que por prudencia, por respeto y por amor, hoy debes callar.

Escribes… escribes mucho. Le escribes a él, le escribes a ella, le escribes a Dios.

Hasta que por fin, después de tanto dar vueltas sobre lo mismo, descubres que tus opciones son realmente muy pocas. Probablemente, se resuman en una sola:

Volver a empezar


¿Cómo? No tienes ni idea. Sólo sabes que en el libro de tu vida ha llegado el momento de cambiar la página. Quizá te gustó la historia que se comenzaba a escribir en los últimos párrafos, pero sabes ahora que nada era verdad y que tienes que continuar leyendo, porque si no, corres el riesgo de perderte de la mejor parte del libro.

Pero antes de volver a empezar, sabes también que hay varias cosas que tienes que plantearte para seguir tu camino:

Perdonarte…

… Porque no eres perfecta…

… Porque el castigarte no hará que cambies lo sucedido…

… Porque no eliges a quien amar…

… Porque la cabeza puede darte mil razones, pero el corazón no entiende de lógica…

… Porque no puedes pasar la vida juzgándote tan duramente…

… Porque enamorarse no es un error…

… Porque tu intención jamás fue lastimar, aunque lo hayas hecho…

… Porque confiar no es tan malo, si lo vemos desde la perspectiva de que “Debemos creer para ver”…

… Porque no puedes controlarlo todo…

… Porque, sin importar cuántas veces te hayas equivocado, te mereces una mejor historia…

… Porque sabes que perdiste algo muy valioso para ti, pero también sabes que nadie te quita lo que es tuyo. Así que si eso que perdiste verdaderamente te pertenecía, regresará a ti en alguna parte del camino y podrás dar continuidad a una historia que, quizá, quedó inconclusa. Pero si no era para ti, Dios se encargará de recompensarte y de llenar el espacio vacío que quedó….

Perdonar a terceros…

… Porque no puedes pedirle a otros que actúen como tú quisieras…

… Porque no todos comparten tu perspectiva de lo correcto…

… Porque cada quien actúa conforme a las herramientas espirituales con las que cuenta…

… Porque no puedes pedirle a un gato que ladre, ni a un perro que maúlle…

… Porque no eres responsable del actuar de los demás…

… Porque quizá la conclusión no fue del todo justa y te llevaste la peor parte, pero fue tu elección el dar final así, sabiendo que era la forma de dañar menos a la gente que quieres…

… Porque el resentimiento crea ataduras más fuertes que el mismo amor…

… Porque Dios se encarga…

Aceptar

… Porque nada de lo que sucedió lo puedes cambiar ahora…

… Porque sea que te parezca duro, cruel, injusto, inconveniente o mezquino, en cualquier hora, en cualquier momento, estás donde tienes que estar y el universo marcha como debe ser…

… Porque hasta cuando estás mal, estás bien…

… Porque te espera algo mejor, a partir de que aceptes tu presente y conozcas exactamente el lugar donde te encuentras parada…

… Porque no puedes recomenzar sin hacer un recuento de tus recursos, por lo cual es necesario que te centres en tu realidad actual…

… Porque en esto, como en todo, Dios tiene una lección para ti, que descubrirás muy pronto…

Despedirte

… Porque aquello que tuviste fue útil y valioso en su momento, pero ya cumplió su ciclo en tu historia…

… Porque debes alejarte de todo aquello que te causa dolor, sean personas o situaciones…

… Porque sólo dejando ir, podrás dar espacio para que cosas nuevas y mejores vengan a tu vida…

… Porque nada en esta vida dura para siempre: ni tu angustia, ni tu tristeza, ni tu culpabilidad, ni tu rabia, ni tu dolor…

… Porque todo pasa y todo cambia, así es la vida…

Ver hacia adelante

… Porque aún te queda mucho por hacer, mucho por vivir, mucho por aprender, mucho por lo cual sonreír…

… Porque tienes familia, amigos, trabajo, salud y proyectos…

… Porque aún queda amor en tu corazón…

… Porque dentro de ti tienes todo lo necesario para vivir una vida plena, sin ataduras al pasado…

… Porque aun puedes hacer muchas cosas buenas por ti y por los demás…

… Porque nuevas metas y nuevos proyectos están esperando que decidas levantarte de la cama e ir por ellos…

… Porque el café de la mañana, sabe mejor cuando sabes que tienes mucho por lo cual despertarte…

… Porque hacia atrás ni para tomar impulso…

… Porque Dios está contigo y no necesitas nada más que eso…

… Porque si Dios te dejó caer, también te dará la valentía para levantarte…

… Porque en tu mente y en tu corazón, siempre serás esa Guerrera Fénix que resurge de las cenizas, regresando más fuerte que nunca…

Y ahora que ya lloraste, ya gritaste, ya dormiste, ya viviste el dolor y la desesperación hasta cansarte, solamente debes perdonarte, perdonar, aceptar, dejar ir y gritarte en voz alta:

¡Volvamos a empezar!

“Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza y quien a Dios tiene, nada le falta…”

Ahora más cerca de ti:

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jueves, 1 de septiembre de 2011

En Respuesta al Corazón Polifacético Anónimo… Por Monstraverde.


No me parece que se pueda amar a dos personas a la vez, pero estoy segura de que definitivamente se puede querer (de cariño) y desear a dos personas (tal vez más) a la vez. Nunca he sido la persona más estable emocionalmente hablando… Pero por lo menos en mí funciona que cuando amas a alguien es a esa persona y punto. No así en el querer que te permite disfrutar de la cómoda situación de "tener" sin "tener" a dos personas a la vez. Y es que las historias de 3 son así: cómodas. En mi caso particular, fue al revés (y quizás por eso dejó de ser divertido) Era él, y su novia de años y yo… la que primero fue su amiga de la maestría y después fue su alma gemela.



Pasábamos todo el día juntos, cuando había trabajos en "equipo" (de dos) de una u otra manera terminaba quedándose en mi casa… Mil momentos, espacios y un millón de cosas compartidas… Su novia nunca me importó. Yo lo tenía a él conmigo y el tiempo que le quedara a él libre con ella, era tan frío y tan mínimo que me tenía sin cuidado. Fue año y medio de historia feliz, yo seguía sintiéndome libre de salir con quien quisiera, cuando quisiera… pero lo tenía a él siempre. Él no parecía muy contento de mi libertad, pero finalmente no podía decir nada. A mí me resultaba incluso divertido. De alguna extraña manera, yo me sentía plena, completa e insisto libre. Pudieron haber pasado muchos años más así… ¿Qué pasó? caí: dejé de querer, me enamoré y no sólo eso, decidí amarlo. Tonta pero totalmente necesaria decisión. No podía luchar contra el sentimiento.

Llegado el momento, le dije, primero de manera sutil, que necesitaba espacio, que quería que nos alejáramos un poco para poder ordenar sentimientos (cómo si éstos en realidad se pudieran ordenar) Él no dijo mucho, sólo que comprendía y que me daría el espacio. No lo hizo, no pudo. Se alejaba unos días… a veces una semana y luego volvía todo a la "normalidad". Intenté de muchas formas diferentes, por espacio de un año... Nada... volvíamos como dos imanes que simplemente no podían separarse. Y entonces la historia feliz se convirtió en un huracán que no me dejaba sentirme bien en ningún aspecto.

Finalmente, decidí hablar las cosas de frente y sin rodeos. Nos citamos en un parque, comencé a reclamarle el hecho de que no me dejara ir… él se puso a la defensiva, haciéndome sentir como una loca que imaginó todo en su mente... Intenté salir corriendo y me detuvo, lo miré a los ojos y le solté una de las frases más difíciles que he pronunciado en mi vida: Te amo y SÉ por la forma en que me hablas, me tratas y me miras que también sientes algo por mí.

Él bajó la mirada y me pidió que nos sentáramos en una banca. Caminamos en silencio. Se sentó, con la cabeza agachada entre sus manos… los minutos eternos pasaron y comenzó a llorar. Aún no sé cómo yo, la reina del llanto me mantuve tranquila. Me miró y me dijo: Sí, si siento algo por ti, pero también por ella. No pude pedirle que se quedara conmigo. Nunca me pareció que fuera mi decisión. Le pedí que se fuera y me dejara sola. No quería, lo obligué. A penas empezaba a alejarse cuando volteó y me pregunto -¿Qué dijiste?- Yo no había dicho nada. Insistió. Aún no tengo idea de qué escuchó, voces internas que quiso callar durante mucho tiempo, supongo.



Ahí me quedé un rato, sola, viendo a la gente pasar… Ni una lágrima. Después de un rato me subí al carro y entonces sí comencé a llorar. Sonó mi celular, era él, preguntándome si estaba bien… ¿¿?? -Claro que no estoy bien, pero voy a estarlo una vez que lo supere, adiós. No hay nada más que decir-. Manejé un rato y luego fui a casa de mi mejor amiga, lloré y lloré con ella y el resto de la noche. Al otro día intercambiamos un par de mensajes, nada trascendental.

Pasaron unas semanas, y como imanes de nuevo, despacito y poco a poco de nuevo juntos. No podía creerlo. Finalmente tomé la decisión, si él no estaba dispuesto a sacarme de su vida, yo tenía que hacerlo, por mí misma, porque necesitaba superarlo y estar bien. Lo hice. Lo borré del facebook, msn, celular… tiré todo aquello que se relacionaba y le envié un último mail. Un tanto molesta diciéndole que lo estaba sacando de mi vida. Que se quedara con su novia y la respetara como tal, que yo me iba y no quería nada más.

Me contestó el mail diciéndome que se sentía muy mal, que le dolía mucho todo lo que yo ponía y haberme hecho tanto daño… quedamos de platicar por chat… de nuevo lo agregué. Ésta vez sí fue la última plática. Discutimos, terminé por decirle que era o un cobarde o un cabrón… al final contestó: -pero es que yo TE QUIERO- Después de un rato de contemplar la pantalla, escribí mis últimas líneas: -lo siento, pero es demasiado tarde.-



Intercambiamos un par de mails casuales. La última vez que lo ví, me lo topé en una exposición de arte, frente a una de mis fotos, nos dimos un largo abrazo y mi corazón se aceleró de una manera impresionante. Dijimos todo con la mirada. Me despedí de él y seguí el recorrido con mis amigos. No lo volví a ver. Tardé mucho tiempo en sacarlo de mi vida. Lo logré. Nunca terminé de entender su decisión (o la falta de ella). Finalmente se casará con su novia. El día que me enteré (de una manera bastante casual) no sentí absolutamente nada. Aprendí muchas cosas de él, de nosotros, y por lo menos yo puedo querer y desear a dos
o más hombres a la vez… amar es otra cosa.

miércoles, 1 de junio de 2011

Guerrera Fénix... Por Elena Savalza

Hace 24 horas una Guerrera estaba hecha polvo porque una herida del pasado volvió sangrar. Ella creyó, como muchas veces creemos irresponsablemente, que la herida había cicatrizado hacía mucho tiempo y que hoy solamente quedaba la marca sobre su piel y los recuerdos de aquella batalla, en la cual, salió sumamente lastimada.
Pero la herida jamás cicatrizó desde el fondo. Y como sucede en estos casos, solamente bastó un rasguño para que sangrara con más fuerza y con más dolor que antes. La Guerrera se dio cuenta de que en realidad, la herida había sido demasiado profunda y la cicatrización no alcanzó más que la capa superficial de la piel.
Y la consecuencia lógica de una herida que no se limpió profundamente en su momento, es que supuró. Hubo que remover las pequeñas capas de piel para quitar todas las células que se habían dañado y que estaban penetrando cada vez más en el cuerpo y en el corazón de la Guerrera, sin que ella pareciera percatarse. La limpieza de la herida provocó un dolor insoportable, pero por desgracia, absolutamente necesario para que ella comenzara su proceso de renovación. Hoy está segura de poder cicatrizar…
Yo soy esa Guerrera para la cual amorosamente Ámbar escribió su nota el día de ayer y que seguramente, no sólo me reconfortó a mi, si no a muchos de los lectores de este blog.  Esta Guerrera, hoy está decidida a enfrentar el terrible monstruo que significa el peso del pasado.
El lunes me sentí aterrada y perdida. Me sentí tan confundida y tan vulnerable que estuve a nada de escribir mi última entrada para despedirme de este espacio. Ya no quería escribir, porque justo ayer dos de los personajes de mis historias me reprocharon de muy mala forma lo escrito aquí. Uno (el que menos me interesa, realmente) porque su nueva Princesa al leer este espacio descubrió otra faceta de su recién adquirido Príncipe…
Pero el otro verdaderamente me dolió. Con dos frases, el que he considerado “el amor de mi vida”, cuestionó si de verdad lo quería tanto como había dicho, porque conoció aquí otra cara de lo que fue nuestra historia juntos, el antes y el después…
Al leer eso, tuve que regresar el tiempo varios años y reencontrarme con todo el dolor y el coraje que sentí cuando lo perdí. En tan solo unas horas, mi corazón entró en un grave conflicto de información. Llegaron a mi mente todos los recuerdos malos y dolorosos, recuerdos que volvieron a despertar todo el rencor y el miedo reprimido, el dolor, la frustración, el coraje, la tristeza y la decepción que en su momento sentí y que nunca me atreví a expresar.
Fue incomprensible para mi cabeza entender por qué alguien a quien amé tanto y quien fue y sigue siendo tan importante para mí, me generaba al mismo tiempo esta reacción y esta serie de emociones tan negativas, que desbordaron en un llanto incontrolable y un puñado de palabras carentes del más mínimo sentido de cordialidad, pero cronológicamente estructuradas para ser tan hirientes, que seguramente el destinatario recibiría la puñalada directa que en ese mensaje yo estaba enviando.
Y el mensaje tuvo respuesta… De hecho, tuvo tres mensajes de respuesta. Ayer, después de haberle enviado ese correo donde no dejaba lugar a dudas de lo lastimada que me sentía por él y de cómo las emociones negativas acumuladas por años me habían hecho tanto daño, tuvo mensajes de respuesta que no me atreví a abrir y que eliminé de mi buzón de entrada sin conocer su contenido.
Volví a sentir miedo. No me consideré lo suficientemente fuerte como para soportar otra frase que me lastimara y me hiciera desplomarme. Y sí, cobardemente, decidí terminar con la “conversación” y retirarme de la batalla, porque una buena Guerrera también sabe cuándo retirarse de una batalla perdida y cuando luchar hasta el final.
¿Pudo haber sido una frase de disculpa? Es posible, pero muy poco probable. De todas formas, a estas alturas no cambia nada. Como dijera la canción de Enanitos Verdes: “Un buen Guerrero no vuelve la vista atrás”.
Lo amé mucho, lo amé más que a ninguno. No sé si lo que siento todavía por él es amor o es el apego que genera el resentimiento guardado tantos años por todo lo que en su momento no pude expresarle y que apenas ayer dejé salir como una avalancha de reproches sarcásticos. Lo que sí sé, es que al restregárselo en la cara y al quitarme la máscara de niña buena y condescendiente, de amante complaciente, de mujer sumisa y entregada por completo a él, me liberé de un peso que cargué por años.
Hoy me confunde el amanecer... No sé exactamente que pasará en los próximos días ni en qué momento recobraré la paz perdida.
Pero descubrí que apenas hoy, al dejar fluir todo lo que sentía, al dejar de esconder bajo el amor que le tengo, todo el dolor y la frustración que me generó no solamente su ausencia, sino su aparición misma en mi vida; al dejar de confundir el perdón por lo que pasó con la negación de lo sucedido, pude verdaderamente comenzar el proceso para cerrar el ciclo que he mantenido abierto por años.
Hoy comienzo a elaborar el duelo. Sé que lo amé y que significa y significó mucho para mí, aun cuando se atrevió a cuestionarlo y a dudar de ello. También entiendo que ahora que externé todo el coraje y la frustración que me consumía por dentro, estoy dejando un espacio importante en mí interior.
Lo voy a extrañar, quizá más de lo que lo he extrañado durante estos años. Pero poco a poco el vacío que está dejando se irá llenando de mejores cosas y el ciclo cerrará de nuevo. Sé que muy pronto podré volver a decirle desde el fondo de mi corazón, el amor infinito que en distinta forma, siempre le tendré y lo mucho que deseo que encuentre toda la felicidad que se merece.
Seguramente han escuchado hablar del Ave Fénix. Esta criatura mitológica de la antigua Grecia, del tamaño de un águila real, que se distinguía por su singular apariencia de colores exóticos, pero sobre todo, porque cada 500 años se consumía en su propio fuego y finalmente, resurgía de las cenizas, para brillar con todo su esplendor.


Pues hoy, como el Ave Fénix, me muestro de nuevo dispuesta a resurgir de las cenizas generadas por el fuego interno que me consumía al no enfrentar mi pasado, para resurgir de ellas con mayor fuerza y con nuevos bríos.
Quizá en algún momento, al igual que yo ahora, sentiste que el mundo se te venía encima. Probablemente pensaste que el túnel oscuro que viste no tenía final y que mañana no amanecería de nuevo…
Es completamente normal sentirse de pronto devastada. Lo que no es normal es estacionarse demasiado tiempo en esa devastación, porque el mundo no permanece estático y debemos adaptarnos a eso…
No esta mal llorar, no está mal sentirse vulnerable de vez en cuando. Absolutamente todas las pérdidas, emocionales o físicas, requieren de un proceso de duelo para poder ser superadas. Este proceso se vive en distintas etapas y es diferente para cada uno de nosotros por lo que nadie te puede decir cómo vivirlo, ni criticarte o regañarte por ser “débil”.
Recuerda al Ave Fénix, que para renacer con mayor fuerza, tenía que resurgir de sus propias cenizas…
Quizá hoy sientas que estás convertida en cenizas, pero estoy segura que mañana volarás con todo tu esplendor y tu belleza de nuevo…
Es cuestión de fe… y si algo le sobra a una Guerrera Fénix, es fe…
Dedico esta nota a Edit: otra Guerrera Fénix que estoy segura, pronto encontrará de nuevo el camino para convertir sus cenizas en la criatura esplendorosa y luchadora que yo sé que es…
¡Gracias por todo su apoyo y nos seguimos leyendo!